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Fangio, la historia de un secuestro

14 de febrero de 2014

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reencuentro-fangio-cuba— Me va a tener que acompañar— dijo el hombre, mientras intentaba enmascarar un revólver calibre 45. El que recibió la amenaza al principio sonrió, quizás porque tomara en broma esas palabras; pero la sonrisa se borró de su rostro al comprender las serias intenciones de su interlocutor. Los dos comenzaron a caminar juntos y salieron por la puerta, rumbo a un automóvil Plymouth negro que los esperaba. El vestíbulo del hotel Lincoln estaba lleno de personas; sin embargo, resultó tan audaz la acción del joven que prácticamente nadie notó cómo secuestraban a la gran estrella Juan Manuel Fangio. Era febrero de 1958 y el escándalo había estallado.

El segundo gran premio de automovilismo de La Habana fue concebido por el gobierno del dictador Fulgencio Batista como una acción publicitaria que intentaba presentar una inexistente tranquilidad en el país. Desde las montañas de la Sierra Maestra, el Ejército Rebelde y, en las ciudades, las cédulas del Movimiento 26 de Julio mantenían la presión sobre la tiranía. En ese ambiente se convocó la carrera. Un año antes, en 1957, la primera edición del Premio fue ganada por el genial corredor argentino Juan Manuel Fangio, quien al volante de un auto Masserati cumplió el recorrido en tres horas, once minutos y dos segundos, con un  promedio de velocidad de 158 kilómetros por hora.

En 1958, Fangio volvió a ser la estrella invitada y todos lo consideraban como el favorito para la carrera dominical. Ya había cumplido 46 años, pero todavía estaba en forma y sus cinco títulos mundiales, cuatro de ellos de forma consecutiva, constituían excelentes cartas de presentación.

El secuestro de Fangio buscaba mostrar que en Cuba se vivía una situación de guerra contra la tiranía. El plan inicial tuvo que ser reajustado en múltiples ocasiones, porque el argentino tenía previsto arribar a La Habana con apenas dos días de antelación a la carrera. Los jóvenes del Movimiento 26 de Julio estudiaron diversos escenarios para llevar a cabo la acción: desde buscar a Fangio en su propia habitación, hasta esperarlo a la salida de un programa de televisión. Ninguna de esas ideas pudo ser aplicada; además, otro problema era la enorme vigilancia policial sobre el campeón.

No se podía esperar más y el Movimiento optó por el plan más audaz. La noche del 23 de febrero de 1958, horas antes del inicio de la carrera, finalmente se produjo el secuestro. Ya dentro del auto, a Fangio le advirtieron sobre la posibilidad de un intercambio de disparos con la policía. El argentino pidió entonces una gorra para que resultara más difícil la identificación. No había gorra; tampoco espejuelos o gafas, así que Fangio se acurrucó en el fondo del automóvil.

La noticia del secuestro de Fangio se esparció con rapidez. Los principales diarios del mundo publicaron en sus portadas los reportes desde La Habana. En el Palacio Presidencial, Batista y otros jefes militares movieron cielo y tierra para intentar el regreso a tiempo de Fangio. Era vital que este estuviera en el arranque de la carrera. Batista encabezó la investigación y miles de personas comenzaron a buscar la más pequeña prueba. Los testigos del hotel Lincoln fueron sometidos a largas sesiones con archivos fotográficos para intentar identificar a los secuestradores, también se incrementaron los controles policiales en las salidas de La Habana y en el aeropuerto.

Los jóvenes del Movimiento sabían que toda la policía de la ciudad estaba detrás de ellos y por eso idearon varios traslados de casas para evitar ser capturados. Ya en el destino final, varios jóvenes, entre ellos Marcelo Salado y Faustino Pérez, jefe del Movimiento 26 de Julio en la capital cubana, le ofrecieron disculpas al argentino. Ellos no tenían ningún problema con él, incluso lo admiraban por su habilidad con el timón, solo que resultaba inadmisible que el régimen presentara a un país en calma cuando se cometían tantos abusos.

Otra de las ideas del plan inicial era que Fangio ofreciera una conferencia de prensa y para eso se contaba con la coordinación del periodista Lisandro Otero—Premio Nacional de Literatura—; pero un acontecimiento de última hora impidió la proyectada conferencia.

A pesar de la ausencia de Fangio, Batista decidió que debía continuar el Premio. En una de las primeras vueltas al circuito, el auto, conducido por García Cifuentes, se salió de la pista e impactó a los asistentes. El trágico accidente causó la muerte de ocho personas y lesiones graves a otras cuarenta. Esto obligó a los jóvenes a cancelar la conferencia de prensa por el aumento del control policial.

El problema era ahora la entrega de Fangio. Ellos estaban conscientes de que el mayor peligro radicaba, precisamente, en ese momento, porque la policía podía matar al campeón y manipular la escena para que pareciera un asesinato del Movimiento 26 de Julio.

Finalmente se produjo la entrega de Fangio al embajador argentino, en uno de los apartamentos del edificio ubicado en la calle 12, entre tercera y Malecón, en el Vedado. Veinte y siete horas después de su secuestro, Fangio les explicó a los periodistas el buen tratamiento que había recibido.

Antes de ser entregado, otro de los integrantes del comando, Arnol Rodríguez, le aseguró a Fangio que cuando la revolución triunfara, el sería un invitado de honor. El tan esperado regreso de Juan Manuel Fangio a La Habana no se produjo hasta 1981. Por ese entonces el argentino era el presidente de la filial argentina de Mercedes Benz. En la capital cubana se reencontró con sus secuestradores, entre ellos Faustino Pérez.

Arnol Rodríguez mantuvo el contacto con Fangio hasta la muerte del campeón, ocurrida en 1995. Sobre el histórico secuestro se han escrito múltiples artículos, aunque, quizás, ninguno tenga más valor que el libro “Operación Fangio”, un excelente testimonio de Rodríguez donde también se analiza el contexto histórico en que se produjo la acción, así como la repercusión que tuvo en la prensa de todo el mundo. También el cine se interesó por recordar el hecho y en 1999 el argentino Darío Grandinetti interpretó a  Fangio en el filme de su coterráneo Alberto Lecchi.

En el hotel Lincoln la habitación 810, ocupada en 1958 por Fangio, fue convertida en un museo y allí se conservan fotografías del argentino. Las declaraciones y acciones de Juan Manuel Fangio demuestran que no guardó rencor hacia sus secuestradores, a los que una vez llamó como “sus amigos.” Para el argentino, lo sucedido en 1958 “fue algo especial, hecho por gente que tenía sus ideales y quería darlos a conocer de cualquier manera.”

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