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El goloso de los mangos

10 de octubre de 2020

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Allí se les fue la tarde sin padecer grandes sudores. Filosofaron largo rato acerca del estado del tiempo. O los otoños eran más calurosos o en la vejez se padecían más los sudores y se anhelaba más el alivio de un ventarrón sorpresivo. Otra vez, no arribaban a conclusiones. No importaba. La solitaria tarde se les diluyó lejos de la tentación de revolcarse en los recuerdos. Lo sabían por experiencia. Después de los recuerdos alegres, vendrían a tropel, los tristes. Y por ser los últimos o porque la cercanía de la noche, atrae la melancolía, entrarían en la cocina con los hombros más hundidos por el peso de las penas acumuladas por el pasado.
Ella llevaba en el delantal, los mangos recogidos de aquellos dos árboles tan solitarios como ellos. “A la edad de ustedes, nada de comidas fuertes en la noche”, les decía aquel médico de visitas esporádicas y que los calificaba de malcriados porque no asistían a la consulta. Ella escogía bien los mangos. Muchos podridos ya en la hierba. Los adolescentes, saltadores de cerca, desaparecieron. En las casas cercanas, los hijos como los de ellos, marcharon con el derecho de hacer sus vidas propias. No quisieron quedar sembrados como los de ellos, en un barrio olvidado de las afueras de una ciudad que le dio por crecer hacia otro lado. Prepararía el batido que acompañarían con las galletas del diestro vendedor que sabía las modestas apetencias de los viejos desconocedores de las de marca.
Pronto sintieron el quejumbroso ladrido. Al marcharse ellos, aquel perro aparecía. No era ladrón. Anunciaba su llegada. Asomados a la ventana de la cocina, lo observaban. Comía mangos con la desesperación de un niño goloso. Nunca antes vieron a un perro comer mangos. Los que nacieron, vivieron y murieron en la casa estaban bien alimentados. Con la muerte del último, decidieron no acoger un perro más. Por designio de la existencia, estaban prontos a desaparecer. Y el animalito quedaría como este, que bien se veía por sus modos respetuosos y afables, que era un perro de apartamento. De esos que después de entretener a un niño y crecer, los lanzaban a la calle.
El animal levantó la cabeza. Intuyó que aquel chachareo de los humanos estaba dedicado a él. Era el momento preciso, el instante de la posible salvación. Emitió un ladrido bajo y dulce y sus ojos reflejaron la ternura irradiada por los bebés y los cachorros. Los ancianos intercambiaron miradas. Miradas más parlanchinas que las palabras, nacidas en parejas de regreso de los avatares de la vida. Esta noche ella le pondría unos trapos para que durmiera en la puerta de la cocina y mañana él buscaría al veterinario. Y comenzaron una amable discusión en busca del nombre que le pondrían al goloso de los mangos.

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