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Ante la muerte de Manuel Corona

29 de mayo de 2023

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Manuel-Corona_Trovador-cubano

 

El 9 de enero de 1950 falleció en La Habana el guitarrista y compositor Manuel Corona Raimundo, quien naciera el 17 de junio de 1880, en la localidad de Caibarién, de la otrora provincia de Las Villas.

En nuestra sección incluiremos fragmentos de una crónica que se publicó a raíz del fallecimiento del artista. Está firmada por el intelectual Nicolás Guillén, quien entonces se encontraba en Venezuela y para el rotativo El Nacional, de Caracas, escribió  el artículo intitulado Un año que llega y un trovador que se va.

 

[…] enero comenzó en forma harto cruel con la música popular cubana, pues nos ha arrebatado a Manuel Corona… ¿Y quién era Corona?, preguntará el lector venezolano. Corona era un trovador que no  solo cantaba canciones, sino que las componía, entre ellas algunas que se hicieron famosas. No sabía una nota de música, pero tocaba muy bien la guitarra; no medía sus versos al modo clásico, puestos  en fila, con los consonantes «en las puntas.» (como en la anécdota de don Ricardo Palma), pero sus letras rezumaban gracia, límpida frescura de manantial que brota muy de debajo de la tierra.

Ningún cubano que hoy tenga más de cuarenta años habrá olvidado las composiciones de Corona. Yo recuerdo, allá en mi lejano bachillerato, la boga obsesionante de Santa Cecilia, cuyo ritmo lánguido subía y bajaba lentamente, en un alarde de ingenua complicación técnica:

Por tu simbólico nombre de Cecilia,

Tan supremo que es el genio musical

De aquella época son también otras canciones que alcanzaron larguísima divulgación: Mercedes, Adriana, y una guaracha titulada Acelera, Ñico:

Acelera, Ñico, acelera,

acelera y ponte en primera…

Pero sobre todas, Longina, hermana gemela de Santa Cecilia, de modo que no puede hablarse de una sin que la otra venga en seguida a los labios:

En las sensuales líneas

de tu cuerpo hermoso

hay un tema que destaca

sensibilidad…

Por cierto que Longina —llamada Longina O ҆ Farrill— vive todavía. Era hace treinta años una mujer de cuerpo flexible, negra, de altos senos y ojos relampagueantes. Hoy ha engordado, naturalmente, y la mirada brilla menos, pues los años no pasan en vano. Pero todavía da pruebas de que fue lo que fue. A causa de la muerte de su cantor, surgió en estos días a un plano de súbita actualidad.

[…].

Al entierro de Manuel Corona sólo fue un puñado de amigos, los fieles de siempre, Sindo Garay, el patriarca; Rosendo Ruiz, Tata Villegas, Gonzalo Roig (que despidió el duelo), Pancho Majagua y algunos más.

[…].

Por lo demás, la desaparición de este modesto músico vernáculo denuncia nuevamente esa grotesca antinomia que existe entre la vida y la muerte de nuestros artistas populares, aplastados por una sociedad ciega «que mata a un hombre del mismo modo que hiela un manzana». Vivos, se les desconoce y hasta desprecia; muertos, se les exalta ruidosamente, y, como si el tránsito fuera un nacimiento, surgen a una nueva vida: la vida que tanta falta les hiciera cuando vivían en realidad.

¿Quiénes de los que hoy gastan millares y millares de dólares en lujos inútiles, en vicios lujosos, llegaron nunca hasta la tenaz miseria del trovador para poner en ella la realidad de una dádiva decorosa, o la dádiva, aunque fuera irreal, de una promesa? ¿Cuántos de los que ahora pregonan el mérito de aquel sencillo forjador de belleza se le acercaron antaño para musitar en sus días de angustia lo que hoy gritan batiendo el parche hipócrita, junto al caído? ¿Corona? Era apenas un mulato guitarrero…

Sin embargo, el durará más, muchísimo más que los que piensan que durarán toda la vida. Porque su obra de ingenuo creador está ligada por abajo, por la raíz, por la tierra húmeda y fecunda, al pueblo de cuya sangre, de cuyo espíritu se nutrió.

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