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La primera Caja Fuerte

19 de septiembre de 2014

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Escanear0006 (Custom)Aún con la instalación definitiva de La Villa de San Cristóbal de La Habana hacia 1519 no existe un centro estructurado de lo que sería posteriormente la plaza, sino la agrupación de funciones elementales. En este pequeño núcleo de casas generalmente de madera, embarrado o yagua con techo de guano  y con pocos habitantes, encontramos si se quiere el germen de un poder centralizador que fue abarcando la casa del gobernador en 1550, la cual radicaba entonces en Santiago de Cuba; poco antes se había construido  el hospital llamado Viejo, en Mercaderes y Obispo, al ser luego abandonado cuando  se funda el de San Juan de Dios en el siglo XVII,  y la iglesia ocuparía su sitio que,  aún siendo un simple bohío, más tarde ocupado por el Palacio de los Capitanes Generales, constituía una función jerarquizada en la primitiva plaza. Es en este lugar donde los habaneros levantaron  las primeras construcciones  agrupadas en torno a la Iglesia Parroquial y al incipiente espacio de su primera Plaza Mayor o de la Iglesia.
Desde 1550, en que los gobernadores de la Isla comenzaron a residir en La Habana, la villa se consideró capital, y ya en 1592, por los progresos hasta entonces obtenidos, el Rey Felipe II le otorgó el título de ciudad. A finales del siglo XVI se habían mercedado las tierras  a la Iglesia y los vecinos más notables; en 1577 estaba concluido el Castillo de la Real Fuerza; se había construido la Zanja Real en 1592; y quedaba definido el conjunto de manzanas y calles que conformarían su trazado urbano. Asimismo, la guarda del tesoro de aquella incipiente municipalidad había comenzado a ser objeto de atención. Así surgió la primera Caja Fuerte.

Plaza de Armas y alrededores, 1691 (Custom)En pleno siglo XVI resulta interesante la posesión de una caja fuerte en la ciudad que resguardara, al menos, los bienes de difuntos sin testar, los cuales, sin presentación de dueño alguno, se enviarían a la Casa de Contratación de Sevilla. Escribe el historiador Emilio Roig que, entre las órdenes reales de 1511 al Almirante, ya figuraba una disposición para que se tuviese “un libro para el buen recaudo de los bienes difuntos y un arca de tres llaves, donde se depositasen”. En las Actas Capitulares habaneras del 21 de agosto de 1551 aparece recogida esta disposición que versaba sobre los bienes de las personas que murieran “ab-intestato”.
El conocido historiador apunta que “…No consta en las actas siguientes que se llegase a adquirir la dicha arca de tres llaves para la guarda y custodia de los bienes de difuntos; y no es hasta 1556 cuando se habla de la adquisición por el Ayuntamiento de una caja fuerte, para guardar, y de un libro para anotar, la “Real Hacienda de su Majestad”, o sea, la primera caja fuerte y el primer libro de tesorería que poseyó el Ayuntamiento de La Habana”.

Detalle de La Fuerza y primeras casas, 1576 (Custom)En el Cabildo del 25 de septiembre de ese año ―afirma Roig―  se precisa y detalla la mención de tal “caja y libro”, adquiridos por el contador Juan de Inistrosa, por orden del gobernador. Como ha de suponerse “la caja distaba mucho de ser una de esas admirables cajas de seguridad que hoy se construyen para los bancos y oficinas públicas de tesorerías: era una simple y modesta caja de hierro de pequeñas dimensiones y fácilmente transportable a mano”.
Y como resultado de haber sido electos Regidores en 1558, Diego de Soto y Antón Recio, se tomó el acuerdo de que los mismos guardasen dos de las tres llaves de dicha caja. Si la villa corría riesgos de ser atacada por corsarios, la caja con el dinero debía ser llevada hasta el río de la Chorrera, en la estancia de Alonso Rojas, donde estaría más segura.
Como el propio Roig señala, esto demostraba las menguadas cantidades que constituían el tesoro municipal en esa época, no obstante, queda manifiesto el interés por guardar o depositar aquellos bienes que engrosarían las ganancias del gobierno insular. Al igual que el resto de sus propiedades serían defendidos del alcance de bucaneros y filibusteros.

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