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José Martí y sus valoraciones acerca de Carlos Manuel de Céspedes

5 de octubre de 2018

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Cuando en Cuba se inicia la lucha por la independencia, el 10 de octubre de 1868, José Martí tenía tan sólo 15 años. Atendiendo a ello y además por estar desarrollándose las acciones en la zona oriental del territorio cubano, lógicamente él estuvo bastante alejado desde el punto de vista físico de donde se había gestado y tenía lugar la guerra.

Pero Martí sintió que la lucha por la independencia de Cuba no le era algo ajeno. Y una prueba elocuente de esto lo encontramos en el soneto titulado 10 de octubre que concibió en 1869 y en el que enfatizó en su parte inicial:

No es un sueño. Es verdad: grito de guerra

Lanza el cubano pueblo, enfurecido;

El pueblo que tres siglos ha sufrido

Cuanto de negro la opresión encierra.

En el transcurso del propio año 1869 Martí conoció de modo directo la represión de las autoridades españolas por su respaldo a la causa de la independencia de su tierra natal.

Y sufrió primero prisión y la realización de trabajo forzado y después el destierro. Años después Martí se convirtió en un continuador de la obra realizada por quienes, como Carlos Manuel de Céspedes, iniciaron la guerra por la independencia de Cuba en 1868.

Martí sintió una gran admiración y respeto por los que se lanzaron al combate e incluso hasta ofrendaron sus vidas. Precisamente en un trabajo que publicó el 10 de octubre de 1888 en El Avisador Cubano, en Nueva York, evocó a Carlos Manuel de Céspedes y a Ignacio Agramonte.

Y al describir a la forma de proceder de manera específica de Céspedes destacó que era preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue su fortaleza y detalló además que creía que su pueblo va en él y que como fue el primero en obrar, se veía como con derechos propios y personales, como con derechos de padre, sobre su obra.

“Asistió en lo interior de su mente, comentó Martí, al misterio divino del nacimiento de un pueblo en la voluntad de un hombre, y no se ve como mortal, capaz de yerros y obediencia, sino como monarca de la libertad que ha entrado vivo en el cielo de los redentores. No le parece que tengan derecho a aconsejarle los que no tuvieron decisión para precederlo. Se mira como sagrado, y no duda de que deba imperar su juicio. Tal vez no atiende a que él es como el árbol más alto del monte, pero que sin el monte no puede erguirse el árbol.”

En futuras ocasiones, de modo muy especial en la etapa final de los años ochenta y principios del lustro siguiente, en el siglo XIX, cuando ya se hallaba trabajando en aras de lograr que en Cuba se combatiese nuevamente para alcanzar la independencia, Martí volvió a hablar acerca de Cárlos Manuel de Céspedes y el significado que tuvo lo acaecido el 10 de octubre de 1868 en su finca Demajagua.

Por ejemplo en el discurso que pronunció en el acto celebrado en 1887 en el Masonic Temple de Nueva York, afirmó: “Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de la Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella: cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: “¡Ya sois libres!”.

En los siguientes años Martí expuso otras reflexiones muy importantes en torno a la lucha por la independencia de Cuba, en su etapa inicial, y a la significación que tenía poder darle continuidad a la obra emprendida por sus antecesores.

Y a manera de ejemplo cito un fragmento de lo que manifestara el 10 de octubre de 1890, en el acto también efectuado en el Hardman Hall de Nueva York.

En esa oportunidad comenzó su discurso evocando a los caídos en la anterior etapa de la lucha por la independencia, y señaló cuál era la actitud que debía asumirse para rendirles un verdadero homenaje, al plantear en forma convincente: “Otros llegarán sin temor a la pira donde humean, como citando con la hecatombe, nuestros héroes; yo tiemblo avergonzado: tiemblo de admiración, de pesar y de impaciencia. Me parece que veo cruzar, pasando lista, una sombra colérica y sublime, la sombra de la estrella en el sombrero; y mi deber, mientras me queden pies, el deber de todos nosotros, mientras nos queden pies, es ponernos en pie, y decir: “¡presente!”

Consecuente con lo que fuera capaz de exponer tanto en esa como en otras ocasiones José Martí continuó dando un aporte trascendental a la reorganización de la guerra por la independencia de Cuba.

Y tras haberse logrado su reanudación él no concibió hallarse lejos de donde se llevaban a cabo los enfrentamientos con los soldados españoles y así ya el 11 de abril de 1895, en unión de Máximo Gómez y otros patriotas cubanos, pudo retornar a su tierra natal.

En dos palabras resumió la grata sensación que lo embargaba en ese reencuentro con Cuba. Escribió: “Dicha grande”.

Con singular determinación se mantuvo en los campos de Cuba hasta que el 19 de mayo se produjo su caída en la zona de Dos Ríos.

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