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Muere Juan Sebastian Bach

29 de marzo de 2013

Entre las Efemérides del mundo de la música clásica que corresponden al 28 de julio, no existe ninguna más importante que aquella que señala la muerte, en 1750, de quien ha sido considerado por muchos la más gigantesca figura de toda la historia musical. Claro que me refiero a Juan Sebastián Bach, de quien no resulta nada fácil hablar en pocas palabras.
Sin dudas, la fama y el prestigio que hoy acompañan al gran músico alemán podría hacer creer a muchos que Bach disfrutó siempre de esa privilegiada posición en la historia de la música.
Pues, para aquellos que aún no lo saben, ese artista de colosales dimensiones, no tuvo en vida ni el reconocimiento ni la estabilidad que merecía su talento y, al intentar definirla, su carrera artística no fue más que un inquieto peregrinaje que lo llevó, sucesivamente, de Eisenach, donde nació, a Obrdruf, Luneburgo, Weimar, Arnstadt, Lübeck, Mülhausen, Dornheim, otra vez a Weimar, Köthen y Leipzig, donde murió. Y ese peregrinaje respondía, fundamentalmente, a la necesidad de probar nuevas plazas, buscar mejores condiciones de vida y de trabajo, y encontrar mayor estímulo por parte de aquellos que utilizaban sus servicios.
Porque, si algo no puede dejarse de decir, es que en ninguna de esas plazas logró Bach reunir los ingredientes profesionales y humanos que requerían su actividad artística y su especial temperamento.
En ese sentido, su vida fue un ejemplo supremo de cómo enfrentar las dificultades e, incluso, de cómo sacar partido favorable a las circunstancias más adversas.
En el aspecto artístico, no conoció Bach la gloria que usufructuaron otros colegas suyos, sino que tuvo que conformarse casi siempre con el reconocimiento de la corte de un pequeño principado alemán, o de sus alumnos y amigos más cercanos. Para Bach, los éxitos fueron accidentales o momentáneos, como el interés que le dispensara el rey Federico de Prusia durante una fugaz estancia del compositor en Berlín, o la ejecución de algunas de sus obras mayores en el amplio marco físico y sonoro que le ofrecía la iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Pero aún hay más: tampoco gozó Bach de la posteridad inmediata.
Sus contemporáneos, incluidos mucho de los que tuvieron la suerte de conocerlo más de cerca, olvidaron rápidamente sus obras pues, aún en vida del maestro, se iba abriendo paso el nuevo estilo galante en las obras de sus propios hijos. Así sus obras, manuscritas o editadas, permanecieron en los archivos del mismo modo que sus restos mortales, enterrados en el modesto cementerio de la iglesia de San Juan, tuvieron que esperar hasta 1894 para ser descubiertos, identificados y trasladados posteriormente a la nave de Santo Tomás, donde hoy descansan.
El actual auge del gusto por la música de Bach corre parejo, no cabe dudas, con el fenómeno de una amplia revitalización del estilo y la técnica de la música barroca, que ha permeado las más disímiles formas de interpretación y difusión musicales, como el rock, la canción popular o el cine. Todo eso, sin dudas, ha contribuido a que la música del gran maestro alemán encuentre hoy un ambiente muy favorable para sonar con una amplitud e intensidad jamás lograda por otro músico y, quizás, por ningún otro artista.
Juan Sebastián Bach murió en la ciudad alemana de Leipzig, hace 257 años, UN DIA COMO HOY.