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María de los Ángeles Santana (XLIII)

10 de abril de 2020

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Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

Tras casi un año de un cotidiano acercamiento que hermana sus vidas, María de los Ángeles Santana Soravilla y Julio Heredio Francisco Vega Soto contraen matrimonio el 26 de junio de 1943 ante el notario Manuel Cano Roig, ceremonia en la cual sirven de testigos Miguel Gabriel Jurí y el locutor Raúl Pérez Falcón. En total sencillez transcurre ese acto, que sella una unión marital mantenida con extraordinaria solidez desde aquella época, luego de atravesar diferentes etapas de la vida conyugal.

Una vez que nos casamos fuimos de luna de miel a Varadero, donde paramos en una casa de madera de dos plantas —como solían ser muchas viviendas de esa playa—, con una baranda a todo su alrededor y el techo a dos aguas, cubierto de tejas rojizas. Este balneario era el paraje idóneo para endiosarse al contemplar los amaneceres o atardeceres desde la orilla del mar, cuyas aguas tienen un color tan bello y la arena es sumamente límpida.

Pasamos unos días excelentes y regresamos a La Habana, a la casa de mis padres, en la cual viviríamos cierto tiempo. Y en las semanas que siguieron a nuestra luna de miel, Julio me dio una gran sorpresa al dedicarme el único poema que ha hecho en su vida, el cual carece de título:

Yo quiero amarte sin que nadie advierta

lo que siento por ti, ni mis desvelos,

sin que mis labios una palabra viertan

que pueda delatar nuestros amores.

 

Ser tuyo, no más ser tú mía,

amarnos y mostrar indiferencia,

porque, de lo contrario, eso sería

nuestra dicha turbar con imprudencia.

Y así los dos por nuestro amor unidos,

entre dulces caricias y embelesos,

viviremos de arrullos y de besos

como viven las aves en sus nidos.

El secreto para mantenernos casados desde 1943 estriba en el cariño que nos hemos tenido a través de las distintas etapas del matrimonio. La primera correspondió a la juventud, llena de esa calidez de dos seres apasionados y en la que sentamos las bases de una comprensión mutua, una vez atravesada una etapa difícil con los celos de Julio, quien era sumamente egoísta con lo que amaba y no comprendía, se enfermaba, al llegar los momentos de verme obligada a establecer una relación sentimental con los actores en un escenario.

Quise salvar mi matrimonio y un buen día le pedí conversar para hacerle comprender una serie de aspectos inherentes a una artista en su trato con los compañeros de trabajo, como  el beso de sentido afecto que algunos de ellos me dieran en una mejilla o por el éxito alcanzado en una obra, lo cual era una demostración de júbilo, una especie de premio del director, del libretista o de miembros de la orquesta que sudaran conmigo en una exitosa presentación y estaban muy lejos de concebir un pensamiento impuro hacia mí. Fue una larga tarea. La inicié en Cuba y se extendió a otros países. Pero al final triunfé en este tipo de batallas que también embellecen el matrimonio.

Después vino la etapa de la madurez, en la cual se impusieron la comprensión y una confianza ilimitadas para enriquecer lo que el decursar del tiempo empezaba a robarle a la juventud. Trascendimos a un período donde ya se perdían cosas que pueden ser dolorosas en cierta medida como el dejar atrás aficiones, gustos, en fin, aspectos de importancia a lo largo de más de la mitad de nuestras existencias.

Y el matrimonio recibe su verdadera graduación al arribar a la vejez, cuando el amor se transforma en una costumbre, se  rodean de hermosura cuestiones que antes tal vez nos parecían insignificantes, se admiran hasta los defectos comunes y se siente una desazón al no estar al lado de la persona querida, que ya significa la otra mitad de tu vida, cuando ni siquiera le preguntas sus deseos, pues son idénticos a los tuyos, se han fundido en uno solo. De buenas a primeras emprendimos una nueva etapa, con una óptica distinta, en la misma medida que el mundo y las mentes cambian. Por eso Julio y yo jamás exclamamos «¡Ay, porque en mi juventud…!» No, hemos tenido en cuenta la necesidad de evolucionar, de dejar atrás lo vivido e incorporarnos a la nueva época que nos correspondiera conocer.

Esos son distintos períodos del arte de vivir en pareja, que se acompañan de sus encantos y luchas específicas, en lo cual precisamente se encuentra la sal de la vida conyugal, lo que la embellece y hace atractiva. Sería monótona si todo fuera amor, cordialidad, color de rosa; lo mismo en exceso produce cansancio. Pero incluso en momentos de pelea, que generalmente eran de defensa de un criterio personal, yo lograba borrar cualquier resentimiento al entresacar de mi memoria la imagen del Julio de mi juventud. Todo lo que él me entregó desde entonces se mantenía tan potente, tan preciso, que con sólo abrirles las ventanas a las vivencias primarias del conocimiento mutuo brotaba de mí el perdón.

No sé cuáles serían las frases exactas al expresarle mi agradecimiento a Julio, que fue un hijo más para mis padres, un hermano para la Checha, el hombre dedicado a ser mi guardián, mi guía, mi mejor fuente de estímulo, la persona necesitada por alguien entregado a esta profesión tan difícil, pues se relaciona con la ficción, el cúmulo de personajes irreales interpretados en el teatro y, en más de un caso, dejan marcas en la mente que tratan de imponerse en nuestra sensibilidad, en la vida íntima, lo cual nos conduce a insólitos extremos de la existencia.

Con esto pretendo explicar que en ocasiones uno se muestra irascible en el proceso de incorporar debajo de su piel caracterizaciones ajenas a su personalidad o en los días sucesivos a esa interpretación. Sin saber exactamente por qué, responde de una forma impropia al ser que menos lo merece o, por otra parte, reacciona con un exceso de pasión ante determinadas coyunturas. Eso lo ha sufrido con paciencia Julio, que fortuitamente abandonó sus negocios y renunció a su propio porvenir para hacer las maletas y seguirme a otros países, como pasó a unas semanas de nuestra boda ante una oferta de trabajo en México realizada por el maestro Eliseo Grenet.

Hasta aceptó mi sacrificio supremo de no tener hijos, lo cual él deseó mucho, mientras yo consideraba que el artista no es dueño ni de su hogar y carece del tiempo debido para atender a sus críos como debe hacerlo una buena madre. De tener descendencia, con toda seguridad hubiese abandonado el arte. Siempre me he entregado de lleno a mis responsabilidades, y comparaba la maternidad con algo sumamente sagrado, algo que reclama de la mujer una consagración absoluta a un ser que no pidió venir al mundo y, por lo tanto, merece un ambiente hermoso a su alrededor.

Cuando pude asumirla, no poseía la edad requerida. Por eso me sometí a un sacrificio que, además de a mi esposo, repercutió en mis padres: jamás disfrutaron la inmensa dicha de ser abuelos. Mi familia terminaría al morir mis allegados y en las edades que poseemos Julio y yo, él se ha convertido en una especie de hijo al perder los arrestos de la juventud. Ahora, al reflexionar acerca de mi paso por este planeta, pienso que quizás no estaba destinada a cumplir con el sagrado magisterio de la maternidad mediante una criatura gestada en mi vientre, sino con el compañero a lo largo de mi vida, única presencia allegada que hoy tengo a mi lado para proporcionarme su comprensión y la palabra amiga de siempre.

(CONTINUARÁ)…

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