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El dulce regalo de la amistad

22 de julio de 2022

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omega-3La llamada de la amiga la alegró. Le adormeció los dolores padecidos, esos que aumentaban día a día. Los envolvió en el papel plateado de aquellos chocolates. Estaba de visita en La Habana. Con voz de anciana consentida le anunció que le traía un regalo que le recordaría la infancia, aquella infancia compartida en los pupitres de la escuela pública y en la tanda del domingo de aquel cine que ya no existía. A ella, criada entre cuentos de hadas y las películas de Disney, las legítimas hechas a mano por los dibujantes, le crecía la imaginación en relación directa con las horas del reposo obligado. Segura estaba que le traería una caja de chocolates finos rellenos de licor. Chocolate holandés importado. Muy superior a aquel único saboreado en las tandas del domingo que semejaba a un peso plata, pero que valía veinte centavos, sustituido en días de bolsillo vacío por las goticas de a medio.

Al llegar la amiga a su habitación de enferma, no pudo contenerse y se avergonzó después; sus ojos enfocaron a sus manos en busca de la caja de bombones. No la vio, mientras se entrelazaban las dos en el abrazo. Pasaron después a desempolvar los recuerdos de la infancia y actualizarse respecto al devenir de familiares y conocidos. Al fin, la visitante mencionó al regalo traído. Y de la cartera extrajo un pomo plástico que no anunciaba chocolates finos.

De aquel pomo plástico no salieron siquiera chocolates de propaganda. La amiga tomó una muestra y la presentó: ¡Eran cápsulas de Omega 3! Y pasó a ofrecerle todas las cualidades. La libraría del colesterol. La ayudaría a defenderse de esos catarros malos que en los viejos se transforman en neumonías. Con aire de superioridad informativa continuó agregando cualidades. Y así llegó al punto en que las cápsulas se empataban con los recuerdos de la infancia compartida anunciados en la llamada telefónica y que le instaló un imaginado sabor a chocolate en el paladar. Aquellas cucharadas de aceite de hígado de bacalao, las que las abuelas hacían tragar a las buenas o a las malas cuando el primer norte levantaba las olas del Malecón habanero.

La amiga se despidió y anunció todas las visitas pendientes. La imaginó en actitud de Rey Mago en reparto de las Omegas por toda la ciudad. Se reprendió a sí misma por este pensamiento, por su antojo desmedido y pasó a considerar el verdadero valor de esta visita. Le trajo a la memoria, la figura querida de la abuela con la cuchara en mano. El dulce sabor de la amistad se sobrepuso al antojo del chocolate. Continuó sumergida en las evocaciones que la hacían olvidar la enfermedad. Recordó el anuncio de aquella emulsión de bacalao. Era un hombre que colgaba un gran pescado en la espalda. Ya los bacalaos no existían en los mares de norte. La pesca desmedida los agotó, decían los expertos. Y le hizo un ruego silencioso a la abuela. Una abuela tan abuela tendría un sitio privilegiado en ese cielo del que tanto hablara. Y seguro le harían caso. Ojalá que la amistad no desaparezca de la tierra, como los bacalaos.

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