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Al borde del caos total

22 de octubre de 2018

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La situación en la República Democrática del Congo es cada vez más grave ante el incremento de las protestas en demanda de elecciones y la renuncia del presidente Joseph Kabila, quien ejerce el cargo desde el 2001 y se niega a convocar a comicios como lo señala la Constitución.

Esto toma ribetes más graves, por el mantenimiento de la enconada guerra fronteriza, pese al “auxilio” de fuerzas de Naciones Unidas, y que hoy se mantiene tan violenta como desde el momento de su inicio, hace 22 años.

En el virtual genocidio de la población en Kasai y Kivu toman parte el ejército regular del país, el anterior Ejército Congoleño del Pueblo, militares de naciones fronterizas y ejércitos particulares de transnacionales que tratan de controlar las riquezas del lugar y de casi toda la nación.

Ello pone más al desnudo el caos al que se avecina una de las naciones con recursos más ricos de África e incluso del mundo, donde los enemigos del pueblo congolés se disputan la obtención del coltán, además del petróleo, diamantes, plata, esmeraldas y otros valiosos elementos.

Tales riquezas, por supuesto, no van a parar a manos del pueblo o a instituciones oficiales que velen por su seguridad, sino, subrayo, a intereses foráneos, principalmente  transnacionales, con generosos emolumentos a funcionarios gubernamentales, incluido el mandatario.

 

Corrupción

Además de la falta de apoyo popular, la sombra de la corrupción amenaza al actual presidente. Dos informes independientes destaparon que Kabila y su familia tienen participaciones o poseen más de 80 empresas que casi alcanzan cualquier sector de la economía congoleña: minería, agricultura, banca, telecomunicaciones, el mercado inmobiliario, e incluso una aerolínea.

En los últimos años, los familiares del presidente han ganado cientos de millones de dólares en un país donde ocho de cada diez personas intentan sobrevivir con menos de 1,25 dólares diarios.

Pero antes de comenzar su carrera política, los Kabila también conocieron problemas económicos. Los padres del mandatario eran unos rebeldes que pelearon en las selvas contra el gobierno de Mobutu Sese Seco, un dictador corrupto y ruinoso para su país que  Estados Unidos y sus socios amparaban, bajo el falso pretexto de considerarlo un baluarte para impedir el avance del comunismo en el centro de África.

Después, los Kabila se escondieron en Uganda y en Tanzania, donde aceptaron todo tipo de trabajos para mantener a sus hijos.

Fue desde la otra orilla de los Grandes Lagos donde empezó a tejerse la caída de Mobutu. Soldados de Uganda y Ruanda, descontentos por la acogida del Congo a los genocidas hutus que escapaban de suelo ruandés, se unieron a los rebeldes congoleños en el año 1996 y comenzaron una guerra nueva para derrocar al dictador.

Mobutu estaba solo, porque su régimen ya no hacía ningún servicio a los estadounidenses. En ese momento se rumoreaba que era una de las personas más ricas del mundo, pero era un rey con pies de barro, enfermo de cáncer de próstata y al mando de un ejército torpe, mal equipado e indisciplinado. Los rebeldes necesitaron sólo siete meses para recorrer el enorme país y tomar su capital.

Tras esa guerra corta y rápida, Laurent Desiré Kabila –el padre de Joseph Kabila– se transformó en el presidente del Congo, e inmediatamente intentó eliminar los pactos con Uganda y Ruanda, despidiendo a sus hombres y pidiendo que regresaran a casa. Fue el detonante de la segunda guerra del Congo –iniciada en 1998 en la que se afirma tuvo gran participación el espionaje norteamericano y de sus aliados europeos–, en la que intervinieron nueve países africanos.

También fue el inicio del fin de Laurent Kabila, asesinado en el 2001 por uno de sus guardaespaldas, aunque los hechos nunca han sido aclarados completamente. Ante ese escenario de inestabilidad y el riesgo de un recrudecimiento de la guerra, su hijo Joseph Kabila fue nombrado presidente del país, quien no siguió después los pasos de su padre y hoy intenta perpetuares en el poder.

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