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Ernesto Lecuona-Epistolario (LIV)

9 de septiembre de 2016

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César Portillo de la luz. (Small)

César Portillo de la Luz

 

En librerías de la capital y provincias cubanas se encuentra a la venta la segunda edición de nuestro libro Ernesto Lecuona: cartas, publicada por la editorial Oriente, de Santiago de Cuba. Y para que los lectores de esta sección aprecien el contenido del aludido título, continuamos en De Ayer y de Siempre la inserción de gran parte de las epístolas que integran la aludida obra.

Dos programas del espacio televisivo Casino de la Alegría, de CMQ-TV, correspondientes a noviembre de 1959, estuvieron dedicados a Ernesto Lecuona, en un intento de sus realizadores de rendir homenaje al maestro en medio de las acusaciones que se le imputaban. El periodista Luis Agüero, quien con el pseudónimo de Luis Orticón, tenía a su cargo la columna “Audiovideo”, del diario Revolución, afirmó poco después acerca de una de las transmisiones:

 

Hace unas semanas, en uno de los programas estelares de nuestra televisión: Casino de la Alegría, se le dedicó un buen espacio a la “buena” música cubana, como le llaman los animadores –en este caso Rolando Ochoa– llenándose la boca de un incomprensible orgullo patrio.

Naturalmente, esa “buena” música cubana, era la música de Ernesto Lecuona.

Nadie negará que las composiciones de Lecuona suenan bonitas, agradables, pero de eso a que Lecuona escriba música cubana, o más aún, a que Lecuona escriba buena música cubana, existe una distancia tan grande como insalvable. Y, además, añádase a lo dicho que en el programa a que hacemos referencia, se escogieron, lamentablemente, las composiciones menos cubanas que posee Lecuona en su variado –entiéndase bien el vocablo– repertorio: Siempre en mi corazón, Damisela encantadora, Vals azul y una canción negra de cuyo nombre no me acuerdo, que lo único que tenía de “negra” eran unos toques de bongoes que interrumpían momentáneamente y como de compromiso, el tono operático [sic] y grandilocuente de la pieza.

Este columnista se pregunta: ¿No hubiera sido más acertado que en este espacio que Casino de la Alegría dedicó a la buena música cubana se le hubiera dado cabida, no digamos a la música de Roldán y Caturla, que tiene otra trascendencia, sino a ese criollo sensualismo que destilan las voces de guitarras de un trío Matamoros, o a la gracia populachera de un Benny Moré, o a la ensordecedora armonía de un mambo de Pérez Prado, o a la melodiosa poesía de un bolero  de Fernández Porta, o en definitiva a la obra de tanto y tanto valor que tiene la buena música popular cubana?

 

Así cuestionaba Luis Agüero la cubanía y calidad de las obras de Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig cuando ambos maestros aún recibían censuras de un grupo de autores por irresponsabilidades que estos les imputaban en el desempeño de sus cargos en la SNAC antes de 1959. En noviembre de este año reforzó sus apreciaciones al respecto, al dar a conocer en su sección periodística una carta de Portillo de la Luz y Ruiz Quevedo, a raíz de publicarse la crítica anterior al programa Casino de la Alegría dedicado a Lecuona:

 

Sr. Luis Orticón

Muy estimado Sr:

 

Hace unos días hubimos de leer en su sección, una nota sobre el reciente programa televisado del Casino de la Alegría, cuyo locutor recalcó innecesariamente la “cubanidad y superior calidad” de la música del Maestro ERNESTO LECUONA, utilizada en esa ocasión.

Ante todo tenemos en el aspecto personal y musical para los maestros ERNESTO LECUONA y GONZALO ROIG, la consideración que puedan merecer. Ahora bien, hora es ya que olvidándose nuestros panegiristas inconsultos de las verdaderas glorias musicales (tanto en lo referente a la música técnica como a la popular que existieron en el pasado y los jóvenes músicos compositores que hace años luchan desesperadamente por abrirse paso con su producción), se quiera mantener el punto admirativo de nuestro pueblo estático en las figuras de LECUONA y ROIG.

Y, a modo de ejemplo, para que conste nuestra inquietud al respecto (hasta donde nos permiten nuestras posibilidades generales), le remitimos copia de unos comentarios que sobre nuestra música popular cubana hubimos de hacer respondiendo el año pasado a un enfoque erróneo emitido en la revista Bohemia por el periodista Agustín Tamargo, que entonces escribía con el pseudónimo de Ariel.

Musicalmente suyo,

 

Rosendo Ruiz y César Portillo de la Luz

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