ribbon

Edith Piaf

22 de enero de 2020

|

 

Piaf2

Foto: “Bohemia”, Año 49, Nº 6, La Habana, 10 de febrero de 1957.

En el decenio del 50 del siglo XX fueron varios los artistas franceses que se detuvieron en La Habana y dejaron su huella: estuvo Josephine Baker, nacida norteamericana aunque nacionalizada francesa; también Martine Carol, estrella de la pantalla grande; y el entonces ya veterano Maurice Chevalier, legendaria figura de la canción y el cine europeo. Sin embargo, Edith Piaf era diferente: por su estilo, por su vestuario, porque se conocía su historia de niña pobre y, sobre todo, porque quien la escuchaba y la veía, tenía la sensación de presenciar un suceso memorable.

Edith Piaf vino por vez primera en 1956, ocasión en que se presentó en el ya desaparecido pero entonces muy bien  cotizado cabaret Sans Souci, en Marianao. En cuanto a su segunda visita, la de 1957. Edith llegó en enero y debutó el día 25 de ese mes, en actuaciones que se prolongaron hasta entrado el mes de febrero. A Edith se le vio en la televisión y en el cabaret y, según se contaba, eran los infortunios de su vida atormentada los que la compulsaban a atravesar el Atlántico, poner distancias de por medio de su querido París, y buscar en gira por América nuevos aires para tan inquieto espíritu.

Tenía poco más de 40 años y movilizaba a los públicos, que no entendían la letra de sus canciones en francés —La vida en rosa, Bajo el cielo de París y otras— pero palpaban el sentimiento con que las cantaba.

El cabaret Montmartre de la calle P y 23 del Vedado, la acogió y todavía algunos habaneros que la recuerdan pueden atestiguar la impresión causada en el reportero de la revista Bohemia:

“Para el público común, el principal adorno de una artista deben ser las joyas. ¿Dónde están las de esta estrella que se hace pagar los sueldos más elevados del mundo?

“El espectador que la está viendo por primera vez no acaba de comprender esa vestimenta humilde. La señora que sabe del lujo la compadece porque no brilla en sus dedos ni en sus orejas una sola piedra preciosa.

“En la sala se ha hecho un silencio que se palpa. ¿Qué obliga al público a este silencio? Es la voz de Edith Piaf”.

Edith, la chica fea que tuvo una infancia y adolescencia duras, cuya vida íntima sufrió duros golpes, y cuya vida profesional le reportó una celebridad que permite denominarla como Gran dama de la canción francesa, murió en el París de 1963, a los 48 años, y a sus funerales acudió el pueblo en masa compacta, de seguro consciente de que había perdido a la artista que mejor sabía expresar sus sentimientos.

Galería de Imágenes

Comentarios