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El caballero de la espada (I)

11 de diciembre de 2023

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¿Sabía usted que nuestro primer campeón olímpico fue Ramón Fonst?

Tal suceso tuvo lugar el jueves 14 de junio de 1900, cuando Cuba presentó las primeras credenciales olímpicas en los Juegos de París. Los majestuosos jardines de Las Tullerías serían el escenario de la gran final de espada. Al antillano ya lo precedía una aureola de triunfos.

Y deslumbraba también como el de más prestancia entre los contendientes. Pelo negro, alto, de agilidad prodigiosa, recia musculatura y largas extremidades.

La sala se encontraba abarrotada y cuando los dos esgrimistas, adoptaron la posición de en garde, luego del saludo, se hizo un descomunal silencio. Lo que sigue es harto conocido: el criollo, en un derroche de técnica y coraje, “lanza un enérgico battement en cuarta, seguido de un veloz golpe recto que alcanza en pleno pecho a su rival y… ¡clava la punta limpiamente!”.

Los jueces no tienen otra alternativa que dar su voto al cubano.

Tres veces el representante de Nuestra América ha tocado al francés Louis Perré para alcanzar la victoria. Sus admiradores lo llevan en andas. Todos lo agasajan. Es el triunfador del momento.

Y cosas de la vida, como dice su biógrafa y destacada esgrimista ya fallecida Irene Forbes en su hermoso libro As de Espada, “casi nadie sabe con certeza dónde queda Cuba, la pequeña isla, patria amada del flamante titular olímpico”.

Su vida fue tan fascinante como las de los más célebres personajes de las novelas de capa y espada. Asombró a las multitudes.

Nacido en la Habana, en cuna opulenta, el 31 de agosto de 1883, desde niño mostró cualidades fuera de lo común para el deporte. Bajo la guía de su padre Filiberto Fonst, a la sazón destacado esgrimista, dio los primeros pasos en el arte de las estocadas en el Club Gimnástico del Paseo del Prado.

En 1890 la familia se trasladó a París y don Filiberto aprovecha la ocasión para poner al vástago en manos de dos excelentes profesores de esgrima: el francés Albert Ayat y el italiano Antonio Conte.

Recién cumplidos los diez, el jovencito en cuestión, zurdo por más señas, gana el primer premio en la competición de florete organizada por el Liceo de Janson de Sailly, en París. Victoria tras victoria obtendrá el novel espadachín, quien aventajado además en ciclismo, pistota y boxeo francés, gana medallas en estas especialidades.

Increíble resulta en nuestros días que, como afirma Leonardo Depestre Catony, un mismo atleta conquistara lauros internacionales en actividades físicas tan exigentes y disímiles como las citadas ¡ El cubano lo consiguió, y nada menos que en Francia!

Pero sin duda alguna sus momentos más estelares los vivirá en la esgrima donde impone su clase.

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