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María de los Ángeles Santana (XVI)

20 de septiembre de 2019

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Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

Probablemente, a la sazón también asfixia a María de los Ángeles Santana La Habana donde un Machado casi sexagenario y devorado por un odio implacable desconoce los clamores del pueblo, que reclama justicia y exige poner término a la desigualdad social.

En los años de la tiranía de Machado tuvimos una pérdida allegada en la familia con la muerte de Juan Santana. El doliente más cercano fue mi padre, pues para él, este abuelo constituyó un guía en su formación, incluso más que su madre, poseedora de un carácter impositivo, dominante. En cambio, don Juan Santana, que tal vez fuera un bohemio frustrado, se acercó mucho a una serie de aficiones de papá como la pintura, la escultura, la música, a las cuales la abuela Juana no consideraba fundamentales en la vida.

Tras esa etapa de tristeza, que volvió a sumirnos en otra similar a la que pasamos al fallecer el abuelo Andrés, tuvimos más tarde el aliciente de que mi abuela Adela vino a residir en nuestra casa de la calle Milagros. La seguirían los tíos Miguel, primero, y después José Manuel, el único que se independizó al irse a vivir con su numerosa familia en El Vedado.

El tío Pepe dio continuidad en La Habana a su labor periodística hasta jubilarse, poco antes de morir. Miguel, que se quedó soltero por poseer un carácter complicado para formar una pareja y nunca deseó ver a una mujer sometida a su forma de ser, siguió ganándose la vida con las clases de guitarra y la preparación de jóvenes aspirantes a ingresar en el Instituto de Segunda Enseñanza.

Se inició entonces una verdadera lucha entre mi madre y la suya, porque mi abuela Adela fue andariega, ignoró el transcurso de los años y cada vez que se le antojó cogía el tren para ir a Nuevitas. Mamá le preguntaba: «¿Qué vas a hacer allá? Aquí lo tienes todo: tus hijos, tus nietos, tus afectos, la nueva vida en que te desenvuelves». Ella le respondía enseguida: «Necesito estar un rato cerca de lo mío: de mis amistades, de mi antigua casa, del panteón con los huesos de mis difuntos y donde quiero reposar cuando muera. Ir a Nuevitas es ponerme una inyección de vida». Se montaba en el tren de Camagüey y se iba sola, si yo no podía acompañarla por mis estudios.

Por cierto, en uno de los viajes se marchó con Regina, nuestra segunda madre, que en ese trance murió en Nuevitas. Al disponerse a ir, mamá le dijo:«¡Ay, Regina, ¿me vas a dejar?!» Ella le aclaró que nada más sería durante el tiempo de permanencia de doña Adela y agregó: «Fíjate, Adelita, ya no tengo más familia que ustedes, la verdaderamente mía me echa en cara que los he abandonado, no les doy calor, y deseo darle una vuelta a mi madre Higinia». Aún vivía su madre, pues fue centenaria, y estando allá Regina se enfermó de pronto y falleció. Su primera solicitud al agravarse fue: «Llamen a Adelita, la necesito a mi lado». Efectivamente, Adelita salió para Nuevitas y se mantuvo cerca de ella hasta el último aliento de Regina Kaiser, a la que enterraron en el panteón de los Soravilla.

Todos lamentamos mucho el deceso de Regina, quien permaneció siempre junto a nosotros en la misma condición que cualquier otro miembro de la familia, y, sobre todo, mamá, que la quiso como a una hermana. El paso del tiempo nos ayuda a resignarnos ante las pérdidas de las personas amadas, que siempre ocuparán un sitial en nuestras mentes, en nuestros sentimientos, y me incorporé de nuevo a las veladas en la Víbora.

Por la situación política nacional, comenzaron a estallar fuertes polémicas en el grupo de jóvenes participantes en las mismas. Hasta entonces todo lo idealizamos a través de la música, en nuestras mentes no cabía la posibilidad de que alguien desease hacernos daño y, de pronto, para la juventud la vida se tornó distinta al enfrentarse a la tragedia con Machado en el poder. Se nos hizo difícil entender cómo no todas las personas eran buenas, que pudiera emanar maldad de un semejante y, mucho menos, de otro cubano.

Algunos empezamos a contemplar la vida con más seriedad, a cuidarnos, a mostrar desconfianza, la cual nunca sintiéramos antes entre las personas que nos  rodeaban. Ya no veíamos en los militares y policías a los encargados de preservarnos de los peligros, sino a enemigos, a los causantes del dolor sufrido por el pueblo. Aún en la actualidad, hablar de esa época es sustraerme un poco de lo que hasta ahora me ha mantenido en pie: la alegría de vivir. A veces me asaltaban las dudas: «¿Dónde estará Fulano?», «¿qué habrá sido de Mengano?» Llegué a sentir perturbaciones en mi vida, hasta entonces deslizada al margen de cualquier tipo de preocupación que no fueran las relacionadas con mis estudios.

La influencia más cercana para comprender la amarga realidad de mi patria la recibí de mi padre, que, a pesar de su posición de mantenerse al margen de los vaivenes de la política, manifestó una repulsa total hacia el despótico gobierno de Machado. Papá, tan amante de la libertad de pensamiento, de la ayuda al más necesitado —no sólo de la salud del cuerpo, sino también del alma—, comenzó a practicar en ese tiempo una Medicina humanitaria. Brindaba consultas que casi eran de limosna, pues las personas carecían comúnmente de recursos monetarios para retribuirle sus servicios, su sapiencia. Los poseedores de cierta cantidad de dinero no dejaron de pagarle, como único modo de evitar que se derrumbase la generosa obra del doctor Santiago Santana y pudiese seguir comprando medicinas destinadas a aquellos sin la posibilidad de adquirirlas.

Recibí también la influencia de mi prima Lesbia Soravilla, que paró largos meses, con sus tres vástagos, en mi casa de la Víbora, tras venir del interior del país divorciada de su esposo. Desde jovencita escribía, y luego ofreció conferencias e hizo algunos libros, en los cuales evidenció su postura feminista. Se entregó de lleno a la lucha revolucionaria contra Machado y el marido no la apoyó en tales trajines. Ella le planteó que en lo adelante lo respetaría como el padre de sus hijos, pero que necesitaba a su lado una persona capaz de respaldarla en su forma de pensar. Así se proyectó Lesbia. Integró el grupo de mujeres que en esos años lo sacrificaban todo por su ideal: el trabajo, la posición social, la estabilidad conyugal…

En La Habana se vinculó a la periodista Mariblanca Sabas Alomá y a Julio Antonio Mella, con quien departió bastante hasta su partida hacia México, donde lo asesinarían. Fue una destacada activista de él, que, en ocasiones, la dejó en la puerta de mi casa o entraba un ratico a la sala. Eso sucedió al encontrarme yo inmersa en mis estudios en Lourdes, en el deporte, y miraba aquello como algo prohibido, puesto que la visita de Mella transcurría casi en silencio. Mis padres siempre estuvieron temerosos de que hacerse notar en el barrio afectara el equilibrio de la familia, trajera el derrumbe de lo que con tanto sacrificio forjaran. A Lesbia nada le importaba y permaneció a nuestro lado hasta que empezó a trabajar en una firma azucarera. Una vez acomodada, gracias a su salario, se marchó a vivir sola con sus hijos, los matriculó en buenas escuelas, y continuó en la lucha revolucionaria.

Esta mujer, tan osada y talentosa, contó con mi admiración de adolescente. Antes de partir de la Víbora me trasmitió algunas ideas suyas, cuando precisamente mi espíritu se abría a lo que me permitiera salir de la rutina diaria. Eso determina que Lesbia Soravilla se transforme en mis recuerdos en un personaje inolvidable por sus conceptos feministas y su prédica para la destrucción de criterios que representaban dogmas y el atraso.

En conjunto, la actitud de mi padre y de la prima Lesbia me ayudó a comprender la verdadera cara del dolor popular experimentado en Cuba en el machadato. Durante ese período sentimos mucho la dramática suerte corrida por jóvenes de nuestras tertulias en la Víbora, como Rafael Trejo, cuyo asesinato me conmocionó, era un amigo que admiré debido a su cordialidad, certeza y virilidad; el lamentable destino de familias enteras que se diezmaron y la crítica alimentación del pueblo.

Las personas se consideraban privilegiadas si en sus casas comían harina con leche, que también llegó a escasear. Se pusieron en un sitial la papa, el boniato, la calabaza y las verduras. Sin embargo, como siempre ha sucedido a lo largo de la historia de este país, las mujeres cubanas demostrarían que no se rinden ante las adversidades y se transformaron en verdaderas hadas en las cocinas. Para aderezar usaron distintas hierbas con propiedades apenas conocidas en ese sentido y con lo poco que había, preparaban platos exquisitos. Más que el alimento en sí, crearon el alimento de la esperanza por un mundo nuevo, un mundo lleno de comprensión y en el que los seres humanos se ayudarían en un frente común.

De ahí el júbilo de los cubanos con el derrocamiento de Machado, en 1933. Ese día se estremeció la isla entera con los gritos de «¡Cayó Machado!» La población de La Habana se volcó a la calle. Numerosos «porristas» fueron ajusticiados en la vía pública y las casas de connotados machadistas prácticamente quedaron destruidas. Objetos de sumo valor se hicieron pedazos y jamás alguien exclamó:«¡Ay, qué lástima!» Hasta un piano salió volando del segundo o tercer piso de un edificio. Era la reacción de miles de hombres y mujeres imposibilitados de destruir a los que les causaran tanto daño.

La situación se tornó difícil en la capital. Mis padres apenas me dejaban salir, al ignorarse en qué instante la muchedumbre irrumpiría en las viviendas de los antiguos servidores del gobierno e iban a romper y lanzar cosas a la calle. Después la tempestad se calmó. Ingenuamente pensamos en el fin de tantos años de padecimientos, pero nos equivocamos. Se impusieron los militares con Batista al frente y al pueblo no le quedó otro recurso que retomar la lucha.

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