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El hombre de Maisinicú, 45 años después

11 de junio de 2018

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Entre los meses de agosto de 1960 y julio de 1965, la región del Escambray, al centro de Cuba, fue estremecida por una violenta confrontación, conocida como lucha contra bandidos. Aquella zona montañosa por sus características geográficas fue escogida por las bandas contrarrevolucionarias, apoyadas por la CIA y la reacción interna para desplegar acciones destinadas a implantar el terror entre la población campesina. Sin vacilar en recurrir al asesinato de jóvenes alfabetizadotes, uno de sus propósitos era apoyar la fallida invasión mercenaria por Bahía de Cochinos. La ruptura de los contactos con Estados Unidos provocada por el encarcelamiento de la mayor parte de los colaboradores y la ofensiva revolucionaria, condujo a que en los primeros meses de 1964, apenas sobrevivieran unas cuantas bandas autónomas dispersas. El Departamento de Seguridad del Estado (DSE) estructura entonces un plan destinado a infiltrar entre los contrarrevolucionarios colaboradores de los bandidos a agentes encubiertos para desenmascararlos, aniquilar los focos de bandidismo y someterlos a la justicia.

En la mañana del 29 de abril de 1964 fue descubierto un hombre ahorcado en un árbol a orillas del río Guaurabo, que atraviesa la finca Maisinicú, en la Sierra del Escambray, cercana a Trinidad, en la actual provincia de Sancti Spíritus. El cadáver fue identificado como el de Alberto Delgado Delgado, administrador de esa finca, que, según consta en el certificado de defunción, fue muerto por «asfixia como causa directa y, como indirecta, ahorcamiento». Muchos ignoraban que Alberto Delgado era uno de esos hombres que a lo largo de catorce meses infiltrado en el enemigo, armado solo con su inteligencia, valentía y firme convicción ideológica, contribuyó decisivamente a la captura de dos bandas completas con sus respectivos cabecillas. El hombre de Maisinicú (1973), primer largometraje de ficción realizado por Manuel Pérez Paredes (La Habana, 1939), se basa en este caso real tomado los archivos.

Agente doble al servicio del DSE, Delgado fue torturado y vilmente asesinado por otro sanguinario líder de una banda, que sospechó de él. Tres años después, la historia de este héroe pudo ser divulgada: todos sus asesinos fueron severamente castigados y el «hombre de Maisinicú» fue ascendido póstumamente al grado de teniente. «El Escambray era un escenario cruel, duro, complejo… Yo quería ser fiel a las vivencias que había acumulado», explicó el cineasta Manuel Pérez para referirse a las motivaciones que le llevaron a relatar el heroico batallar anónimo de Alberto Delgado.

Procedente de la Sección de Cine del Departamento de Cultura del Ejército Rebelde, en septiembre de 1959, Manuel Pérez se incorpora al ICAIC fundado apenas unos meses atrás por Alfredo Guevara. En 1961, cuando comienza la limpia del Escambray por las Milicias Nacionales Revolucionarias, Pérez integra el equipo del Noticiero ICAIC, dirigido por Santiago Álvarez, que viaja a aquella región para filmar la ofensiva contra el bandidismo. Un año antes, el novel cineasta en funciones de asistente de Tomás Gutiérrez Alea durante el rodaje de Santa Clara, tercer cuento de Historias de la Revolución, había sido testigo de la formación de esos grupos sediciosos. Aunque filmara tres documentales con la temática rural de las montañas, Manuel Pérez reconoce que se desenvuelve mejor en la ficción. Por eso decidió rodar un cortometraje precisamente acerca de la lucha contra bandidos en el Escambray: La esperanza (1964). Para escribir el guión fue autorizado a entrevistarse con catorce presos de disímiles características y procedencia social, que habían sido alzados.

El día que Alberto Delgado fue asesinado, Manuel Pérez se encontraba en el barco dispuesto a filmar la captura de Cheíto León, uno de los jefes bandidos, gracias a la operación que le prepararon. Haber vivido parte de la organización de aquella acción, entusiasmó al cineasta a entrevistarse con los que habían sido capturados en las operaciones precedentes. Casi una década después —cuando el caso ya había sido recreado en Sector 40, un popular programa televisivo—, Manuel Pérez materializó su proyecto de filmar la historia y sus vivencias incidieron en el uso del documental imbricado en la ficción. Los resultados son meritorios por el nivel de realización y la efectividad alcanzada en el logro de un ritmo in crescendo que confiere al metraje cierto suspenso, factor determinante, pero no gratuito, para atrapar el interés del espectador. Sobre esta cuestión escribió en Ecran el crítico francés Marcel Martin: «El estilo ‘policíaco’ del filme es particularmente eficaz, tanto al nivel del suspenso dramático (escenas de acción rápidas y violentas) como al del reportaje en ‘directo’ autentificado por los documentos y testimonios».

 

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Desde que un letrero enmarca la acción en los créditos, impactantes imágenes de violencia sirven para situarnos en tiempo y espacio; la voz de un narrador es otro elemento que el director toma del cine documental como soporte eficaz y, al mismo tiempo, distanciador. El lenguaje crudo de los personajes subraya vigorosamente el realismo del filme —titulado inicialmente Trasbordo. La notable fotografía —del experimentado Jorge Herrera, un maestro de la cámara en mano— apela al plano secuencia en muchos momentos, apoyado por un sonido directo que le otorga un sabor de autenticidad, mientras que la escasa música de Leo Brouwer utilizada, asume una fuerza expresiva. Una de las más logradas, incuestionablemente, es la que culmina en el descubrimiento de la verdadera identidad de Alberto Delgado y su brutal asesinato. Otras, como la de la captura de los bandidos en el supuesto guardacostas norteamericano incluyen no poca dosis de humor.

Sergio Corrieri, actor con una sólida formación teatral y escasa trayectoria en el cine si exceptuamos su brillante labor en Memorias del subdesarrollo (1968), de Gutiérrez Alea, consiguió una precisa caracterización, pletórica de matices y transiciones, del personaje protagónico al que los guionistas no dibujaron como el héroe omnipotente, sino con todas sus contradicciones. Le secundaron en los papeles de los cabecillas de las bandas otros notorios intérpretes: Reynaldo Miravalles, Adolfo Llauradó y Raúl Pomares, sin descuidar a los encargados de los secundarios. Para que se tenga una idea del cuidado en el trazo de Alberto Delgado, baste citar este criterio del periodista mexicano Jorge Meléndez: «Si bien será el personaje central, nunca su astucia será solamente personal, sino formará parte de un plan general; jamás su fuerza será la decisoria para determinar la extinción de la banda contraria, más bien la organización y la fuerza del ejército cubano serán lo principal; en ninguna ocasión aparece como el salvador del pueblo, sino como parte de una lucha general; en fin, que estamos ante el verdadero luchador por sus ideales y no por satisfacciones y caprichos personales».

 

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El hombre de Maisinicú fue estrenado en La Habana el 7 de junio de 1973 y, poco después, Corrieri obtuvo el Premio a la mejor actuación masculina en el Festival Internacional de Cine de Moscú, donde el filme recibió una Mención de Honor de la FIPRESCI y el galardón de la revista Pantalla soviética. Posteriormente fue incluido por la crítica cubana primero en la selección anual de los títulos más significativos estrenados y al cabo del tiempo, entre los más notorios producidos por el ICAIC en sus primeras tres décadas. Quizás una de las reseñas más hermosas del filme la debamos al célebre cineasta brasileño Glauber Rocha, quien escribió: «El hombre de Maisinicú es una excelente película cubana precisamente por los motivos que irritó a los críticos de la extrema izquierda europea: la cinta de Manuel Pérez es una deconstrucción y una reconstrucción del cine americano, estructurada en las contradicciones políticas de la propia revolución, lo que queda demostrado con las palabras de Fidel al final de la película. La cinta es un excelente modelo del neorrealismo socialista tropical, de ahí su originalidad».

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