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Las moscas en boca abierta

2 de noviembre de 2019

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grumpy-old-men1Jadeante por el exceso cometido contra su corazón, el anciano grita la noticia. El grupo de amigos que jaraneaba en el parque detiene las chanzas cuando lo escucha. ¡Se llevaron a López para el hospital! ¡Le dio un patatús! Llueven las preguntas que el informante contesta con lo poco que sabe y con lo mucho que agrega. Estaba en la casa. Se puso blanco como un papel. No podía respirar. Y creo que se cayó al suelo, redondito. A las diez de la mañana, las lechuzas agoreras descansan del turno de trabajo y las tiñosas vuelan en busca de la merienda. No las necesitan los receptores de la noticia. Los malos pensamientos revolotean en aquellas cabezas calvas o presumidas todavía por unos cuantos pelos peinables.
Comienzan las elucubraciones entre estos ancianos que día a día, en tardes soleadas o mañanas brumosas, se reúnen en el parque a remodelar el mundo a sus antojos. Al igual que en una melodía clásica, vienen las variaciones sobre el tema. Que fue la presión, seguro le subió a ciento sesenta. Pero si él jamás se ha quejado de la presión. Lo tenía escondido, lo tenía escondido. No fue la presión. El otro día cuando fuimos a buscar víveres en el mercado que está a diez cuadras, noté que respiraba con agitación. Fue un ataque cardiaco. No inventen. Ustedes no saben nada. Eso fue un bajón de azúcar. Si el no es diabético. Pues se le declaró de pronto.
Ante tanta palabrería regada, el más cuerdo controla la situación. Lleguémonos a su casa. Averigüemos en que hospital está y ofrezcamos a la familia nuestra ayuda. Organizaremos turnos para cuidarlo. Todos, de acuerdo. Quieren a López porque todos se quieren entre sí. Unos nacieron en el barrio, otros llegaron después. La vejez los ha unido en esos deseos de la compañía de iguales que en esos años se hace obligatoria. Llegados a la casa y abierta la puerta, los ojos con espejuelos, los sombreados por las cataratas, los increíblemente con veinte veinte todavía, contemplan al amigo apoltronado en el sofá. La luz de la verdad los ilumina y deja a oscuras por el momento, las especulaciones. El imaginado al borde de la tumba descubre lo ocurrido. Sintió un vahído, logró sentarse, llamó a la hija y esta corrió a buscar el médico. En la mañana comenzará un chequeo general.
Los amigos vuelven a la carga. Con la profesionalidad de médicos graduados y en junta para llegar a una decisión, lanzan las suposiciones sobre el posible mal. La sonrisa confiada en el rostro de López, desaparece. Sus oídos reciben miedo concentrado al mil por ciento.
En la cocina, la hija prepara el café para la amigable invasión de tantas bocas. Espanta una mosca atrevida que le recuerda el refrán de que “en boca cerrada no entran moscas”. Piensa para sus adentros. Y luego dicen que las mujeres somos alborotadoras y chismosas.

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