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El ciclón de 1888 o el Huracán de Faquineto

1 de marzo de 2013

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Huracán de 1888 o de Faquineto

En la historia meteorológica de Cuba, 1888 resulta un año singular. Ello se debe a dos motivos: el primero se asocia al intenso huracán que del 3 al 6 de septiembre cruzó sobre nuestro archipiélago, y que debido a su inusual trayectoria dejó malparados todos los pronósticos. El segundo tiene que ver con la popularidad alcanzada desde entonces por Mariano Faquineto, un modesto vendedor de caramelos que a diario cruzaba las calles de la villa de Guanabacoa, entonces población alejada de nuestra capital y hoy unida a ella por los crecimientos del área urbanizada.
Este intenso huracán procedía del Océano Atlántico y seguía una trayectoria conforme a la media histórica del mes de septiembre, trasladándose por el Estrecho de la Florida. Sin embargo, al aproximarse al norte de Holguín, la presencia de un anticiclón con su centro al noroeste de Cuba, provocó una inflexión del sistema hacia el oeste-suroeste y le hizo penetrar en la Isla por un punto al oeste de Caibarién. Seguidamente, el sistema continuó sobre la Isla, rumbo a las provincias de Villa Clara, Matanzas, La Habana y Pinar del Río. Se estima que al llegar al país tenía categoría SS-3.
El pronóstico y aviso meteorológico elaborados por el padre Benito Viñes en el Observatorio de Belén, preveía que el ciclón transitaría por el norte de Cuba sin afectar al país; ello dio lugar a que no se adoptara ninguna medida de protección; por tanto, la población y los intereses costeros y las plantaciones, fueron sorprendidos por las lluvias y los vientos.
Los daños más importantes se debieron a una cadena de inundaciones costeras por penetración del mar que tuvieron lugar principalmente entre Caibarién y La Habana, y además por las avenidas resultantes de las intensas lluvias.
En Sagüa la Grande, villa de unos 12 mil habitantes y situada en la región por donde el huracán penetró en tierra, la iglesia parroquial devino refugio para medio millar de personas, incluso para la guarnición militar destacada en la población, dado que el cuartel había caído al suelo. Poco después, los tres grandes portones del citado templo fueron derribados por el viento, lo que dio lugar a una indescriptible manifestación de terror colectivo. Los bomberos trataron infructuosamente de volverlos a colocar en su posición y así cerrar el paso a la lluvia, pero las rachas eran demasiado fuertes para tal operación.
Tanto el hospital como los casinos sociales y la estación del ferrocarril quedaron destruidos.
Los daños humanos en toda la región azotada se estiman en unas 600 muertes —cifra que opinamos se aproxima bastante a la realidad—, y dejó al menos 10 mil damnificados. Se recoge en una de las crónicas que, en el asentamiento costero de La Boca, hoy Isabela de Sagüa, “se contaron por centenas los ahogados”.
Este evento produjo también grandes afectaciones a los cultivos agrícolas del occidente del país, principalmente en cuanto a producción viandera y de frutales.
La proximidad de este huracán y su amenaza a la Capital fueron previstas por el célebre meteorólogo padre Benito Viñes, quien previó una trayectoria franca al oeste por los mares al norte de Cuba; su pronóstico no se cumplió. En cambio, el meteorólogo aficionado Mariano Faquineto, personaje popular, célebre por su interés y afición a la ciencia, acertó plenamente al considerar que el huracán tocaría el occidente de Cuba.
¿Casualidad?, ¿agudeza de observación…? Todo queda en la conjetura, excepto que para nuestra historia meteorológica, el hecho contribuyó a denominar este evento en el medio popular como el Ciclón de Faquineto; y que, desde entonces, los pronósticos del caramelero de Guanabacoa aparecieron como opción informativa en la prensa diaria de La Habana…

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