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José Martí y su discurso “Los Pinos Nuevos”

27 de noviembre de 2017

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Uno de los más importantes discursos de José Martí es el que pronunció en Tampa el 27 de noviembre de 1891 en ocasión de conmemorarse el vigésimo aniversario del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina en La Habana.

Martí enfatizó en la parte inicial de ese discurso: “Todo convida esta noche al silencio respetuoso más que a las palabras: las tumbas tienen por lenguaje las flores de resurrección que nacen sobre las sepulturas; ni lagrimas pasajeras ni himnos de oficio son tributo propio a los que con la luz de su muerte señalaron a la piedad humana soñolienta el imperio de la abominación y la codicia.”

De esta forma evocó a los ocho estudiantes de medicina que en 1871 fueron fusilados en Cuba.

Con su palabra vibrante, con sus reflexiones acerca del vil crimen, Martí convierte el acto de homenaje en un compromiso de las jóvenes generaciones de cubanos de luchar por la liberación de su patria oprimida, y honrar así dignamente a los caídos.

Él señaló: “No siento hoy como ayer romper coléricas al pie de esta tribuna, coléricas y dolorosas, las olas de la mar que trae de nuestra tierra la agonía y la ira, ni es llanto lo que oigo, ni manos suplicantes las que veo, ni cabezas caídas las que escuchan, -¡sino cabezas altas! Y afuera de esas puertas repletas, viene la ola de un pueblo que marcha. ¡Así el sol, después de la sombra de la noche, levanta por el horizonte puro su copa de oro!”

En este discurso, que suele ser conocido como los Pinos Nuevos teniendo en cuenta la frase utilizada para identificar a las nuevas generaciones de cubanos dispuestos a luchar, Martí destaca la trascendencia del patriotismo cuando dijo:

“Los pueblos viven de la levadura heroica. El mucho heroísmo ha de sanear el mucho crimen.”

Martí hizo además reflexiones sobre la muerte y al respecto expresó: “Otros lamenten la muerte necesaria, yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida.

Aseguró igualmente que el árbol que da mejor fruta es el que tiene debajo un muerto y planteó que del semillero de las tumbas se levanta impalpable, como los vahos del amanecer, la virtud inmortal orea la tierra tímida, azota los rostros viles, empapa el aire, entra triunfante en los corazones de los vivos.

Y precisó seguidamente al detallar su concepción en torno a la muerte: “…la muerte da jefes, la muerte da lecciones y ejemplos, la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!”

En ese trascendental discurso Martí manifestó que los pueblos viven de la levadura heroica y resaltó al recordar a los ocho estudiantes vilmente asesinados que para sacudir al mundo, con el horror extremo de la inhumanidad y la codicia que agobian a su patria, murieron, con la poesía de la niñez y el candor de la inocencia, a manos de la inhumanidad y la codicia

Y tras recordar como murieron los inocentes estudiantes de medicina, llamó a sus compatriotas a homenajearlos con particular decisión: “Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida.”

En la parte final de su intervención Martí estableció una comparación metafórica entre el futuro desarrollo de un árbol que había visto cuando se dirigía hacia Tampa y los jóvenes cubanos que se hallaban anhelantes de participar en la lucha por la independencia de Cuba.

Y al respecto comentó: “Era el paisaje húmedo y negruzco: corría turbulento el arroyo cenagoso; las cañas, pocas y mustias, no mecían su verdor quejosamente, como aquellas queridas por donde piden redención los que las fecundaron con su muerte, sino se entraban, ásperas e hirsutas, como puñales extranjeros, por el corazón: y en lo alto de las nubes desgarradas, un pino, desafiando la tempestad, erguía entero, su copa.

“Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!”.

Muchos años antes de pronunciar este discurso en Tampa José Martí había expuesto consideraciones y denunciado el horren crimen cometido por las autoridades contra los ocho inocentes estudiantes de medicina que fueron acusados y sancionados a muerte por el supuesto ultraje a la tumba de un periodista español en el cementerio habanero.

Precisamente en un vibrante poema que creó en 1872, en ocasión de cumplirse el primer aniversario del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, él afirmó:

¡Ellos son! ¡Ellos son! Ellos me dicen

Que mi furor colérico suspenda,

Y me enseñan sus pechos traspasados,

Y sus heridas con amor bendicen,

Y sus cuerpos estrechan abrazados,

¡Y favor por los déspotas imploran!

¡Y siento ya sus besos en mi frente,

Y en mi rostro las lágrimas que lloran!

Y en ese poema que tituló A mis hermanos muertos el 27 de noviembre, Martí también hizo el siguiente planteamiento en torno a la muerte:

¡Y más que un mundo, más! Cuando se muere

En brazos de la patria agradecida,

La muerte acaba, la prisión se rompe;

¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!

¡Oh, más que un mundo, más! Cuando la gloria

A esta estrecha mansión nos arrebata,

El espíritu crece,

El cielo se abre, el mundo se dilata

Y en medio de los mundos se amanece.

Además en noviembre de 1872 Martí redactó en unión de su gran amigo Fermín Valdés Domínguez y Pedro de la Torre una proclama en la que patentizaron su condena resuelta a ese crimen al señalar: “No graba cincel alguno como la muerte los dolores en el alma: -no olvida nunca el espíritu oprimido el día tremendo en que el cielo robó ocho hijos a la tierra, y un pueblo lloró sobre la tumba de ocho mártires. Nadie se ha despedido con más grandezas que ellos de la vida.”

Y se agregó en la parte final de la proclama: “¡Lloren con nosotros todos los que sientan! ¡Sufran con nosotros todos los que amén! ¡Póstrense de hinojos en la tierra, tiemblen de remordimiento, giman de pavor todos los que en aquel tremendo día ayudaron a matar!”.

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