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En la cama del hospital

12 de septiembre de 2018

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Conocía este hospital. A más de una amiga sirvió de acompañante en estos estrenados años de la vejez. Presumía de su buena salud. Archivaba algunos catarros, de esos contagiados por estornudos ajenos, malas digestiones por comilonas en días de fiestas, un dolor provocado por el peso excesivo de una jaba de viandas. Los partos, dignos de una bailarina de danza contemporánea o una gimnasta. Unos dolores aceptables, el ingreso y ante el asombro de los obstetras, una cabecita pidiendo paso a la luz. En la última visita, recibió la crítica de la amiga. “Nunca pensaste en ti. Solo en los otros”. Al hijo no le gustó el comentario. La hija bajó la cabeza.

El malestar había comenzado hacía tiempo. Recurrió a cocimientos probados ante parecidos síntomas. Al advertir manchas en la ropa interior, se aseguró que eran reminiscencias de la pasada menopausia. A principios de año, aumentaron y se presentaron dolores esporádicos. En conversación con la vecina, mientras maldecían a la mala de turno en la telenovela, dejó caer los síntomas como si pertenecieran a otra persona. La receptora de la información multiplicaba su asistencia al consultorio médico. En el barrio se sospechaba que presumía de padecer múltiples enfermedades como otras coleccionan zapatos y carteras. Estaba al tanto de los síntomas y medicamentos en plaza y fuera de frontera de numerosas dolencias. Agarrada a su percepción de salud de roble y aunque conocedora de las exageraciones de esta doctora callejera, aceptó sus consejos y cayó en la tentación de la automedicación.

Así hubiera continuado si por pura casualidad, en una de las visitas a la abuela la nieta no descubriera su uso de “Intimas” y en tono de broma lo esparciera en la familia en el almuerzo preparado por ella un domingo de reunión. Presionada por la hija, confesó. Y nerviosa, asustada, sometida a pruebas investigativas, espera los resultados en esta cama del hospital conocido en calidad de acompañante.

Estira las sábanas. Se mueve inquieta. No logra alejar los pensamientos preocupantes con idénticos consejos dados a sus amigas en idénticas circunstancias. La frase que endureció el rostro del hijo y provocó la cabeza baja de la hija, la quiere descartar y regresa en imágenes que la respaldan. De tantos videos consumidos por su actual soledad, le aparecen hasta con cortes profesionales.

Un divorcio desprovisto de rencores porque los dos estaban aburridos de los dos. La ayuda financiera engrandecida después de la partida del ex al extranjero. El disfrutado egoísmo porque los hijos le pertenecían a tiempo completo en las buenas y las malas. Se visualizaba oronda, cabeza alta. Al nombre aparecido en su certificado de nacimiento se agregó a su paso por las calles del barrio, el apellido de “madre ejemplar”. Y en las voces más añejas, el título de “madre que no le puso un padrastro a sus hijos y nunca se le conoció una aventura”. Aquella conversación planeada por el hijo mayor en que propuso la venta de la casona y donde conoció que ya estaba palabreado el pequeño apartamento en el propio barrio de su nacimiento “para que no perdiera ni amistades ni recuerdos”.

La voz de la enfermera le desconecta su video interior antes de sacar las propias conclusiones.

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