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La carrera hacia el éxito

13 de octubre de 2017

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Con el desarrollo científico y tecnológico, que marcha a ritmo vertiginoso, se complejiza la vida y dentro de esto, ha aparecido la necesidad de aumentar drásticamente la cantidad, calidad y diversificación del aprendizaje sobre las diferentes áreas del conocimiento científico. Así, hace unas décadas, los niños y adolescentes asistían a la escuela y adicionalmente –si acaso– las niñas aprendían música o ballet, y los varones practicaban algún deporte. Sin embargo si echamos una mirada a nuestro alrededor y los observamos, nos percatamos que hay un aumento impresionante de los aprendizajes adicionales de los más jóvenes, y les voy a mencionar algunos –entre paréntesis acotaré las justificaciones que se oyen y convengo en que son ciertas.

Entre estos estudios está el aprendizaje de uno o dos idiomas (hay que saber idiomas para ser competitivo en el mercado laboral cuando sea profesional), de computación (quien no sepa de computación, mejor se dedica a barrer calles porque el mundo actual se mueve y funciona a través de la computación y todo lo que se deriva de esta), de deportes (en plural) donde están no solo el beisbol o el futbol –en dependencia de la práctica nacional–, sino que están las obligadas artes marciales (hay que saber defenderse en este mundo que se vuelve cada día más violento), música, literatura (hay que ser culto integralmente) y así puede que me quede corta, porque hay más, pero me parece suficiente. Todo esto sin contar los estudios centrales que son los que se realizan en las escuelas y que sus resultados constituyen la esencia de los requisitos para lograr entrar a las universidades.

Conclusión; que desde pequeños, nuestros jóvenes están sometidos a grandes dosis de estrés, por lo que las úlceras gástricas, la hipertensión arterial, las enfermedades dermatológicas y las cardiovasculares cada día aparecen a edades más tempranas. Los padres, con la mejor buena voluntad del mundo, exigen resultados de excelencia, por lo que un 90 puntos de 100 posibles a alcanzar puede ser un desastre familiar, a diferencia de mi niñez, que cuando llegaba a la casa con ese 90, casi me hacían una fiesta. Sé que los tiempos han cambiado y hay que adaptarse a estos nuevos aires, no obstante, hay algo que no se puede perder de vista y es el bienestar psicológico de los jóvenes, lo cual, los padres deben tener en cuenta a la hora de la exigencia, y la primera de todas es que queremos tener hijos felices y equilibrados, y esa meta no es necesariamente tener varios títulos universitarios.

Esto nos lleva al segundo consejo y es que los adultos deben ser capaces de identificar los talentos y habilidades de los hijos, y no forzarlos a una excelencia para la cual no tienen aptitudes, y estas aptitudes No son las que los padres quieren ver por herencia (en la familia todos son médicos por lo que no se admite que el chico quiera ser zapatero) o por necesidades insatisfechas de los padres (siempre quise ser músico, pero no tuve las oportunidades que tiene mi hijo y ahora él puede ser pianista). Ahora bien, puede ser que los jóvenes quieran entrar en esta carrera de aprendizaje porque tienen el talento, la fuerza de voluntad y el deseo de seguir adelante, pero aún en estos casos, los padres deben tener funciones más allá de darle las condiciones materiales para que realice sus sueños, y es el apoyo social que es mucho más que alentarlos verbalmente y elogiarlos por sus logros, sino que están dentro del campo de la inteligencia emocional.

Los más importantes son que le organicen tiempo para las distracciones, y hago énfasis en que los padres deben incitarlos a que vayan a fiestas, la playa, etc. porque lamentablemente con frecuencia se ve que los progenitores aceptan que el chico o la chica se la pase el sábado en la noche estudiando y hasta se alegran que se queden estudiando sin darse cuenta que este es el camino más corto para el Burnot, o sea para que se “queme” y bloquee. Estos jóvenes tan entregados también deben estar preparados para el fracaso, y que esto no los desajuste, ya que es imposible que algo no le salga mal, o que suspendan una asignatura, y es más, el fracaso enseña, y en este sentido hay que ayudarlos a que tengan una autoestima sana, y “sana” significa que no solo está basada en sus resultados académicos, sino en general en sus valores y cualidades como ser humano.

Hay que enseñarles además que hay que tener caminos alternativos para obtener lo que se quiere, o sea, tener un Plan B. Todo esto se logra con un eficiente sistema de apoyo social, donde la familia es el eje principal, pero en el que deben estar además los amigos. Todo lo dicho no es todo, sino que faltan algunas herramientas muy útiles para que los jóvenes logren salir airosos de metas tan complejas y difíciles, pero de eso escribiré en una próxima entrega.

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