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La Habana de Buñuel

9 de octubre de 2017

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Luis Buñuel nunca estuvo en La Habana, pero sin la existencia de esta ciudad quizás tampoco una navaja habría cercenado un ojo; el Jaibo no habría irrumpido para reclamar la atención sobre los olvidados; un celoso compulsivo no asediara a su esposa en un campanario; la partitura wagneriana no acompañaría la muerte de Catalina y Alejandro arrastrados a esos abismos de pasión en cumbres nada borrascosas; unos mendigos no hubieran podido poner en solfa la inutilidad de la caridad, al ser reunidos alrededor de una mesa para una grotesca reproducción de la última cena según Da Vinci; el ángel exterminador no revolotearía para impedir que un grupo de personas, después de otra cena, por una razón inexplicada, pudieran salir de un salón; unos peregrinos contemporáneos no recorrerían el camino de Santiago, mientras en el París de mayo del 68 se levantaban barricadas; la glacial belleza de Catherine Deneuve no hubiera reinado de día en aquel burdel ni se habría desquitado del hidalgo toledano al provocarle una muerte que Galdós, en manos de un magistral adaptador, no habría imaginado…

Sin La Habana, quizás ninguno de los sueños de aquellos burgueses de discreto encanto, como tantos otros que pueblan el universo onírico de uno de los más geniales creadores en la historia del séptimo arte, jamás habrían sido soñados o filmados.

Nació Luis Buñuel con el siglo xx, el 22 de febrero de 1900, en un pueblo situado a unos cien kilómetros al sur de Zaragoza: Calanda, en una casa de su calle Mayor, frente a la placeta de Manero. Fascinado también por los horrores del inconsciente, Goya, otro sordo genial, había nacido en aquellos lares.

El matrimonio formado por Leonardo Buñuel González y María Portolés Cerezuela, tuvo siete hijos

El matrimonio formado por Leonardo Buñuel González y María Portolés Cerezuela, tuvo siete hijos

 

Pero sin La Habana, el pequeño Luis no habría podido dar sus primeros pasos por las calles de su adormilada aldea natal, donde el tañido de las campanas marcaba el curso de la vida de unos cinco mil habitantes. Y es que fue precisamente en La Habana donde su padre, Leonardo Manuel Buñuel González, había amasado la fortuna que le permitió contraer matrimonio con la hermosa María Portolés Cerezuela. Los Buñuel. Aunque pertenecientes a una arraigada familia local, los Buñuel no contaban con ninguna riqueza de la que pudieran enorgullecerse en aquel villorio con casas de tejados rojos y paredes estucadas de blanco o marrón.

Emprendedor por naturaleza, y negado a continuar la tradición farmacéutica de su hermano, el inquieto Leonardo optó por probar suerte al otro lado del mundo. A los 14 años escapó de la casa para unirse al ejército español en calidad de corneta. En su documentada biografía de Luis Buñuel, el australiano John Baxter afirma que, tres años después, aburrido de esta labor, Leonardo se alistó junto a otros nueve amigos del pueblo en el ejército destacado en Cuba. Un formulario que rellenó con la magnífica caligrafía que le caracterizara, le facilitó un trabajo de oficinista en La Habana. “La cosa es que al escribir su solicitud, dijo alguien: «Este chico tiene buena letra. Que se quede aquí en la plaza». Los otros nueve del pueblo se fueron al interior, a pelear con los mambises, y los nueve murieron de fiebre amarilla”, recordaba Luis al evocar las historias de su progenitor.

De acuerdo con lo relatado a sus hijos por Leonardo, la fortuna le sonrió por primera vez en su nuevo destino. La publicación habanera El Hogar, “periódico artístico, literario y de intereses generales”, insertaba el 9 de agosto de 1896, una foto de Leonardo Buñuel y lo calificaba de “hombre simpático, útil a la sociedad que le cuenta en su seno. Ocupa puesto como teniente de una de las compañías del Batallón urbano. Rasgos de caridad inagotable tiene en las páginas de su vida el intachable comerciante y correcto caballero”. Leonardo Buñuel permaneció en la isla treinta años, desde 1868 con el inicio de la lucha independentista de los cubanos hasta 1898 en que –con 42 años, decidió regresar a España. Fue entonces cuando se casó y, dos años más tarde, nació Luis Buñuel.

Al licenciarse, Leonardo Buñuel abrió una ferretería y armería en la Habana Vieja, ubicada en la confluencia de las calles Lamparilla, Oficios y Baratillo, especializada en la importación al por mayor hacia el Caribe de productos procedentes de Inglaterra, España, Francia, Alemania e Italia y, ulteriormente, de Estados Unidos. En sus intentos por describir el floreciente negocio paterno, el cineasta recuerda que era “una ferretería grande donde había un poco de todo”. Vendía lo mismo variados efectos navales, instrumentos agrícolas, y un amplio surtido de armas de diversas marcas, entre ellas las afamadas firmas Smith y Remington, a juzgar por un revólver Smith con sus iniciales que conservaba junto a un rifle Winchester. La casa fue fundada en 1878 con el nombre inicial de Cajigal y Marina; más tarde asumió el de Cajigal y Cía. para luego adoptar el de Cajigal y Buñuel.

Bastaba asomarse a la calle, llena de toldos levantados, para introducirse en cualquiera de las estampas costumbristas recreadas por Landaluze. El estruendo de los bailes de negros en el Día de Reyes evocaría no poco en Leonardo a los tradicionales tambores de Calanda, como las campanadas de la Basílica de San Francisco, a las dos escasas iglesias de su pueblo natal. La cercanía al puerto, donde atracaban los barcos que proveían sus mercancías, así como la bulliciosa Plaza de San Francisco, llena de calesas y coches que añadían el sonido de las ruedas sobre los adoquines a la algarabía de vendedores callejeros y transeúntes, convertía la ferretería en un lugar estratégico en el que no escaseaban los clientes.

El primogénito Luis Alberto Buñuel Portolés, nunca olvidó que en su niñez, transcurrida en un piso del No. 29 del Paseo de la Independencia, en Zaragoza, entre las anécdotas recurrentes que su padre –por demás silencioso–, acostumbraba a contarles en los largos paseos por la finca de su propiedad a él y sus seis hermanos (María, Alicia, Conchita, Leonardo, Margarita y Alfonso), no podía faltar lo acontecido la noche del 15 de febrero de 1898. Todavía permanecía revisando los libros de cuentas en el despacho de su tienda –aunque a veces cambiaba el lugar y relataba que se encontraba sentado en una mecedora en el balcón de su casa–, cuando un estruendo estremeció las edificaciones e hizo añicos no pocos vitrales. A los pocos minutos, los comentarios de la gente que corría, entre asustada y curiosa, revelaron el origen. El crucero norteamericano Maine, anclado en la bahía desde el 25 de enero, se había hundido a consecuencia de una terrible explosión, arrastrando consigo a más de doscientos tripulantes.

 

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Esta catástrofe, esgrimida como pretexto por el gobierno de Estados Unidos para declararle la guerra a España un mes después, fue tal vez el detonante que faltara a Leonardo Buñuel para adoptar una importante decisión. Consciente de que había acumulado bastante dinero en La Habana colonial, pensó que ya estaba listo para regresar a España y traspasó la administración del próspero negocio a dos de sus empleados de confianza, el gallego Segundo Casteleiro Pedrera y el asturiano Gaspar Vizoso Cartelle, con los que estaba asociado. Ellos estaban al servicio de la firma desde 1892 y 1888 respectivamente. Buñuel los designó como sus apoderados hasta que en 1901 constituyeron la sociedad «Casteleiro y Vizoso S en C». (Continuará)

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Comentarios



Mario Barro / 7 de noviembre de 2017

Hola Luciano, Excelente artículo, te felicito, me da mucho gusto leer sobre Buñuel y su vinculación con La Habana. Sólo una duda: ¿de dónde sale lo de Luis "Alberto" Buñuel Portolés? Gracias. Saludos, m.