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La Habana que Fredrika abrazó (I)

13 de noviembre de 2015

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Fredrika Bremer

 

 

Sorprendentes resultan la Cartas desde Cuba, impresiones que la novelista sueca, Fredrika Bremer, dejó sobre la Isla en su viaje de 1851. Tres meses duró la estancia que compartió entre las ciudades de La Habana, Matanzas, Cárdenas, y los poblados de San Antonio de los Baños y Limonar, una suerte de descubrimiento para quien proviene de Europa, de la alta burguesía sueco-finlandesa, tiene 50 años, y no domina el idioma español ni las costumbres cubanas. Sin embargo, su entrega fue más allá del deleite turístico. Ella observó con agudeza la naturaleza de los campos de Cuba, la flora, la fauna, el desarrollo de las plantaciones de caña y de café, pero sobre todo, la presencia del esclavo y los horrores de la esclavitud, la describió y censuró. Detalló la arquitectura de los sitios visitados, el modo de vida urbano, las actividades comerciales, públicas y administrativas de la Cuba colonial de mediados del siglo XIX, en especial, las de la capital, tanto marcó su espíritu romántico y contemplativo que expresó: “Aquí se piensa mucho más en el comercio y en las diversiones que en las estrellas”. No obstante, Fredrika fue una mujer de ideas avanzadas para su época, se expresaba en cuestiones de religión, de vida política y social. Abogaba por la emancipación de la mujer, cuya posición de inferioridad y dependencia va a estar presente en su producción literaria, principalmente la falta de libertad de las hijas dentro del seno familiar y del dominio absoluto de estas por el padre. Fue su propia familia quien le sirvió de pretexto literario. Por la segunda serie de sus Cuadros de la vida diaria, en 1829, la Academia Sueca le concedió una medalla de oro. Hacia 1830, época estimada de su madurez literaria, no solo está al tanto de la literatura de su época, sino que lee todo lo que tenga que ver con filosofía, religión y sociedad. Con dinero y autonomía propios tras la muerte de su padre, apuesta todo por la carrera literaria y emprende una serie de viajes como el que realizó al Nuevo Mundo: “Mi viaje a América se basa en la necesidad de abrazar, de abarcar un mundo más grande”. Con esos propósitos llegó a La Habana en febrero de 1851.

 

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La Habana en 1851

 
Lo primero que la asombra al llegar al puerto habanero son las palmeras y el cielo de Cuba; de la ciudad, el color de sus casas, son “…bajas…”, escribió “…de todos los colores: azules, amarillas, verdes, anaranjadas, como un enorme depósito de cristales abigarrados y objetos de porcelana en una tienda de regalos…” Y es que La Habana de Fredrika cubrió de pinturas murales interiores y exteriores, las fachadas eran verdadera explosión de luz y de color. Le impresionan también la Cárcel, la Cabaña y el Paseo del Prado, entonces Paseo de Isabel II, que califica de “magnífico”, “…que durante su buena milla sueca atraviesa amplias alamedas de palmeras y otros árboles tropicales, canteros de flores, estatuas y fuentes de mármol, y es el más hermoso paseo que se puede imaginar, sobre todo bajo el cielo claro de Cuba”.
Fredrika hizo sus recorridos invitada por familias adineradas, convivió con ellas, participó de su vida social y cultural, pero mayormente, disfrutó de la tranquilidad y el sosiego que las diferentes estancias le proporcionaron, en particular, los ambientes naturales y el contacto directo con el mar que la ubicación de La Habana le permitió, por ello escribió en sus Cartas… “La naturaleza tiene para mí el número uno; los hombres y los espectáculos, el dos.” “…me encuentro divinamente bien en mi soledad e independencia.” Y fue la Cortina de Valdés, hoy desaparecida, su sitio favorito, llamaba “mi querida Cortina” a esa explanada que corría detrás de la Catedral de La Habana, y a donde llegaban las aguas del canal. “Es un paseo limitado”… –anotó–, “…con la vista más bella posible. Por allí camino aspirando el aire del mar, y observando las olas, que, aunque haya calma, rompen en altas espumas blancas contra las rocas del Morro…”

 

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Cortina de Valdés

 
Mucho anduvo La Habana esta especial viajera, ciudad que, para 1851, contaba con anchurosos paseos, espléndidos teatros, lujosos cafés, célebres tertulias, populares mercados e iglesias de rango. Cárcel, hospitales y casas de beneficencia se ocupaban de la asistencia social, aunque resultasen todavía insuficientes. Fuentes, estatuas y monumentos engalanaban los espacios públicos, en tanto la arquitectura se engrandecía con los códigos del neoclásico. La ciudad se expandía hacia el oeste, surgiendo nuevos barrios que dejaban atrás la zona intramuros. La Habana, bulliciosa y deslumbrante, se vanagloriaba de su puerto lleno de embarcaciones provenientes de todo el mundo.
Gobernaba entonces José Gutiérrez de la Concha, quien actuó sin piedad frente a la conspiración e intentos de liberar la colonia del dominio español. Durante su período fue ejecutado el general Narciso López por sus propósitos de anexar Cuba a la Confederación del Sur de los Estados Unidos. La propia Fredrika alude al hecho en su viaje a Cárdenas: “Aquí enseñan los agujeros de las balas en las murallas. Y se vive en espera y temor de un nuevo ataque dirigido por el mismo cabecilla…”
Esa era la cara de la colonia, entre la luz de la opulencia y la sombra de la esclavitud; entre los ideales libertadores y la reacción de un sistema ya vencido.

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