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La fe y la resolución de José Martí

30 de septiembre de 2022

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S/T, 1990, Ernesto García Peña, Óleo sobre tela 95 x 85 cm

El liderazgo martiano es un aspecto de la personalidad y de la obra del, Maestro poco estudiado. Quienes se acercan a él no pueden dejar de admirarse por su extraordinaria capacidad de trabajo y de atención al mismo tiempo de una multitud de temas muy diversos durante el mismo espacio temporal, al igual que por su mensaje de entusiasmo y de aliento aún en medio de las más tremendas dificultades.

Uno de esos momentos, quizás el más duro y descorazonador de toda su existencia fue lo que se ha llamado el fracaso de Fernandina, o sea, aquel momento, el 12 de enero de 1895, en que las autoridades estadounidenses, alertadas por el gobierno español, incautaron en el puerto de ese nombre al sur del estado de la Florida del yate Lagonda cargado de armas y que debía partir para Costa Rica a recoger a Antonio Maceo y otros patriotas para conducirlos a Cuba. Aunque posteriormente se recuperaron esa embarcación y la nombrada Amadís, al igual que las cajas con recursos bélicos almacenadas en el puerto de Fernandina, tal acción, echó por tierra en ese momento el cuidadoso plan de alzamiento en Cuba urdido por Martí y Máximo Gómez, que implicaba la llegada de tres embarcaciones a la Isla con pertrechos de guerra y los principales jefes mambises residentes en el extranjero para incorporarse al alzamiento que debió ocurrir en enero de 1895.

Cuando sucedieron esos hechos Enrique Collazo, salido de Cuba, se hallaba oculto junto a José María Rodríguez, enviado por Máximo Gómez, en Jacksonville, pequeña ciudad en la Florida, a la espera de Martí, quien al llegar les informó de lo sucedido en Fernandina. Collazo escribió sus recuerdos acerca del estado de ánimo del Maestro. Al reunirse con él, dice Collazo que Martí era “presa de una extraordinaria excitación nerviosa. Revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha habitación. Su escaso pelo estaba erizado, sus ojos hundidos, parecían próximos a llorar.” Y repetía: “¡Yo no tengo la culpa!” Sin embargo, logró sobreponerse y añadió “que aunque no había un real para continuar los trabajos revolucionarios, no era posible abandonar la empresa acometida con tanta decisión y entusiasmo.”

Una hora después, ya con la presencia de su colaborador Gonzalo de Quesada y del abogado norteamericano Horatio Rubens, quienes veían posibilidades de obtener fondos y de recuperar las armas y los barcos, Martí expresaba “la fe que conforta y la resolución enérgica de seguir luchando hasta conseguir el éxito.” Hizo planes para conseguir dinero en México; explicó que ello demoraría varios meses y que había que evitar que los implicados en Cuba se desesperaran y se lanzaran a la pelea de inmediato, y consideró la necesidad de evitar ser detenidos por la policía estadounidense que ya practicaba registros en algunas casas de cubanos en Jacksonville.

Ante el golpe terrible, la respuesta martiana fue levantar su ánimo y el de sus colaboradores, y planear los pasos por seguir para comenzar la guerra necesaria. No era el suyo optimismo irreal, sino cálculo acerca de cómo hacer lo necesario para seguir adelante y continuar en la batalla por la patria libre. Trece días después, el 29 de enero de 1895, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano firmaba la Orden de Alzamiento y poco más de un mes después del fracaso de Fernandina, el 24 de febrero de 1895, comenzaba la guerra necesaria en cumplimiento de esa orden.

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