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Alfonso Rodríguez Castelao

18 de octubre de 2013

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Alfonso Rodríguez Castelao es un gallego “de verdad”. Afirmación que en otro lugar, no en Cuba, pudiera oler a perogrullada, pero que se explica por la tendencia a llamar “gallego” a cuanto español -continental o insular, del norte o del sur, de tierra adentro o costa brava- desembarque en la isla acaimanada.
Castelao, cual firma y le conocen, llega a La Habana por avión, el 11 de noviembre de 1938. Quienes siguen su andar por América, lo identifican como el símbolo de la intelectualidad gallega en el exilio. En Cuba, donde los nexos con España se tejen con arterias y venas, Castelao es algo más: el eslabón que engarza con Manuel Curros Enríquez, formado como poeta en la Antilla mayor, y con Rosalía de Castro, la de los “Cantares gallegos”.
En la Institución Hispano Cubana de Cultura, el 8 de enero de 1939, diserta sobre “Galicia y Valle Inclán”. Lo presenta Luis Amado Blanco en estos términos: “Castelao es como el alma de toda Galicia encarnada en un hombre… La Historia buscó su voz, el cantar su oído y la bruma su mirada de marino”.
Alrededor de 54 años, pelo abundante, traje modesto, espejuelos graduados, semblante triste. Tal es Castelao, quien vibra cuando dice: “Creo que me sobraría emoción y me faltaría serenidad para evocar la figura viva de don Ramón del Valle Inclán, del hombre que todos los artistas españoles echamos de menos en esta hora de la verdad más verdadera de España”.
Como conocedor del asunto, afirma que “un pueblo sometido a la lucha de dos idiomas termina por no saber expresar lo que siente”, aunque señala que “el verdadero pueblo de Galicia, el que vivía trabajando, apegado a la tierra, no sufrió los trastornos del bilingüismo, porque no dejó de hablar su lengua y con ella siguió expresando las tristezas y alegrías de su mundo espiritual”.
Cuanto más mundo recorre, cuanto más cultura incorpora y más trasciende su nombre, más gallego se revela Castelao. De joven en la Pampa argentina; de estudiante del doctorado en Medicina, en Madrid; de crítico y buscador de imágenes, por Francia, Bélgica, Alemania. Pero a la hora de dejar huella, esta queda en gallego.
Exdiputado a Cortes en 1931 y 1936, el futuro ministro sin cartera del gobierno español en el exilio, es en Cuba un intelectual cuyos pasos reseñan unos diarios y otros no, según se incline la prensa hacia el lado franquista (en cuyo caso se le ignora) o hacia el republicano (caso en que se le reconoce). El 25 de febrero de 1939 ya está embarcando hacia Nueva York, por mar. Regresará a La Habana seis años después, en noviembre de 1945, para al mes siguiente enrumbar hacia Buenos Aires.

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