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María de los Ángeles Santana (XXX)

8 de noviembre de 2019

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Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

Y cuando María de los Ángeles Santana recibe clases con Guyún, participa en informales veladas artísticas en salones familiares de la Víbora, labora en el consultorio paterno y práctica deportivas, Fernando Portela Rojas le presenta a otro individuo destinado a provocar un cambio absoluto en el curso de su existencia: el abogado Oscar Zayas Portela, personalidad política y social, que entre 1942 y 1947, el año de su muerte, preside el periódico habanero Avance.

Oscar Zayas fue primo hermano de Fernando. Tenía un rico caudal de dinero y el mejor carácter de la familia. Entusiasmado por la celebración en su casa de santos, cumpleaños, aniversarios o reuniones sociales, mandaba a buscar a su pariente para que ayudara en la organización de esos festejos, en los cuales se ofrecían conciertos de piano, amén de la participación de cantantes, algunos de ellos famosos en las peñas del café Vista Alegre.

Como Fernando trataba a varios de esos artistas, Oscar sentía placer en que se los llevara a las reuniones ofrecidas en su residencia y, aún siendo novios, me invitó a cantar en un cumpleaños de Zayas. Por entusiasmarme tanto tales barullos, y más si estaba una guitarra de por medio, fui para allá con el desparpajo característico de la juventud. Jamás pensé que mi presencia en la velada iba a acarrearme un compromiso desvinculado de contribuir a animar esa reunión, en la que Zayas y su esposa, Esther Menéndez, se encantaron conmigo tras escucharme y en la organización de cada actividad posterior le pedían a Fernando:«Trae a María de los Ángeles».

A principios de 1938, Zayas me llamó por teléfono y explicó su necesidad de conversar conmigo con la finalidad de saber si yo estaría en disposición de participar en un proyecto. Cuando hablamos directamente me propuso cantar en una de las escenas de la primera película a rodar por una compañía cinematográfica que desde el año anterior se gestaba y él había aportado una importante suma de dinero, aparte del de un reducido grupo de inversionistas, que también soñaban con las posibilidades de hacer cine en nuestra patria, aunque no se les brindara apoyo oficial.

Su propuesta me espantó. Pensé que se trataba de algo que yo no creía posible cumplir; no por falta de conocimientos, sino al desconocer a lo que a ciencia cierta me exponía en el cine. Eso motivó mi respuesta: «Déjeme pensarlo, Oscar, implica una responsabilidad para mí». Él me contestó: «Piénsalo, no te sientas comprometida desde ahora. En realidad, me impresionas al oírte cantar en mi casa por imprimirle un sello especial a las canciones. Se diferencia del de otras intérpretes cubanas y, como tenemos el propósito de incluir a nuevos elementos en la película, vas a encajar muy bien entre ellos».

Al explicarle a Fernando la oferta, me contestó: «Yo le agradezco mucho a Oscar; después de la muerte de mi padre, me ayudó a conseguir el buen trabajo que poseo. Te pide poco, complácelo. ¿Qué puede suceder? ¿Qué no te guste o no des la talla? Te marchas y listo». Para mamá fue maravilloso el ofrecimiento de Zayas, ya que ella anheló ser concertista y nunca se lo permitieron. Me dijo: «Te va a ir bien. Vas a transitar por un camino que no estás acostumbrada, pero triunfarás». Sin embargo, a mi padre no lo entusiasmó la noticia; no por subestimar los valores del teatro, de la música, que adoró, sino al ir yo hacia un medio artístico prejuiciosamente juzgado con severidad. Examinó, horrorizado, la propuesta de Oscar Zayas, que implicaba comenzar a trabajar como artista profesional. ¡¿Teatro?!, ¡¿cine?! Por Dios, ¡serían el mayor desastre en mi vida!

Papá, que jamás lo obligaba a uno a la negativa categórica, sino simplemente sugería, me argumentó: «Fíjate, no te pararás a cantar delante de un grupo de amistades dispuestas a disculparte cualquier fallo. Vas a entrar en un círculo de profesionales y necesitarás cuidar cada paso a emprender con un estudio exhaustivo». Acto seguido me enumeró otros tropiezos a dar si aceptaba ser artista, dada la crianza recibida y mi formación en una escuela de monjas, donde me enseñaron conceptos fundamentados en la más estricta moral. «Vas a enfrentar reacciones que tal vez ni concibes: el celo, la envidia, la intriga, una serie de cuestiones que no han constituido una enseñanza en tu vida. Contra ellas necesitarías luchar y sufrirás. Adela y yo deseamos para ti lo mejor y me parece que, por tu educación y principios, no está en la dedicación al arte. Piénsalo bien antes de dar la respuesta definitiva».

La idea de Zayas primero se convirtió en un gigantesco signo de interrogación en mi vida y más tarde en una especie de clavito que se introdujo dentro de la carne, del espíritu. Finalmente la acepté por dos razones: mi participación en la película se fundamentaba en el canto —en lo cual ya me sentía segura—, y para complacer a Fernando Portela. Al responderle afirmativamente a Oscar Zayas acordamos que mi escena se filmaría después del regreso de mi luna de miel, puesto que Fernando y yo nos encontrábamos abocados en la preparación de nuestra boda, efectuada el 4 de marzo de 1938.

 

(CONTINUARÁ…)

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