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¡Enseñarlos a jugar!

30 de octubre de 2015

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ACCION327El griterío rompe el silencio de la mañana. Los niños corretean por las escaleras, empujándose peligrosamente. Las personas que suben o bajan, tienen que darles paso, cuidándose de no ser ellos quienes rueden por los escalones.

Si un vecino se queja ante la familia, además del riesgo de enfrentar sus malas caras, reciben generalmente, la justificación de ¡Tienen que jugar! Pero… la gran realidad es que, hay que ¡enseñarlos a jugar!

Habría que empezar por encontrar las causas en las propias familias que no diferencian entre el esparcimiento necesario en esas edades, y el lugar adecuado para realizarlo. Los dejan hacer, considerando que es la única forma de divertirse, quizás, recordando sus propias vivencias a
esas mismas edades.

Muchos padres no conocen que el juego constituye la actividad rectora de la primera infancia y de la edad escolar. A través de las distintas formas de entretenimiento, ejercitan los músculos y la mente, educan sus sentimientos y establecen lazos de amistad y solidaridad.

En ese ambiente más razonable, desarrollan su imaginación, se relacionan con el medio que les rodea, y lo que resulta de gran importancia: interiorizan normas éticas para vivir en la comunidad.

Y conste, enseñarlos a jugar, no les hace perder la espontaneidad de la actividad infantil. Solo hay que guiar sus juegos y aprovechar las posibilidades educativas para prevenir actitudes, que de hacerse
habituales, podrían convertirse en rasgos negativos del carácter.

Desde pequeñines deben respetar el derecho de los demás, no valerse de trampas para ganar, alardear de su fuerza, ni empujar para llegar primero o golpear a amiguitos. Esas actitudes se irán incorporando
negativamente a su conducta.

Si aprenden a compartir, a no recurrir a las demostraciones de violencia –y mucho menos, con las niñas en el caso de los varones–, los ayudará a su formación moral.

Debemos partir del principio, que los interiores de los edificios y los portales de los vecinos, no están hechos para sus carreras desenfrenadas, y mucho menos, en patines o bicicletas. ¿Cómo solucionarlo? Pues papá y mamá se esforzarán en crear el “tiempo libre” para llevarlos al parque o acompañarlos en sus juegos hogareños, algo que transmite a sus hijos seguridad.

Errados están quienes consideran que con las clases, tareas escolares y la televisión, es suficiente para entretenerlos. Nada sustituye al juego en la vida de los niños. Por tanto, hay que olvidar el recurso de
prohibirlo como medida disciplinaria. El razonamiento, la conversación –no el grito–, deben ser el correctivo.

Enseñándolos a jugar y aprovechando la riqueza educativa implícita, crecen más sanos y felices.

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