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“El ángel exterminador” continúa su vuelo

5 de septiembre de 2013

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Fotograma de “El ángel exterminador”

Un hombre secciona el ojo de una joven con una navaja.
Una mujer remienda un encaje ensangrentado.
Transcurrió casi medio siglo entre la filmación de un plano y otro, primero y último en el itinerario seguido por Luis Buñuel (1900-1983) de la rebelión a la provocadora serenidad. De “Un perro andaluz” (1928-29) a “Ese oscuro objeto del deseo” (1977), realizó treinta y dos películas que legaron a la historia del séptimo arte, aproximadamente 2 758 minutos.
El 29 de enero de 1962, en los Estudios Churubusco, Buñuel ordenaba accionar la claqueta que marcaba el inicio del rodaje de uno de sus filmes destinados a devenir clásicos: “El ángel exterminador”. Al término de una función teatral, un grupo de burgueses, con ese “discreto encanto” que tanto le gustaba retratar al cineasta, se reúne para cenar en la casa de una de ellas pero, por una razón inexplicada e inexplicable, no pueden abandonar el salón.
Pero todo había comenzado aquel día en que se le ocurrió a un muy joven Buñuel a ir al Vieux Colombier, en París para ver Las tres luces, de Fritz Lang, y ya el estudio de la música dejó de interesarle para ceder su sitio a la pasión por esa “máquina de fabricar milagros” que es el cine. Por entonces ya estaba estremecido por ese “motorcito extraño y perverso, con un humor de tipo convulsivo” que era el surrealismo, con su defensa del escándalo como arma. Luego evidenció ser, en muchos aspectos, más intransigente que los propios miembros del movimiento. El Evangelio era para él ese poema de Bretón que alude al amor como una ceremonia secreta que debe celebrarse a oscuras en el fondo de un subterráneo.
Siempre procuró no traicionar sus convicciones de juventud y producir el menor daño posible; fue fiel a ciertos principios de su época surrealista que afloraban aunque no estuviera filmando una película cien por ciento con ese espíritu. Buñuel reconoció que algunas fueron malas —pero moralmente dignas y honradas—, aferrado siempre al cumplimiento de otro precepto surrealista: “la necesidad de comer no excusa la prostitución del arte”.
“Cuando me lanzo a realizar una película, lo hago a fondo y no pretendo hacer guiños de complicidad con el espectador”, a quien habría preferido darle en un cine refinado una cerradura para que viera más a gusto esas películas no concebidas como discusiones intelectuales ni con una idea predeterminada en cuanto al significado. A su juicio, cada una cuenta por lo que se vea en la pantalla, e importa sobre todo incitar la imaginación del espectador.
“Una cosa es la imaginación y otra la vida. Imaginativamente, nadie tiene nada que enseñarme porque lo sé todo, lo espero todo. Con la vida es diferente. En la realidad nunca he sido un hombre de acción, pero en la imaginación sí lo soy y por eso puedo atacar imaginariamente. (…) La imaginación es el único terreno en que el hombre es libre. Puede permitirse todas las libertades”.
Bastaba que un libro le diera dos o tres imágenes estimulantes y que pudiera desarrollar a su modo, pese a no interesarle en principio su asunto. Así ocurrió con “El ángel exterminador”, que tomó solo su apocalíptico título de una obra teatral escrita por José Bergamín, y que Buñuel y su guionista Luis Alcoriza optaron por escoger para sustituir el de su guión “Los náufragos de la Calle Providencia”, que nunca les convenciera por largo y literario. Cuando filmaba una novela, Buñuel prefería que no fuera una obra maestra, para no cohibirse ante ella y con estera libertad, transformar e introducir todo lo apetecible.
Le atraía la oscuridad de un personaje; que tuviera una zona de sombra. No le interesaban aquellos sin aspectos contradictorios —no existen malos ni buenos absolutos—, porque entonces sabemos todo sobre estos desde el primer momento. Quizás por esa sugestión ejercida por los personajes con ideas fijas, por ser Buñuel mismo uno de ellos, haya algo suyo en el protagonista de “Él”.
“Casi todas mis películas tienen ese tema de la frustración. Burgueses que no pueden salir de una habitación, gente que quiere cenar y todo se lo impide, un tipo que desea asesinar, pero sus crímenes fallan”, expresó. Esa excitante frustración aparecía ya desde “Un perro andaluz”, con el hombre a quien las cuerdas con los objetos atados a ellas le impiden el avance hacia la mujer, ese oscuro objeto del deseo, un tema que gravita en toda la filmografía buñueliana, en la cual se percibe el humor en mayor o menor medida y esa obsesión que, a diferencia de los estudiosos de su obra, no le preocupaba. “¿Por qué crece la hierba en el jardín? Porque está abonado para eso”.
Le gustaba el lado quijotesco de “Nazarín” y, como el personaje galdosiano, creía más en el individuo que en cualquier sociedad porque “solo puede creer en unos pocos individuos excepcionales y de buena fe aunque fracasen, como Nazarín”. Aunque confesaba ser cristiano por la cultura si no por la fe, estaba contra la caridad de tipo cristiano y plasmó su inutilidad y su carácter contraproducente en “Viridiana”, otro “Quijote con faldas”, según la definiera. Su protagonista, la actriz mexicana Silvia Pinal, era Leticia, la “Walkiria”, una de las desesperadas comensales imposibilitadas de salir de la residencia en “El ángel exterminador”, también producida por su entonces esposo, Gustavo Alatriste, uno de los pocos que, según el propio Buñuel, le dio entera libertad para dar rienda suelta a sus fantasmas.
Nunca le gustó hacer visible la técnica, como tampoco embellecer las imágenes, aunque contara con un fotógrafo de la talla de Gabriel Figueroa; estas deberían ser aceptadas como son, en lugar de explicarlas. “Mis imágenes tienen un sentido directo antes que nada. Algo me descargo en mis películas, pero detesto sobre todo meter símbolos, literarios o fabricados”. Le repugnaba la perversión sexual, pero podía atraerla intelectualmente y una de sus preocupaciones fue la destrucción irracional de la naturaleza por el hombre. “No hago ´cine de ideas´ (hay, desde luego, ideas a las que soy fiel. Yo expongo, no impongo esas ideas, y más que ideas, son imágenes, sentimientos”.
En sus últimas películas, admitió volver a ser más libre, con esa ambigüedad que le es consustancial por romper las ideas hechas, inmutables, sin dejar de ser más racional de lo que parecía en una obra que no es inasible como “la libertad, que es un fantasma. Esto lo he pensado seriamente y lo creo siempre. Es un fantasma de niebla. El hombre lo persigue, cree atraparlo, y solo le queda un poco de niebla en las manos. Siempre la libertad se ha expresado para mí en esta imagen”.
Así declaró en su última entrevista este aragonés que de no ser cineasta le habría gustado ser escritor, porque se trabaja en una magnífica soledad. En una vida gobernada toda por el azar, según sus palabras, ni siquiera el retumbar de los tambores de Calanda le impedía soñar despierto e imaginar lo imaginable… y lo inimaginable, porque:
“Los sueños son el “primer cine” que inventó el hombre, e incluso con más recursos que el cine mismo. (…) El sueño es indirigible. No se ha descubierto su secreto. Ojalá pudiera yo orientar mis sueños según mis deseos. Entonces… no me despertaría nunca”.

Nota: Todas las declaraciones de Buñuel han sido extraídas de “Luis Buñuel: Prohibido asomarse al interior”, de José de la Colina y Tomás Pérez Turrent, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1986.

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