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Un antes y un después en septiembre

30 de agosto de 2019

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En las familias con niños que acudirán este lunes a la escuela o al Círculo Infantil, han sido estos últimos días de agosto de corre-corre para que nada falte en la mochila a la hora de emprender la nueva etapa que va guiando al ser humano en su andar por la vida.
Pero es bueno recordar que cuando hoy llegamos a la cifra de un millón 700 000 niños y jóvenes matriculados, cuando cada año son miles los que egresan de las universidades, los tecnológicos y otros centros de formación, es porque la obra que se construye es enorme y, aun con dificultades, va cimentando el presente y el futuro.
La revolución educacional que se ha producido en nuestro país tuvo un antes —recordarlo bien, un antes— cuando la Revolución triunfante, con Fidel al frente, y cumpliendo el Programa del Moncada que había trazado el líder invencible, se propuso y lo cumplió, erradicar el analfabetismo como primera acción en beneficio del pueblo.
Vale recordar que en 1959, había 9 000 maestros desempleados en un país donde el 57% de su población era analfabeta.
No olvidar que el 50% de los niños en edad escolar —unos 800 000— no asistía a la escuela.
La obra iniciada tenía tal envergadura que ya, entre 1960 y 1961, se habían creado 15 000 nuevas aulas en zonas rurales y la matrícula en las escuelas elementales había aumentado hasta un millón 118 mil 942 alumnos.
Uno de los primeros grandes hitos de la naciente Revolución fue la declaración el 22 de diciembre de 1961, de Cuba como Territorio Libre de Analfabetismo.
El hecho tenía tanto impacto que, para más de la mitad de la población cubana de entonces, a la que se le abrió la luz del saber; a la que se le enseñó a leer y escribir, a pensar y actuar, le parecía estar saliendo de una pesadilla y comenzando a vivir en un país donde las promesas se hicieron realidad.
Era la misma Cuba que en 1959 contaba con una población cuya esperanza de vida al nacer no superaba los 62,3 años y donde la mortalidad infantil era superior a los 40 por cada mil nacidos vivos, mientras la mortalidad materna era de 118,2 por 10 000 mujeres.
Esa era la Cuba que había que transformar y para ello la tarea principal era la educación, la preparación de profesionales, la creación de centros científicos, el compromiso para levantar un país nuevo de las cenizas de la neocolonia.
Por eso, cada primer lunes de septiembre, cuando las escuelas cubanas abren sus puertas para recibir a niños y jóvenes, es como si un nuevo y más fuerte rayo de luz iluminara un presente que ya es real y un futuro promisorio para todos.
Cuba se siente satisfecha por la educación que garantiza a todos sus hijos.
Feliz comienzo de curso escolar, motivo más que suficiente, para mostrar al mundo que ningún bloqueo económico, por grande que sea, puede truncar la esperanza de un pueblo que cada día la hace realidad.

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