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El Arte de Benny Moré (III)

30 de enero de 2020

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Para los años 40, entonces Bartolomé Moré fue testigo fiel de la reformulación sonora y tímbrica de las big bands cubanas, cuando a la clásica línea de metales se sumó, exitosamente, la percusión cubana.

Quizás en fechas tan tempranas, ya a Bartolomé le llamaran la atención los asombrosos desplazamientos en el teclado, del pianista norteamericano Thelonius Monk, las disonancias y geniales clusters, de un pianista matancero llamado Dámaso Pérez Prado, entonces músico, arreglista y compositor de la big band cubana Casino de la Playa, y mucho menos pensaba que, algunos años después, llegaría a cantar y grabar en México, con este genial compatriota, pianista y compositor, creador del mambo.

Años después, con una maduración musical y por toda su fecunda vida, mantendría su preferencia, tanto en Cuba como en México, por cantar y grabar siempre con el respaldo de big bands, anteriores cultoras del swing, ahora abiertas felizmente a la interpretación de la música caribeña.

Estas y algunas otras implicaciones estético-musicales, resultan ineludibles citarlas cuando se trata de enfrentar, para su estudio, el relieve de un artista que, reviste síntesis estética de lo más raigal del canto popular cubano.

No es por gusto. que al promover estas apreciaciones, que, sin duda, recubren de excepcionalidad su recia estampa, salten un conjunto de virtudes que sin discusión, giran en torno a un trascendental y significativo comportamiento de época, en la más que importante heredad musical cubana.

El estudio y valoración del arte musical desplegado, a lo largo de una fértil carrera, por Benny Moré, revela el de un cantor de relevantes dotes, sobresaliente desplazamiento escénico en su práctica como talento bailarín y singular director de orquesta. Este conjunto de cualidades, sin dudas, herederas de una rica estirpe popular, que al amparo de su estimación por talentosos estudiosos, en la actualidad lo señalan como un decisivo reformador no solo de lo que sonaba en su tiempo, sino además, de todo lo valioso del quehacer cantabile de lo popular conocido entonces y que aún llega hasta ahora. A ello se suma el aporte de un estilo interpretativo único, amplio registro vocal, afinación perfecta, estupenda capacidad como improvisador, no solo de sones montunos, sino igualmente, de diversas tonadas campesinas, expuestas por él, con maestría, en algunas grabaciones discográficas.

En múltiples ocasiones, en el sabio disfrute de sus presentaciones públicas, cobraban gran relieve sus elaboradas orquestaciones, que luego respaldarían sus grabaciones.

 

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Poco se ha dicho, con profesionalidad, alrededor de su valiosa discografía y en la que muchísimos casos, asumió aportes destacados como director de orquesta, en especial, donde se adjudicó elementos de relevante destaque, a partir del empleo de recursos técnicos innatos en su personalidad para sus grabaciones. Actualmente y de manera insólita, se ha levantado una inusitada imaginaría tejedora al respecto de falsedades, leyendas y algunos otros aspectos negativos al respecto, con inútiles argumentos, quizás enmarcadas en oscuras maquinaciones al respecto.

La audición cuidadosa y esmerada de cualquiera de las grabaciones de Benny Moré, con su Banda Gigante, irremediablemente devuelven una curva de respuesta de un admirable valor sonoro y limpias orquestaciones de anticipo, en múltiples ocasiones, muy superiores a los de otros interpretes que le fueron contemporáneos, e igualmente producidas con las mismas técnicas y el mismo sello discográfico que, de manera curiosa, en un leal cotejo con las de Benny, parecen anteriores.

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