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Edificio del Arzobispado de La Habana

6 de febrero de 2015

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Fotos de Armando Zambrana

Al recorrer la calle Habana sobresale en el conjunto de sus edificaciones una imponente casona del siglo XIX: es la sede del Arzobispado. El 29 de agosto de 1789 fue creado el Obispado de La Habana, cuya primer asiento fue en el edificio de Oficios Nº 4, 8 actual, donde luego fue instalado el Monte de Piedad. Esta casa al final resultó pequeña e incómoda para residencia del Obispo y las múltiples oficinas que corresponden a un obispado. Ello motivó con los años la búsqueda de una edificación más amplia, según consta en el propio expediente de adquisición conservado en los archivos del Arzobispado.

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Pedida entonces la autorización al Patronato Regio, se le concedió al Sr. Obispo, por una Real Orden de 6 de mayo de 1858, adquirir otra casa que reuniese “todas las circunstancias de la localidad y distribución para casa episcopal”, como reza en dicho expediente.
La casa elegida para el Obispado fue la ubicada en la calle Habana Nº 58 antes, hoy 152, esquina a la de Chacón, conocida como casa de los O’Farril por haber pertenecido a Don José Ricardo O’Farril y Herrera (1775-842), para quien se construyó en la primera mitad del siglo XIX. Don José Ricardo O’Farril y Herrera era nieto del irlandés Ricardo O’Farril y O’Daly, quien se estableció en Cuba a principios del siglo XVIII. De Don José Ricardo O’Farril y Herrera la heredó su hija Doña María Luisa O’Farril y Arredondo (1755-1858), y de esta  pasó a sus primos José Ricardo y Loreto O’Farril y O’Farril quienes vendieron la casa a Don Joaquín Gómez, de origen gaditano, poseedor de una gran fortuna y propietario del palacio de Obispo y Cuba, más tarde y hasta el momento, hotel Florida. Al morir, los bienes de este señor pasaron a sus numerosos sobrinos, quienes establecieron aquí sus oficinas y a los cuales la institución religiosa compró el inmueble, el 7 de febrero de 1860, en 145 000 pesos, aunque a la sazón su tasación fue superior al precio final.

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En  marzo de 1862, Luego de varias adaptaciones, emplazó en ella su residencia el Ilmo. Sr. Obispo Francisco y Soláns (1846-1865). Desde esa fecha hasta el presente, ha sido la residencia oficial de todos los señores obispos sucesivos y sede del Arzobispado de La Habana.
La excelente descripción del arquitecto Joaquín Weiss revela los valores arquitectónicos de este hermoso palacio neoclásico: “La casa cubre 1.400 metros cuadrados de terreno, y consta de planta baja, principal y entresuelo (…) debió ser construido en las primeras décadas del siglo XIX, lo que explicaría la coexistencia de elementos arcaizantes y modernos. Entre los primeros se cuentan la gran puerta de entrada, de tipo español o “clavadizo”; el arco del zaguán, el cual, aunque de medio punto, tiene volutas colgantes en la clave, como algunos de la época prebarroca; la guarnición que encuadra la portada formando orejetas en los ángulos superiores, residuo también del barroco; la escalera de dos ramas desarrollada en la galería, y las extremidades cóncavo-convexas de las barandas de los balcones, como en las de madera de la época anterior. Entre los nuevos elementos figuran las pilastras dóricas gigantes, y su respectivo entablamento, con que se articulan las fachadas; el motivo de pilastras y entablamento con su friso de triglifos que enmarca la portada, en reemplazo de las antiguas guarniciones barrocas, igualmente tratado con triglifos que corona las arcadas del patio; las rejas de las ventanas y las barandas de los balcones, ambas de hierro, que han desplazado a las de madera del siglo XVIII”.
Weiss igual destaca la belleza del patio central de tipo claustral; la amplitud y monumentalidad de la escalera, situada a la derecha del zaguán; la galería principal con 5 metros de ancho; la nobleza de los materiales utilizados como el mármol para los pisos superiores, el hierro forjado para las rejas, algunas de estas con diseños muy elaborados, el cielo raso, muy empleado en la época, en los techos de la planta alta, los que en su mayoría son de vigas y tablas; y la disposición de sus espacios,  bien distribuidos y  elegantes, capaces de asumir funciones diferentes, incluso, de la original. A ello se sumó la riqueza de su diseño interior acompañado de mamparas, muebles, pinturas, lámparas, el propio local destinado a capilla desde el uso familiar de la casa, que le otorgaron prestancia a la entonces residencia de los O’Farril, y aún en esta época la mantienen, cuando algunos de estos elementos se conservan todavía.

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Los autores de la guía de arquitectura La Habana Colonial, Eduardo L. Rodríguez y María E. Martín, distinguen como elemento principal de esta gran mansión, la aplicación de sus pinturas sobre sus paramentos revocados, a diferencia de otras dos semejantes de la misma época en La Habana Vieja: los palacios de José O’Farril y de Joaquín Gómez. En cuanto al resto, su parecido con la casa O’Farril, de Cuba y Chacón, es tanto, que hace pensar en la posibilidad de un mismo autor para las dos, máxime si ambas pertenecieron originalmente al mismo tronco familiar. Sobresalen, expresan estos autores, “…similitudes entre ambos edificios en cuanto a proporciones; cantidad y distribución de vanos; el diseño de cornisas, pretiles y pilares superiores; y sobre todo en la concepción y realización de la portada. Esta residencia, con su patio interior, rodeado por arcadas de medio punto, en planta baja con columnas dóricas y en la alta, jónicas, es una de las mejores conservadas de esta tipología”.
Con Grado de Protección I, la antigua casa de los O’Farril se conserva como uno de los ejemplos más significativos de la arquitectura doméstica del período colonial.

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