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Los eternos celos

10 de abril de 2013

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La mirada recorrió la acera y fue mas allá. Desde este balcón de un segundo piso, divisaba el mercado, dos cafeterías, los otros edificios y el parque cercano. A pesar de los años, el alcance y la precisión visual se mantenían. Eran ojos de láser entrenados por obligación.  Enfocó hacia los balcones. Lanzó la pregunta a una vecina extasiada en el riego de unas macetas. Tampoco lo había visto. Alterada, entró en la sala. La mano nerviosa tomó el teléfono. Llamada tras llamada y el hombre, su hombre no aparecía.
Desde el comedor, los jóvenes observaban la escena. La cara de la anciana les asustaba. Era una mujer al borde de un ataque de nervios, escapada de un filme de Almodóvar. Reunidos para estudiar, pero la tensión en el ambiente los disociaba. A la nieta le disgustaba contar las intimidades familiares. Comprendió que si no aclaraba esa actitud de la abuela, la tarde se perdería. Y contó.
Pues, esta anciana de mas de setenta años, perseguía a su pareja con el mismo ímpetu de cuatro décadas atrás. Los celos la atormentaban, la enloquecían. Desde que tenía uso de razón, la joven acumulaba testimonios dignos de un drama isabelino, una ópera italiana o una comedia de Woody Allen.
La voz de la abuela subía el tono en el teléfono y la nieta narraba anécdotas que provocaban sonrisas, asombros, sustos. Recordaba el día en que a los cuatro años, quedó sola en un parque porque la anciana, en ese tiempo una cincuentona elegante, marchó en busca del hombre, su hombre como ella decía. Y las veces que la encontraba todavía, olisquea que te olisquea la ropa del abuelo en detección de un aroma femenino. La historia familiar estaba marcada por la sombra eterna de los celos en un espectáculo protagonizado por una mujer amante y un hombre que se dejó querer sin inmutarse.
Por el momento, los libros se cerraron. Los jóvenes armaron un Conversatorio dedicado a los celos. Uno, todavía con rezagos del machismo, lo calificó de muestra manifiesta de una baja autoestima en la mujer. Otro, bien puestos los pies en el siglo XXI, lo adjudicó a la falta de comprensión y confianza en la pareja. Una de las muchachas, la mas bella por cierto, opinó que una porción de celos en medida adecuada, agudizaba el amor. La sufrida nieta, portadora de las consecuencias del celo en el hogar, lo colocó en las perversiones del carácter, porque la abuela sucumbía a los desasosiegos y tristezas.
Todos sí estuvieron de acuerdo en que celar a un anciano de ochenta años, es asomarse a la ventana de las obsesiones. Sostenían que a esos años, las pasiones reposan atontadas por el peso del reumatismo, la diabetes, las taquicardias, las hinchazones en los pies, las micciones incontenibles y las flatulencias imprevistas
Mientras, el aludido enfundado en una camisa bien planchada, en un pantalón corto de colores vivos y unos tenis de marca, entablaba una íntima conversación con una setentona pasada por las manos de un cirujano perfeccionista.
Ilse Bulit

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