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Fermín Guerra, el arte de dirigir

15 de noviembre de 2013

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La centenaria pelota cubana ha contado con todo tipo de directores. Están los  exitosos y polémicos, los innovadores y los convencionales, que se dejan llevar por el famoso y nunca escrito “librito de reglas”; también aquellos que, a pesar de su talento, nunca han contado con una selección triunfadora y, por tanto, acumulan más derrotas que victorias y no pueden quedar fuera los engreídos, esos que se creen muy conocedores, no aceptan consejos y la vida los deja en el olvido.

Llegar a un consenso sobre quién ha sido el manager más completo de todos los tiempos en la pelota cubana resulta una tarea imposible. Tampoco se puede determinar el mejor jugador, porque en ambas comparaciones sería imprescindible tener en cuenta no solo los números estadísticos, sino también el contexto histórico en el que se desenvolvieron. ¿Omar Linares o Martín Dihigo? ¿Adolfo Luque o Pedro Luis Lazo? Nadie se atrevería a dar una respuesta concluyente. En realidad, nadie podría hacerlo. Cada uno en su tiempo brilló y tiene un puesto seguro en la historia.

La lista de directores con actuaciones destacadas es muy larga. En las últimas cuatro décadas el pinareño Jorge Fuentes es el que más victorias acumula, pero también han sobresalido Carlos Martí, José Miguel Pineda, Higinio Vélez, Ramón Carneado, Gerardo “Sile” Junco, Pedro Jova y, en fechas más recientes, Rey Vicente Anglada, Víctor Mesa y Antonio Pacheco, entre otros.

No es un secreto que la historia de la pelota cubana, desde 1959 hasta nuestros días, es mucho más conocida que la precedente. Duele escuchar cómo se olvidan los peloteros y las distintas Ligas que tuvo Cuba desde 1874, año en el que apareció en la prensa el reporte del primer juego oficial. No solo estuvo la Liga profesional, también existieron distintas competiciones amateurs en las que jugaron la mayoría de las figuras que convirtieron a la pelota en parte de la identidad cultural de nuestro país.

Durante ese largo período de tiempo, el béisbol nacional contó con excelentes directores. La mayoría de ellos fueron peloteros y luego utilizaron ese conocimiento, adquirido por años sobre el terreno, para comandar a las principales selecciones del país. Adolfo Luque y Miguel Ángel González, dos de las estrellas más reconocidas, con grandes actuaciones en Cuba y en Estados Unidos, resultaron directores triunfadores y conquistaron varios títulos al frente de los equipos más famosos de la Liga profesional: Almendares y Habana.

Otro de los jugadores que luego alcanzó fama como manager fue Fermín Guerra. Su nombre aparece en la Guía oficial del béisbol, porque resultó el primer director campeón de las Series Nacionales; pero, en realidad, su figura no suele ser recordada.

Guerra comenzó en el béisbol desde una de las posiciones más ingratas: como cargabates de los Alacranes de Almendares. Descendiente de canarios, no pudo asistir a la escuela y nunca aprendió a leer o escribir. Vendía frutas en una de las plazas de La Habana de la segunda década del pasado siglo y su asidua asistencia al estadio Almendares Park lo hizo interesarse por la práctica de la pelota. Después de jugar para los equipos amateurs Acción cubana y Havana Electric, finalmente Guerra saltó hasta el profesionalismo y firmó con los Leones del Habana en 1934. Era un receptor muy defensivo, aunque nunca sobresalió con el bate.

Dos años después pasó a los Azules de Almendares, el equipo más importante de su carrera. También por esa fecha fue captado por el buscador de talentos Joe Cambria, un polémico hombre que sirvió de puente a muchos peloteros hasta las Grandes Ligas, en especial hacia los Senadores de Washington. Sin embargo, en la capital norteamericana no le fue bien a Guerra y su regreso a las Mayores se postergó hasta 1946.

En Cuba se mantuvo jugando con Almendares y, como era característico en la época, alternó su posición de receptor con la dirección del equipo. Durante dos temporadas consecutivas, Guerra condujo a los Alacranes al título de la Liga profesional y, además, con ellos fue campeón de la primera Serie del Caribe, efectuada en 1949, en el Gran Stadium del Cerro.

Su vida activa como jugador terminó en 1953 y en 19 campañas acumuló un average de 250, con 694 indiscutibles en 2778 turnos al bate. A las Mayores retornó en 1946, con los Atléticos de Filadelfia, y se mantuvo por cuatro años más hasta que fue cambiado para los Medias Rojas de Boston y culminó con los Senadores. Sus números estadísticos no fueron impresionantes, ya que solo promedió 242, disparó nueve cuadrangulares y empujó 108 carreras en 565 desafíos.

Luego de su experiencia en Almendares, Guerra pasó a dirigir los Tigres de Marianao y, más tarde, Miguel Ángel González, quien era el dueño del Habana, lo contrató para liderar los Leones en la última temporada de la Liga profesional. Guerra, a pesar de ser analfabeto, siempre fue conocido como un director muy inteligente, capaz de obtener el máximo de sus jugadores. Gracias a estas características pudo triunfar en la competitiva Liga cubana, la más importante de Latinoamérica por décadas.

El fin del profesionalismo marcó la conclusión de una etapa importante de la pelota y el inicio de otra. Fermín Guerra fue el encargado de dirigir a la selección de Occidentales, en la primera versión de las Series Nacionales, en 1962 y con ese equipo ganó el título, al acumular 18 triunfos y solo sufrir nueve reveses. Fue su última experiencia al frente de una novena. Poco después, Fermín Guerra decidió continuar su vida lejos del país que lo vio nacer. A los ochenta años, en 1992, murió en su hogar. Su nombre deberá ser recordado junto al de otros grandes directores que prestigiaron al béisbol cubano.

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