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El viejo y el hermano taburete

11 de agosto de 2018

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índiceEl taburete protesta. Es hijo de una madera dura arrancada del monte. No la privó de la tierra cuidadora de sus raíces la mano de aquel hombre. Lograron vencerla los vientos huracanados y después de la desgracia de las siembras perdidas, el hombre urgido por la mujer de las necesidades de la vivienda, la hizo puerta, mesa, taburetes, varios taburetes. Nunca supo que lo diferenciaba de sus hermanos, reunidos frente a la mesa o respirando el aire de la noche, cuando las guitarras sonaban en el portal y hasta el ron lo mojaba, pero resultó el elegido. Y vino en la mudada para el pueblo y aquel amo todavía con poder de mando, no permitió su abandono y marchó con él después hasta la ciudad.
Se siente envejecido con la madera descascarada como la piel arrugada del amo. Resiste junto a ese escuálido anciano sentado sobre él y apoyado en la pared. Supo de muertos velados en las casas y lleva de recuerdo las manchas de tanto café desbordado en tales circunstancias. Ni él ni su dueño están muertos todavía. No hay olor a velas. La vida vibra alrededor.
Le duele a sus nalgas ahora la dureza de este taburete, piensa el anciano. Tiene sed. Sería tan sabroso sorber un poco de agua, agua fresca de tinajón. La cocina está cerca. Con un poco de esfuerzo, apoyado en la pared, llegaría, pero los gritos lo rodearían. Él y el taburete conviven en el patio. Él se sale. Gota a gota se sale. Bien lo sabe el mojado taburete, impresionado por este nuevo olor incorporado. Alguien se acerca. Es una sombra. Ya no ve bien. No habla. Lo toma por el brazo y lo levanta. Arrastrándolo lo lleva a la tierra, junto al árbol. No requiere la orden. Todavía sabe de pudores de hombre y refugiado en el tronco orina o trata de orinar. Cumplido el mandato, cree tener el derecho al reclamo. Y pide el agua. “¡No, no, no puedes tomar tanta agua porque te orinas en el suelo, en la cama, en el taburete!”. Es la voz de una mujer. Reconoce la voz de la nieta.
El taburete lo recibe y aunque aminorada la fuerza del anciano, siente su disgusto, parecido al de aquellas pérdidas en el dominó que lo hacían tirarse más que sentarse en él. Pronto aparece otra sombra, una sombra clara, pequeña que tiende un jarro con el agua enfriada por el refrigerador, no por aquel tinajón. La niña le sonríe. ¿Es bisnieta o tataranieta? No sabe. No importa. Es un ángel de buen corazón. Se siente avergonzado. Tal vez, lo ha visto orinando en el árbol.
Adentro en la cocina, voces altas discuten. Es la nieta, la que lo arrastró al árbol y el otro es un nieto visitante asentado en el extranjero. “Ese viejo cada día trae más molestias. Y todo cae sobre mí. Se orina en todas partes. Necesito pañales desechables. No tiene dientes. Necesito una licuadora. Necesito sábanas, toallas. Todo lo ensucia”.
El anciano embelesado con la niña y el frescor del agua, no atiende a la gritería. El taburete, sí. Y con la experiencia de tanto árbol taladrado por los humanos piensa que si su amigo de tantos años es cuestionado por su vejez inservible, el pronto será colocado al lado del contenedor de basura y ojalá sea de utilidad a los perros del barrio.

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