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José Martí: las enseñanzas que le trasmitió a la joven María Mantilla en una hermosa carta

4 de abril de 2019

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El 9 de abril de 1895 José Martí le escribió una hermosa y emotiva carta a la joven María Mantilla a la cual le manifestó: “Yo amo a mi hijita. Quién no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y respeto. ¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?”

Con exquisita ternura se dirigió a María, hija de Carmen Miyares de Mantilla, en cuya casa de huéspedes él vivió en Nueva York.

Aún en ese instante en que está casi a punto de trasladarse hacia Cuba para dar su contribución directa a la guerra que había logrado reorganizar, Martí encuentra tiempo para escribir a quien llamaba cariñosamente “hijita querida”.

Precisamente en la citada misiva le señala: “Creí no tener modo de escribirte, en mucho tiempo, y te estoy escribiendo. Hoy vuelvo a viajar, y te estoy otra vez diciendo adiós.”

Y le detalló: “Cuando alguien me es bueno, y bueno a Cuba, le enseño tu retrato. Mi anhelo es que vivan muy juntas, tu madre y ustedes, y que pases por la vida pura y buena. Espérame, mientras sepas que yo viva.”

Cuando le escribe a María Mantilla, Martí se hallaba en Cabo Haitiano en espera de la embarcación que le condujera hacia su tierra natal.

Y en esta emotiva misiva, le hace referencia a María a la trascendencia que le atribuyese al gusto por la verdad y el desdén a la riqueza y la soberbia.

Además al referirse a la elegancia, le explica que ésta se encuentra en el buen gusto y no en el tipo o el costo del vestuario.

En relación con esto le llega a comentar: “La elegancia del vestido –la grande y la verdadera– está en la altivez y fortaleza del alma.”

Le aseguró: “Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro necesita poco afuera. Quién tiene mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco.”

Precisamente Martí también le expresó a María Mantilla: “Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz. Procurará mostrarse alegre, y agradable a los ojos, porque es deber humano causar placer en vez de pena, y quién conoce la belleza la respeta y cuida en los demás y en sí.”

Martí ejemplifica lo que le comenta al exponerle que no se debe poner en un jarrón de China un jazmín; y precisa que debe ponerse el jazmín, sólo y ligero, en un cristal de agua clara.

Le aseguro seguidamente: “Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor.”

Martí en esta carta le patentiza a María Mantilla cómo concibe que debe ser la escuela que considera que debe crear con su madre Carmen Miyares en Nueva York e incluso imagina a la joven también haciendo las funciones de maestra junto a su progenitora.

Y le dice en forma emotiva: “Si yo estuviera donde tú no me pudieras ver, o donde ya fuera imposible la vuelta, sería orgullo grande el mío, y alegría grande, si te viera allí, sentada, con tu cabecita de luz, entre las niñas que irían saliendo de tu alma….”

En su tierna carta a María Mantilla, finalmente Martí le expresa otro principio esencial a tener en cuenta por ella para llevar adelante su vida en forma virtuosa.

Le significa: “Pasa, callada, por entre la gente vanidosa. Tu alma es tu seda. Envuelve a tu madre, y mímala, porque es grande honor haber venido de esa mujer al mundo.”

Y le añade como queriendo llegar con sus palabras al corazón de la joven e influir de manera esencial en sus sentimientos: “Que cuando mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentres como la tierra por la mañana, bañada de luz. Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa. Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro, el libro que te pido, -sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres.- Trabaja. Un beso. Y espérame.”

En el transcurso del mes de abril de 1895, tras su llegada a Cuba el 11 de ese mes para dar su contribución directa al desarrollo de la guerra por la independencia de su tierra natal, Martí escribe otras emotivas cartas dirigidas no sólo a María sino además a sus hermanos y su madre Carmen Miyares.

En una de esas cartas, en la fechada específicamente en Jurisdicción de Baracoa, el 16 de abril de 1895, le específica a la joven María: “Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro en un gran tuvo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros, y al pecho tu retrato.”

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