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Historia y cultura en pesebre martiano

15 de marzo de 2013

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Al caminar ante una vivienda donde la mirada distante del pequeño recién nacido allí en 1853, que será héroe de todos, pensamos cómo dirigió su primera mirada hacia al azul del cielo de su patria para la que vivió con entrega total. José Martí, estrella rutilante dejó en ella su huella como piedra fundamental. Pero es un símbolo más allá de Cuba, como el ejemplo de la entrega por el bien de todos los seres humanos. Tal era su grandeza inconmovible cuando se trataba de ser justos siempre sin discriminación, limitaciones ni fronteras.
La casita de Martí como coloquialmente se le denomina al pasar ante ella, presenta sencillez dentro del estilo colonial imperante a inicios del siglo XIX en que se construyó. Perteneció a una congregación religiosa primero y más tarde tuvo un nuevo dueño español. Éste la alquiló a dos familias emparentadas, una de ellas formada por Doña Leonor Pérez y Don Mariano Martí y estará vinculada con aquella vida  que llamaron José. Vivió en ella a lo largo de sus tres primeros años.
Pasar ante ella el pensamiento vuelve atrás y casi lo vemos de la mano de sus padres. Aquel espacio natal fue no solo pesebre para alumbrar su vida, sino además la posibilidad real de dotar al espacio de los elementos que la historia y la cultura lo muestran en toda la plenitud de su hacer ecuménico. Y que en nuestros días y con la condición de museo presenta a través de las muestras del mayor contenido de colecciones y objetos vinculados con su vida y obra hasta más allá de nuestras fronteras.
El espacio atendido en calidad de museo por la Oficina del Historiador de la Ciudad presenta la estrecha vinculación de la historia de vida y la cultura de aquel inmenso ser humano que todos lo conocemos como Maestro, en el que la sencillez , la profundidad de pensamiento y su mirada hacia el futuro lo convirtieron en un referente mundial por sus sobrados valores que aún nos educan para ser mejores..Y casi nos asalta la imagen del joven pasante del bufete de Don Nicolás de Azcárate con quien trabajó. Y cuyas relaciones le permitió conocer alrededor de su mesa a Juan Gualberto Gómez, para convertirse éste, en un hermano de la lucha que se avecinaba por la independencia de Cuba.
Una reproducción del ambiente de la oficina de Martí en Nueva York, que fue sede del Partido Revolucionario Cubana. Y donde su lirismo también asumió la escritura de páginas para la revista La Edad de Oro, anuncian cuan prolífero fue aquel hombre, del que  todos los niños quisieron en su tiempo ser amigo de él por cuanto les enseñó para su vida y un futuro donde debían ser honestos, trabajadores y patriotas. No lejos un retrato al óleo realizado por el sueco Herman Norman, único que se hiciera en vida, nos iluminan como los grilletes que le colocaron en el pie derecho por amar a Cuba. Aquí todo respira nobleza y entrega digna al futuro.

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