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“La tierra prometida”

19 de octubre de 2017

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Con el nuevo siglo se incrementó una de las aventuras más peligrosas y con fatales consecuencias que el ser humano emprende, quizás por escapar a guerras locales, el hambre, la miseria o, sencillamente, con la esperanza de encontrar la “tierra prometida” que garantice un salario digno y la posibilidad de desarrollarse.

Las consecuencias de tales acciones muchas veces es la muerte, ya sea ahogados en el mar, deshidratados en desiertos o asesinados en la frontera, aunque pueden convertirse en esclavas (o) sexuales o perder sus órganos vitales cuando caen en manos de bandas criminales que, como hienas, esperan por los caminos tradicionales que recorren los migrantes.

Casi siempre el destino es alcanzar los Estados Unidos o los países desarrollados europeos. No hay que decir que los países “exportadores” son los más pobres o los que padecen sequías, hambrunas o guerras locales, muchas veces provocadas por las mismas naciones a las que intentan llegar.

Conmueven las fotos de los migrantes, sobre todo la de niños, que en el caso de la región son enviados, solos, quienes al salir se despiden con ingenuas sonrisas, que se convierten en llanto no solo durante la travesía, sino por el maltrato recibido, en especial en los Estados Unidos. En otras latitudes el océano se ha convertido en un enorme cementerio para miles y miles de personas.

A inicio de año y durante una audiencia en la Comisión de Seguridad Interna se reconocía que el número de menores sin acompañamiento de adultos que ingresaron clandestinamente a los EE.UU. sumaron miles el pasado año y que, hasta mediados del presente, casi 3 mil menores estuvieron detenidos en centros creados al efecto.

Con el incremento de los controles por parte de las autoridades estadounidenses, los flujos migratorios se han trasladado a zonas más inseguras, evitando ser detenidos y provocan que los migrantes caigan en manos de traficantes de personas, los que violarán sus derechos humanos e incluso su integridad física.

La inmensa mayoría de los migrantes que finalmente llegan a “la tierra prometida” concluyen en una celda, un camastro y algo para comer, espera del regreso a sus países de origen.

La travesía y el maltrato de autoridades y mafiosos, cambiarán los entristecidos rostros en muecas por la triste experiencia vivida y el fin de una esperanza, que convirtió sus sueños en verdaderas pesadillas.

De acuerdo con lo establecido, cuando la Patrulla Fronteriza estadounidense detiene a un menor de edad que viaja solo, debe avisar al consulado de su país para iniciar el trámite de deportación. Según el vocero de ese cuerpo armado, Andy F. Adame, una vez detenido al infante se le entrega un paquete de galletas, un jugo de manzana y una bolsa de dulces. Más tarde, en los centros de detención, recibirán un plato de macarrones con queso instantáneo y siempre tendrán un garrafón con agua a la mano. Las celdas tienen capacidad para 40 personas cada una, cuentan con catres de plástico y cobijas hechas también de ese material.

Un reportaje periodístico del diario La Razón da cuenta de una joven salvadoreña llamada María, quien narra sus motivos para iniciar esa aventura. “Mis padres ya murieron, allá solo me queda mi hermano y se emborracha, me golpeaba hasta que un día me dijo que ya, que me fuera”. La joven dice que cruzó en autobús la frontera con México, que nadie le hizo preguntas hasta que encontró un retén de migración. “Estábamos dormidas cuando ya sentimos que nos tocaban y revisaban. Nos desnudaron y nos quitaron todo, vieron que no nos quedara nada”. María siguió su camino hacia la frontera. Hasta ese punto, ya había invertido siete mil dólares, pero entonces se encontró con lo que llamó la mafia. “El de la mafia nos dijo unas palabrotas y nos pidió 350 dólares para salir de ahí, se los dimos y nos dijo que serían otros 700 dólares”. Ante la interrogante periodística de ¿y si no pagabas?, la respuesta fueron lágrimas y, entre sollozos, estas palabras: “yo solo quiero regresar a mi casa”.

 

Insuficiente ayuda en todos los lares

Una de las instituciones que han tratado de ayudar a los migrantes es la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur. Su representación en Panamá declaró recientemente que los “sistemas de los países centroamericanos, de donde proviene la mayoría de los migrantes hacia Estados Unidos, no están preparados para responder a la oleada de niños que emigran clandestinamente”. Un funcionario explicó a la prensa: “Es como cuando usted tiene una capacidad en un drenaje, pero cuando cae más agua de la cuenta, el drenaje se atasca y no pasa toda el agua”. En el reporte de esta institución, “Niños en fuga”, se evidenció que el 58 por ciento de unos 400 migrantes entrevistados, tenían “necesidades potenciales de protección internacional, como refugio, visas humanitarias o protección complementaria”. Y concluye que, aunque la pobreza sigue siendo la principal razón por la que los menores emigran, la violencia los empuja cada vez más a dejar sus lugares de origen.

Para miles de niños y jóvenes “la tierra prometida” concluye en una celda y un camastro, para esperar el regreso a sus países de origen. La travesía, el maltrato de autoridades y mafiosos, cambiarán los ya entristecidos rostros en muecas por el trauma vivido

Lo único que el futuro puede brindarles a los miles y miles de niños que inevitablemente se lanzarán a esta peligrosa aventura, es la incertidumbre. A pesar de los esfuerzos de organizaciones internacionales, de algunas instituciones gubernamentales, en especial de Centroamérica, mientras no exista la voluntad política para eliminar parte de las causas políticas, económicas o sociales que provocan el éxodo, nuevamente los pequeños cuerpos llegarán a la frontera, si es que no sufren accidentes de todo tipo, para reiniciar el ciclo que otros miles ya conocieron y que termina con la deportación a sus respectivos países.

El fenómeno de la migración infantil no solo es en nuestra región, o especialmente en Centroamérica. Es universal, y lo demuestran despachos de prensa, sobre todo aquellos que narran las miles de víctimas que mueren cada año atravesando los mares que separan sus países de Europa. Huyen también de la guerra, de la barbarie iniciada con la ocupación de sus países por potencias occidentales que descargaron todo el poder de sus armas para supuestamente liberarlos de regímenes tiránicos locales. Esconden que realmente son intereses económicos los que motivan esos conflictos, y una vez alcanzados los objetivos, los agresores convierten a las naciones ocupadas en territorios donde el caos y la violencia imperan.

Para miles de niños y jóvenes “la tierra prometida” concluye en una celda y un camastro, para esperar el regreso a sus países de origen. La travesía, el maltrato de autoridades y mafiosos, cambiarán los ya entristecidos rostros en muecas por el trauma vivido

Entonces, pudiera comenzar nuevamente la marcha en busca de “una vida mejor”. Algo que ellos no pueden entender porque la mayoría siguen siendo niños, y es que la tierra prometida en realidad se encuentra donde ellos nacieron, no importa lo pobres que puedan ser en sus países. Hay que luchar para que las riquezas sean bien administradas y repartidas entre todos y no sigan quedándose en manos de unas pocas familias o empresas nacionales o transnacionales.

No lo saben, pero de seguro entre ellos están los potenciales hombres y mujeres capaces de conducir a sus pueblos y lograr los cambios que permitan no tener que ir a lejanos territorios para convertirse en ciudadanos de segunda, tercera o ninguna clase.

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