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José Manuel Sanjurjo

11 de octubre de 2017

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Manuel Díaz Martínes, José Manuel Sanjurjo y la poetisa cubana Ana Núñez Machín en La Habana, 1956

Manuel Díaz Martínes, José Manuel Sanjurjo y la poetisa cubana Ana Núñez Machín en La Habana, 1956

 

Entre los escritores nacidos en España pero de muy larga permanencia (toda una vida en el caso que nos ocupa) en Cuba, José Manuel Sanjurjo es uno de los más recordados y de los que, en su tiempo, fue más leído.

Gallego de nacimiento (La Coruña, 5 de abril de 1911), los padres lo trajeron para Cuba a la edad de tres años, y en La Habana se establecieron con carácter definitivo en 1918, fecha para la cual José Manuel contaba solo siete años. A diversos oficios apeló Sanjurjo –adolescente y adulto– en el transcurso de su vida: escribió para la radio, actuó en el teatro, administró colonias cañeras, dictó conferencias, fue agente de firmas comerciales, se desempeñó como funcionario del Departamento de Cultura de la Embajada de España en La Habana durante los años de la guerra civil en la Península.

Y aunque las maneras de ganarse el sustento podían cambiar, nunca dejó de escribir poesía, con marcada predilección por el soneto.

Eterno concursante, obtuvo numerosos premios: Canto a la eternidad y el sueño, que dedicó a su compatriota Rosalía de Castro, le valió el segundo premio de los Juegos Florales de La Habana en 1945 y algo después, el premio Antonio Machado otorgado por la revista mexicana Las Españas; por Monólogo de la guitarra herida se le entregó en 1947 el primer premio de teatro breve de la Junta de Intelectuales Exiliados en Francia; Canto de eternidad y alas mereció el segundo premio del concurso Pedro Salinas convocado por el Ateneo Español de México; en 1958 su libro Tiempo afuera del aire y otros poemas alcanzó el primer premio del concurso internacional del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos en Estados Unidos. Como ensayista ganó un premio por el trabajo titulado Interpretación del pensamiento laicista de Martí, que le adjudicó el Ateneo Liberal de Argentina.

La relación de sus libros incluye, entre otros, El amor nuestro de cada día, de 1945, prologado por José Ángel Buesa; Sangre enamorada: cantares para recitar, de 1946; Un canto de eternidad, elegía a toda luz, 1950; el ya citado Tiempo afuera del aire, editado en Nueva York, 1959; Sonetos del momento de la rosa, 1960…

Como parte de su hacer intelectual presidió entre 1954 y 1958 la Institución Nacional de Escritores, Poetas y Amigos del Arte y fungió de jefe de redacción de la revista Ideales y Renovación, en el decenio del 50.

Murió en La Habana el 19 de mayo de 1973, a los 62 años.

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