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El inolvidable Lecuona (III)

20 de febrero de 2018

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Continúo hoy con el extenso epistolario de Lecuona, rescatado por Ramón Fajardo y publicado en dos tomos, luego de dedicar varios años a la búsqueda de tan inestimable tesoro del maestro, disperso en diferentes sitios, razón por la cual quedaron cartas por descubrir. Pero con las incluidas en estos libros, es suficiente para conocer mejor al hombre, al artista, el amigo, al cubano que murió en Canarias el 6 de enero de 1963.

Hoy le mostraré el artículo: “Rita Montaner y yo”, que escribió Lecuona sobre esa gran artista al enterarse de su fallecimiento, ocurrido el 17 de abril de 1958, en la ciudad de La Habana, y publicado por la revista Bohemia el 4 de mayo de ese año, e incluido en el segundo tomo de Fajardo. Por su extensión, es posible que este comentario no alcance, en cuyo  caso, continuará en el próximo.

“Conocí a Rita Montaner en el Conservatorio Peyrellade. /…/ Rita y yo estudiamos solfeo y piano en aquel establecimiento. Recuerdo que iba siempre acompañada de su padre: un caballero bien plantado y extremadamente amable. Por razones que no puedo explicar aquí, salí del Conservatorio y tomé clases de un profesor privado, Antonio Zaavedra, que fue discípulo de Ignacio Cervantes. Rita siguió en el Conservatorio y, una vez, invitado por una amiga, fui a una fiesta donde se presentaban los alumnos más aventajados. Rita tocó ese día un movimiento de una Sonata de Beethoven. Me pareció que sus condiciones pianísticas eran notables. Después me dediqué a tocar en cines y perdí de vista a Rita. Años más tarde me enteré de que ella recibía clases de canto de un eminente maestro: Pablo Meroles, ya que poseía una voz bellísima y un gran temperamento. No lo puse en duda, pues siempre me pareció una mujer excepcional para la música, en todos sus aspectos.

 

 

La muchacha de Guanabacoa

La vida es rara, porque aquella amistad que había nacido de cierta compenetración espiritual y artística se esfumó, por decirlo así. De suerte que Rita y yo anduvimos lejos, sin contactos sociales siquiera.

Yo continué mis estudios con Joaquín Nin, que reemplazaba a Zaavedra en esa labor. Más tarde entré en el Conservatorio Nacional, donde recibí clases directas de Hubert de Blanck. En ese Conservatorio alcance mis títulos de profesor de piano y Solfeo. Entonces fue cuando alguien me dijo: “¿Sabes que tienes una paisana que además de tocar el piano muy bien, canta mejor?” “¿Una paisana?” -pregunté- “Sí, una guanabacoense”-me contestaron. Y no sé por qué me vino a la mete el  nombre de Rita Montaner. Y era ella. En efecto, tocaba el piano admirablemente y de ese modo cantaba. “¡Es magnífica!” –exclamaban quienes la oían. Como ella y yo nos habíamos alejado, sin saber por qué, quedé esperando que me invitara a su casa de Guanabacoa a fin de “hacer un poco de música”, pretexto para poder oírla. No fue así. Pero como sé esperar me dije: “Ya la oiré” /…/

 

 

Cómo oí a Rita

Pasaron algunos años y supe que Rita se había casado con el abogado Alberto Fernández Díaz. Yo estaba en España haciendo una tournée con la magnífica violinista  Marta de la Torre /…/ Al volver a mi patria, encontré anunciado un Festival de Canciones Cubanas, organizado por Sánchez de Fuentes. /…/ En ese festival cantaba Rita Montaner. ¡Al fin iba a oír a Rita! Asistí al acto. Quedé entusiasmada oyendo a mi “paisana” de Guanabacoa. Subí al escenario. La felicité calurosamente. Recordamos nuestros tiempos del Conservatorio Peyrellade. Un mes más tarde, hice yo unas presentaciones en Payret para interpretar la música  que había sido mi éxito en el Capitol, de Nueva York. Allí, por primera vez, estuvo Rita Montaner en una fiesta musical mía”.

Este artículo de Lecuona como homenaje póstumo a Rita Montaner, continuará en el próximo comentario.

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