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Animales en veda permanente: el manatí

14 de septiembre de 2018

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Manatí común de las Antillas, Trichechus manatus

 

Durante la época del dominio colonial, se confeccionaban látigos para azotar a los esclavos hechos con el grueso cuero de un mamífero acuático, extraño y muy llamativo que ya era víctima de leyendas y de historias increíbles, el manatí.

Este inofensivo mamífero de estuarios y lagunas ya había empezado a declinar hacia finales del siglo XIX, debido además de las innumerables historias que se tejían alrededor de él, su carne era muy preciada pues no tiene nada que envidiarle a la de res o cerdo y, su grasa, también comestible, no se enrancia tan rápido como sucede con la de éste último.

El manatí pertenece a un grupo de mamíferos llamados sirenios, afines con los elefantes. Los dugones también se encuentran entre los sirenios y hace dos siglos atrás a este grupo también perteneció la vaca marina del mar de Bering extinguida por completo en el siglo XVIII. La trágica historia de este animal no puede ser más breve: Fue descubierto en 1741 por el naturalista alemán Georg Wilhelm que formaba parte de la expedición del famoso navegante danés Bering, la que a consecuencia de un naufragio, pasó diez meses en la inhospitalarias costas de la hoy isla de Bering. La vaca marina, animal inofensivo, confiado y fácil de cazar, suministró carne y grasa en abundancia a los náufragos. Cuando éstos regresaron a Europa, contaron tales historias de esta isla y de sus vacas marinas, que entre 1743 y 1763 salieron hacia ese paraje un total de 19 expediciones, cuyos hombres se alimentaron todo el tiempo de la carne proveniente de estos mamíferos. En 1763 quedaban ya tan pocos ejemplares que se renunció a su caza, pero ya era tarde, cinco años después no quedaba un solo ejemplar con vida. La extinción se había consumado.

Los sirenios tienen el cuerpo en forma de un tronco cilindrocónico donde no se distingue el cuello; la cabeza es gruesa y desgarbada, con ojos provistos de una membrana nictitante, y siempre cubiertos por una densa secreción de las glándulas lacrimales. Estos mamíferos han perdido las extremidades abdominales y tienen las torácicas en forma de aletas, mientras la cola, ancha y aplanada como una pala, forma una aleta caudal. Carecen de orejas, y su nariz está provista de válvulas que impiden la entrada del agua. Su piel está prácticamente desnuda y poseen sólo un par de mamas en el pecho. Son incapaces de moverse en tierra firme por lo que pasan su vida en el agua; tanto en las grandes bahías; en los estuarios o en los ríos caudalosos.

En los manatíes la cola es redondeada o romboidal y las aletas pueden llevar rudimentos de uñas. Pueden alcanzar un tamaño de más de cuatro metros y medio, con un peso de más de una tonelada.

Los dugones tienen la cola escotada en el centro como un pez y no tienen uñas. Alcanzan tamaños de hasta 4m y un peso es de casi una tonelada.

El manatí común, nuestro manatí cubano, vive en ríos y regiones costeras en el resto de las Antillas y, parte de Centro y Suramérica. Son seres curiosos que nadan muy despacio y descienden al fondo del agua en busca de plantas de que alimentarse, mientras se alimentan, sostienen las plantas entre sus aletas. De este modo, también amamantan a sus hijos, ¿cómo?: la hembra se levanta verticalmente en el agua y sostiene a su cría con sus aletas, “lo toma en brazos”, como una mujer que da el pecho a su hijo. Este comportamiento semejante al de los seres humanos ha sugerido que la leyenda de las sirenas se basa, en realidad, sobre estos maravillosos seres.

Parecido al manatí común está el manatí de Senegal que se extiende por la costa oeste de África entre Senegal y Angola.

Las poblaciones de los manatíes han declinado grandemente a consecuencia de la caza y, por la contaminación de las aguas.

En Cuba, su veda es permanente. Ellos son parte de nuestro patrimonio natural, su presencia en nuestras costas y ríos siempre es un acontecimiento del que todos queremos formar parte y admirar. Su vida depende de nosotros, ellos tienen derecho a existir independientemente de cualquier utilidad que nos puedan brindar.

 

Recordemos que “la naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Sólo hay un modo de que perdure: respetarla y servirla”.

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