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La nieta fumadora

11 de junio de 2018

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abuela-y-nietaEn las madrugadas, la hora más cercana al silencio, el miedo a mojar el pasillo mientras se dirigía al baño, le impedía disfrutarla. En las mañanas, el apartamento gozaba de cierta tranquilidad interior, aunque no desaparecían los sonidos ajenos. De los otros apartamentos entraban los aullidos artificiales de las ollas y los aullidos naturales de un solitario perrazo, hambriento de compañía. Los gritos despiadados de vecinas intercomunicadas sin intercomunicadores por el espacio abierto en balcones y ventanas. Y los entrados también sin permiso, venidos de la calle. Todo la aturdían, la extraían de sus recuerdos, la asustaban.
Su familia permanecía hasta la tarde fuera del abigarrado hogar. La nieta mayor le dejaba el almuerzo preparado, las tabletas puestas en su lugar para que no las olvidara. Y el consejo repetido cada día y que a gritos la vecina le recordaba por el balcón, el “no le abras la puerta a nadie”.
Compartía su dormitorio con los nietos menores. Confundía sus nombres, los olvidaba. Eran nombres raros y hasta la propia madre se enredaba al gritarlos, exasperada por las desobediencias. Eran tan diferentes como los padres tenidos, solo igualados en la rápida desaparición del hogar. Aquellos muchachos no le hablaban. Tampoco hablaban entre ellos porque solo atendían a la música en sus oídos y a los zumbidos de esos teléfonos personales. Para ellos, no existía. La nieta mayor sí la comprendía. Ni a la madre se parecía. Esta no confundía la libertad con el libertinaje. En la madrugada limpiaba la cafetería de los bajos para ganarse unos pesos y después de un baño salía corriendo para la universidad.
Al final de la tarde a la casa le sobraban sonidos. Los chillidos de las ollas, las discusiones por la tardanza en el baño, el televisor a todo volumen con la telenovela alquilada. Desde el infarto cerebral sus movimientos eran lentos, desarticulados y sus palabras salían tan lentas como sus pensamientos. Para evitar sustracciones de los más hambrientos, la nieta la hacía comer primero. Y ante la sonrisa cansada de ella, se exigía devorar la gelatina o la avena nocturna. Ninguna profería palabra. La fiesta de ellas vendría después.
Cercana las diez de la noche, el baño caliente. Mientras la aseaba ella le contaría las incidencias de aquel día. Conocía ya las características de cada profesor y las dificultades de las asignaturas junto al tiempo perdido en la espera del ómnibus. La molestaba el olor a cigarro que ya despedían los dedos de la muchacha. Decía que la ayudaba a mantenerse despierta. No tenía valor para amonestarla. Después de traerle el vaso de leche, la sonrisa cariñosa y el beso de despedida, estudiaría un rato en la cocina. Era precio pagado por su honesta persistencia en el triunfo.

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