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María de los Ángeles Santana (XVII)

27 de septiembre de 2019

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Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

Otra vez la Santana vuelca sus recuerdos en torno a su abuela Adela Agüero, quien le inculca una filosofía para la vida basada en el amor a la naturaleza y el trato de gente sencilla en la antigua Nuevitas, cuyos puertos son la principal fuente de subsistencia de los habitantes, la Nuevitas que expone un paisaje encantador con árboles y flores por doquier y pequeñas casas que dan la impresión de descender, como si fueran cascadas, hacia las azulosas aguas del mar.

Para mi formación como ser humano, no sólo rodeado del afecto de los suyos, Nuevitas sería esencial. Estaba la inolvidable abuela Adela, quien, como relaté antes, fue una tunera formada en el doloroso camino que se viera en la necesidad de recorrer con el inicio de la Guerra de 1868, exenta del cariño de sus padres y abuelos, que entregaron sus vidas y cuanto atesoraban en aras de la libertad de la patria. Ella creció buscando belleza en aspectos aparentemente insignificantes para el ser humano, los cuales me inyectó y acompañarán siempre.

A su lado aprendí cosas hermosísimas que no son los oropeles ni ningún objeto superfluo destinado a convertirse en una razón de vivir. Empecé a apreciar emociones más legítimas de la existencia como la admiración que despierta una puesta del sol, con el encanto y el misterio encerrados en ese cambio de color en el cielo denominado día y noche. Me reveló la sensación que al contemplar el mar, en una tarde tranquila, puede depararnos cualquiera de las avecillas posadas muy cerca y nos regalan esas melodías cantadas bajito, entre las cuales aprendí a reconocer la del pájaro mariposa, que es más bien triste. Me hizo estimar el espléndido regalo de las aves en libre albedrío, del cual se originan la increíble fuerza de que disponen al volar y el color y el brillo de su plumaje, pues si se encierran en una jaula poco a poco los pierden.

Todo eso que me mostró la abuela Adela nutrió mi infancia y adolescencia, empecé a disfrutar al máximo de la naturaleza, de la libertad, y es bien curioso que ella, conocedora de tanta adversidad y tristeza, valorara tan intensamente su entorno. Quizás fue una gran necesidad interior, y se la impregnó a los que estuvieron a su alrededor.

Mi abuela, al igual que yo, sentía una pasión extraordinaria por el mar y perfeccionó el aprendizaje de la natación iniciado con mi padre. Se regocijaba al llevarme de picnic, como decían entonces, a playas de Nuevitas, entre ellas, Santa Lucía. Inventaba meriendas y me decía: «Hoy vamos a La Boca», o sea, a la entrada de los cayos que rodean a Nuevitas, de los cuales el que más le gustaba visitar fue Sabinal, cuyas azulosas aguas y blanca arena nada le envidian a las de Varadero.

Vi en Sabinal una gran cantidad de flamencos cuando al atardecer descansaban en lagunas interiores del cayo, en el que hicieron verdaderas colonias. Yo los acariciaba, por ser animales muy dóciles, y me extasiaba con su gama de colores preciosos: gris, rosado, blanco… En una ocasión les arranqué plumas para traerlas a La Habana y enseñárselas a mis compañeras del Colegio de Lourdes, ponerlas en sombreros o hacer abanicos. Cayo Sabinal conformaba un paraíso en el cual también habitaban venados, jutías que caminaban por los árboles y el carpintero real con su frecuente picoteo en la tupida vegetación.

Nunca me interesaron tanto las famosas playas de Nuevitas, en las que se encontraban bañistas con trusas de último modelo. Lo que sí me apasionó era montarme al lado de mi abuela en una de las goletas de los carboneros en busca de madera a Cayo Sabinal para hacer carbón. Una vez anclada la embarcación, levantaban primitivas casas de campaña a fin de guarecerse del mal tiempo y permanecer cerca de los hornos durante el proceso de su obtención. El resto de la estancia en el islote transcurría en la goleta, donde se preparaba la comida.

Existían en Sabinal las denominadas «casimbas». Uno ahondaba un poco en la arena que se alejaba del mar, en la arena próxima a la vegetación, y brotaba agua potable, esas eran las «casimbas» y ahí los carboneros llenaban sus recipientes de agua para tomar, cocinar y bañarse. No sé si aún existirán o las habrán convertido en pozos. ¡Sabe Dios. Aquello tal vez se haya civilizado!

Disfrutando de esas experiencias conocí a varios pescadores que vivían sumamente felices en su medio. Si a cualquiera de ellos lo invitaban a salir de él, sin pensarlo dos veces respondía que no, y debe de haber sido por permanecer vinculados directamente a la naturaleza, la cual hace más puro e independiente al hombre.

Mi relación con ellos transcurrió en una época de verdadera miseria en los hogares de esos pescadores y carboneros. En sus pensamientos reinaba la legítima aspiración del pobre de evitarles sus penurias a los hijos, de brindarles un futuro más promisorio que el suyo. Uno de sus dolores fue la incultura a que se vieran sometidos, el impedimento de poder asistir a la escuela, no sólo debido a la necesidad de buscar el pan para el sustento diario, sino por imperar la discriminación hacia los pobres, a los que se consideraba capaces de manchar al resto del alumnado si se presentaban en el aula descalzos, con ropas raídas y sin saber hablar adecuadamente.

Era terrible la partida después de permanecer varios días en Nuevitas, en la que, por lo antes detallado, empezó a desarrollarse otro capítulo de mis ansias artísticas e hice de la amistad un culto. La vida en las casas de La Habana transcurría con los requisitos de una capital y yo constantemente le repetía a mamá:«Me ahogo aquí. ¡Qué deseos tengo de volver a Nuevitas para pasarme el día entero metida en el campo o en el mar!»

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