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De cuando La Habana conoció el primer automóvil (II)

9 de agosto de 2013

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Como ya les dije, el primero que trajo a La Habana un automóvil fue José Muñoz, pero no habría que esperar mucho tiempo para que otro representante de la burguesía cubana, el boticario Ernesto Sarrá, se convirtiera en el segundo de los automovilistas que pasearon por la capital cubana.
Aquello ocurrió en junio de 1899.
En esta ocasión el vehículo fue comprado en una fábrica de Lyon, en Francia, un Rochet & Schneider, con una mayor potencia que el de Muñoz y a un costo de cuatro mil pesos.
Se decía que hacía una velocidad de hasta treinta kilómetros.
No obstante, este carro presentaba también sus dificultades. Llevaba el timón en la parte posterior, la transmisión era por correa, y calamitosamente cada seis o siete cuadras, ésta solía salirse de sus rodamientos, por lo cual era preciso que el encopetado boticario se bajara y colocara en su sitio la dichosa correa.
Por su parte, el negociante Muñoz no se daba por vencido. Y al fin logra vender una especie de camioncito de La Parisiense, capaz de cargar media tonelada de peso –que entonces era mucho- a la empresa Guardia y Compañía para un negocio de cigarros.
El cuarto vehículo de la historia rodante en Cuba será comprado por el entonces editor de “La Gaceta de La Habana”, don Rafael Arazoza, a la Locomobile and Co. of America, que ya producía más de cincuenta al año y los vendía entre tres y cuatro mil dólares. Este es el primer auto norteamericano de los muchos que luego rodarían por la Isla.
En 1903 se realiza en La Habana la primera carrera de automóviles, cuyo vencedor fue el francés Dámaso Lainé, propietario del primer garaje en el país, situado en la calle Zulueta, y donde también se albergó lo que pudiéramos considerar la primera estación de servicios automovilísticos en Cuba.
Dos años más tarde, en 1905, el cubano Ernesto Carricaburu, bate en la capital de la Isla el récord mundial de velocidad, lo que acredita que ya no se circulaba tan lento sobre nuestras polvorosas carreteras.
En 1913 ya existían en el país más de un millar de autos, conducidos por hombres.
Por cierto, la primera mujer que se sentó al volante causó un verdadero escándalo.  Fue en 1917 cuando obtuvo su cartera dactilar María Calvo Nodarse, La Macorina, una dama de no muy buena reputación y a quien una suerte de estribillo de una pieza musical la catapultó a la fama:”Ponme la mano aquí, Macorina…”
Con el paso del tiempo se fue haciendo más habitual ver a una mujer conduciendo un vehículo. Dicen que Flor Loynaz tuvo uno al que llegó a dedicarle poemas. A propósito, en él recorrió las calles de La Habana el poeta español Federico García Lorca.  Y por ser utilizado en una acción contra la dictadura de Gerardo Machado, se cubrió de un singular misterio. Como era un carro muy conocido, la familia Loynaz decidió ocultarlo entre las paredes de su mansión.
Pero sería curioso conocer ahora qué principios tomaba en cuenta Ernesto Carricaburu cuando en 1905, en su condición de Presidente de la Comisión de Examen, otorgó los primeros títulos oficiales de choferes.
Pero ¿cómo se las componían aquellos para conducir cuando no existían semáforos ni señales del tránsito?
El primer semáforo se instaló en La Habana en 1930.
El primer accidente automovilístico ocurrió en esta capital en 1906 cuando Luis Marx, chofer de un general de apellido Montalvo, llevaba de regreso de un almuerzo a Tomás Estrada Palma, y en la intersección de Monte y Ángeles, atropelló al dependiente Justo Fernández, a quien le causó la muerte.
En 1907 comienza a prestar servicios en Cuba la primera “guagua” (ómnibus) de Güira de Melena a San Antonio de los Baños.
Ya para entonces iban quedando atrás los días en que llegó el primer automóvil a La Habana, en 1898, cuando algunos graciosos comentaban en son de guasa:
“¡Qué va a caminar solo este carro! ¿No ve que lleva debajo un gallego que lo va empujando…?”

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