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Antiguos Almacenes de San José (I)

9 de marzo de 2016

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Fachada por Desamparados, 1889

 

 

El Centro Cultural Antiguos Almacenes de San José, sede además del mercado artesanal más popular de la ciudad, es uno de los mejores ejemplos para valorar el patrimonio industrial y estudiar el desarrollo económico cubanos. Desentrañando su historia, no solo resalta su importancia arquitectónica, también el papel que desempeñaron estas instalaciones en la estructura del capital en la Cuba colonial y republicana.
A mediados del siglo XIX la economía cubana atraviesa importantes cambios marcados, entre otros aspectos, por su vinculación con los intereses internacionales y el crecimiento interno diferenciado por una acentuada especialización de las instituciones. Proliferan las sociedades anónimas relacionadas con las actividades comerciales, agrícolas, bancarias y de crédito, relacionadas en todo momento con el auge de la industria azucarera y ferroviaria. Ligados también al fomento de estos mercados, aparecen los llamados almacenes de depósito. Fueron los primeros, los Almacenes de Regla y Banco del Comercio, fundados en 1844, le siguieron los Almacenes de San José en 1847, los Almacenes de Depósitos de Hacendados entre 1855-1858, los de Santa Catalina y Marimelena en 1857.
Estas compañías recibían en depósito toda clase de frutos y valores, corriendo con su venta y adelantando a los interesados las cantidades convenientes según las condiciones de su reglamento, y facilitaban, además, la comunicación marítima con los buques y muelles del puerto a través de botes, y la terrestre por carretones o los llamados ferrocarriles de sangre. Precisamente, una de las notables ventajas que proporcionaban estos almacenes era liberar a la capital del estruendo de aproximadamente un millón de viajes anuales de los carretones de tráfico por sus calles, y al mismo tiempo, desahogar la vivienda señorial cubana entonces también almacén de depósito de los azúcares que serían exportados, y en otros casos de los productos importados para su comercialización al por menor.
En estos almacenes se podían guardar productos como azúcar en cajas, aguardiente en pipas, arroz en toneles, medias y sacos, café en sacos, cera, ladrillos, máquinas de vapor para ingenios, pailas, palo de Campeche, pacas de algodón, tabaco en rama y tachos. Se exigía, para un almacenamiento de mayor calidad, el acondicionamiento de los productos, lo cual era asegurado por los carriles de hierro y las máquinas para entongar y desentongar los depósitos. La compañía respondía por las faltas o averías de los bultos, pero no por las pérdidas causadas por su propia naturaleza como merma de peso, derrames de caldo, entre otros, tampoco respondían a casos fortuitos de desastres o a riesgos de incendio. Fue este, también, uno de los motivos que justificó el uso abundante del hierro en estas edificaciones.
La construcción de estos depósitos transformó desde entonces la naturaleza del puerto habanero en todas sus riberas, ofreciendo la imagen de una plaza fortificada comercialmente. Además de su utilidad, estos edificios se destacaban por su belleza, la que no escapó a miradas curiosas y sabias como las del viajero norteamericano Samuel Hazard, quien en los años de 1860, describió y dibujó los Almacenes de Regla, atrapados para siempre en su obra Cuba a pluma y lápiz.

 


Según Jacobo de la Pezuela, los capitalistas Don Antonio Parejo y Don Manuel Pastor, no conformándose con la creación de la compañía de los Almacenes de Regla, decidieron fundar otra en 1847: los Almacenes de San José, llamados así por el lienzo de muralla y el baluarte de igual nombre en la zona donde fueron levantados. Por otra parte, en un documento del Archivo Nacional de Cuba, conservado en el fondo Realengo, consta que estos señores solicitaron las tasación de este terreno para edificar nuevos almacenes. Para el costo de las obras se delimitaron las tierras tanto firmes como anegadizas resultando un importe de 20.591 pesos, según justifica la Contaduría General de Ventas Terrestres el 3 de agosto de 1848.
Relata el historiador antes mencionado, que el primer proyecto se edificó entre 1849 y 1850 y a pesar de los obstáculos en los dos años siguientes, lograron ampliar y mejorar estos almacenes hacia 1853 y 1854, especialmente con la construcción de un cómodo muelle de 16 pies de fondo, en el cual podían atracar las goletas de cabotaje y ahorrarse de esta manera los gastos de la carga y descarga con las lanchas. Las obras fueron concebidas y dirigidas por el ingeniero Julio Sagebien.
Los primeros almacenes que corrían desde Egido a Compostela por Desamparados, serían ampliados en décadas siguientes. Fechada en 1870, aparece una solicitud de Don Ramón Montalvo para extender los Almacenes de San José, ahora desde la plataforma del Matadero hasta el baluarte de Paula. Para ello debió promover una instancia a todas las autoridades facultadas para autorizar o no, dicha licencia. Para 1885 ya estarían terminadas las obras, ahora por su propietaria, la Compañía de Almacenes de Depósitos de La Habana. La dirección facultativa estuvo a cargo del arquitecto cubano, Adolfo Sáenz Yáñez (1894-1902), quien supo muy bien armonizar las 3 000 toneladas de piezas de hierro empleadas –fundidas en los talleres de Cockeril en Bélgica– con el hormigón y la cantería, a un costo de 3 000 000 de pesos.
Como bien se describe en La Ilustración Española y Americana en 1889, más que un almacén lo que se había construido, era en realidad un grupo armónico de veintidós almacenes, cuatro de ellos enfrentados a los espigones y desde la fachada principal a la posterior, o sea, en sentido transversal al conjunto, y los dieciochos restantes, dispuestos en tres tandas de a seis, en sentido longitudinal, cubriendo los espacios que resultaban entre los cuatro transversales. Todos estos almacenes se hallaban separados unos de otros por galerías de dos metros de ancho.
El servicio de los almacenes estaba montado a la altura de los adelantos de la época. Poseía una completa red de carrileras, en los almacenes bajos y altos que se extendía por muelles y espigones, tres elevadores, multitud de carrileras rodantes en los techos, y un motor de 100 caballos de fuerza, lo cual permitía tomar la carga al costado de los vapores y colocarla en corto espacio de tiempo, ya sobre los almacenes que tuvieran que transportarla a la ciudad, o en cualquier punto en que se depositase dentro del edificio, así como efectuar con igual facilidad el movimiento inverso en los casos necesarios.
El terraplén que se ejecutó para su emplazamiento arrancaba de la muralla que separaba a los baluartes de Paula y San José, y estaba contenido en la parte del mar por medio de una enorme escollera o muralla de piedra de doble talud, en la que se invirtieron 25 000 metros cúbicos de piedra. En la misma dirección de la escollera, y junto á ella, corría el muelle general, del que nacían los cuatro espigones de hierro destinados al atraque de las embarcaciones. Cada espigón tenía 100 metros de largo y 10 de ancho, por manera que podían atracar entonces ocho buques de vapor de los más grandes que entraban al puerto de La Habana. Expresa el periodista español José E. Triay en su artículo: “El aspecto que la obra ofrece, vista desde el mar, no tiene semejante en todo el puerto. La armonía de sus proporciones, la sobriedad de sus líneas y la belleza de su conjunto impresionan extraordinariamente al que la contempla desde el extremo de los espigones. No menos interesante es la fachada de piedra que da a la calle de los Desamparados, y en la que se revela, como en todas las demás, el destino de tan admirable construcción, que hace honor a La Habana y honraría a cualquier puerto de primer orden”.

 

Fachada marítima,1889

 

En tanto el frente marítimo de los Almacenes, comprendiendo los espigones para vapores, las armaduras y también las columnas, se levantaron con estructuras de hierro fundido, en el caso del frente hacia la ciudad eran disimuladas por una fachada de cantería, sobria, pero de gran belleza y armonía. La distribución interior era funcional en aras de garantizar el cuidado y la clasificación de los productos de todas sus naves que llegaron a sumar 22. Con esta construcción se llevaría a cabo una de las realizaciones más culminantes en este sentido y la única que hoy se conserva, afirmándose que puede considerarse una obra madura dentro del género.

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