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Pórtico con precisiones a “Grecia me hiere”. Breve antología de poesía griega contemporánea

8 de abril de 2013

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El poeta Roberto Manzano, encargado de escribir la nota de presentación a mis “versiones” de algunos poemas de Constantino Cavafis, publicadas por la revista “Amnios”, en su segundo número, me despertó una mañana interrogándome sobre la naturaleza de las mismas. Lo primero que atiné a contestar fue que estaban construidas a partir de traducciones. Pero eso es apenas una media verdad o una verdad a medias.
Cuando comencé a leer los neohelénicos, allá por los años ochenta, me veía tentado a hacer correcciones, reescribirlos, versionarlos, hacerlos entrar en la norma del español que hablo. Como no escribo, no leo, no sé nada de griego, ni del clásico ni del moderno, mis versiones son hechas a partir de las traducciones al español (de Miguel Castillo, Ramón Irigoyen, Gaetano Cantú, Luis Cernuda, Nina Anghelidis y Carlos Spinedi), al inglés y el francés, y de textos dedicados al estudio de esta poesía – fundamentalmente del poeta alejandrino- donde aparecen traducciones literales y varias de estas.
Es decir, comparando las traducciones, cotejándolas, intuyendo el sentido último de los versos, construí lo que él y ustedes tienen delante. No es obra de la filología sino del Juego, que es cosa seria, como deberíamos saber.
Estos versos seguramente se me parecen, sin embargo no he caído en la tentación de mutilar lo que escribieran sus autores o de atribuirles aquellas cosas que no he dicho por incapacidad, y que, sin embargo, pienso. Respeté los sentidos de los versos haciéndolos penetrar en el espacio de la lengua castellana, del español que hablo en su norma cubana, camagüeyana; es por eso que se siente ese cierto “sabor antañón” que, ya en el siglo XIX, Pichardo y Moya encontraba en el habla de nosotros los principeños.
Se ha dicho traducir es un acto de creación tan igual al de escribir en la lengua materna, que es llevar hasta ella los sentidos de la lengua otra, es decir, que es trasladar, pero que también hay que tener en cuenta que la Lengua apenas significa una parte del complejo mayor de la Cultura. Traducir, entonces, no es un imposible, porque si bien somos distintos en lo aparencial, somos iguales en el Eros y el Thanatos, es decir, en el terreno del espíritu, que es donde se producen los verdaderos espacios de unidad, o más bien la Unidad real, o sea, la del almendro, la del núcleo, la de lo esencial que se hace perfectamente trasladable, traducible.
Para llegar hasta el centro de cada uno de los poetas neohelénicos que versioné, he tomado el camino del espíritu y no el de la letra, que es apenas mapa, no territorio. Pero, ¿no conocer el mapa es un problema que va más allá de lo representacional o estrictamente cartográfico? En efecto. El mapa, en mi caso, lo componen otras traducciones, varias, que me han permitido intuir – no hay que temerle al término- dónde está el sentido justo, y por justo entiéndase también exacto. No demerito las traducciones anteriores que manejo, incluso en nuestra lengua, pues son las mejores, sin embargo, en ellas no acabo de encontrar el “sonido” del verso castellano, es más, en algunas no encuentro, ni siquiera, la musicalidad del español; lo que hace que los poetas griegos contemporáneos parezca que escribieron con los trucos y las mañas del coloquialismo de los años sesenta y setenta, o que emplearan versículos secos, desgarbados, bastante alejados de esa poética que busca “ la divinidad en un mundo del que han desparecido todos los valores religiosos” (Rivera, 1992); entonces defiendo la necesidad, personal, de recuperar para ellos, o para los cercanos a mi sensibilidad, versiones castellanas que respondan a ese sentido “casi místico” con el que fueron originalmente creados.
Existen antecedentes ilustres de “versiones” en castellano de obras poéticas en las que su autor desconoce totalmente la lengua del original. Octavio Paz hizo una hermosa versión del libro “Sendas de Ocu” de Matsuo Basho sin saber siquiera una palabra de japonés, la elaboró valiéndose de Eikichi Hayashiya, es verdad, pero, más que traducir fielmente el texto, Paz intentó que su versión diera “una idea de la sencillez y movilidad de Basho”. Con Cavafis y los neohelénicos intenté, sin equipararme con el mexicano, más que traducir palabras, atrapar la idea de religiosidad y misticismo, de grandeza ritual, del ritmo, que hace que en los versos, incluidos los homoeróticos, se sientan los ecos de los himnos áticos o bizantinos.
He tratado de versionarlos desde mi propia tragedia personal, desde la trágica insularidad. Todos nosotros, griegos y cubanos, somos hombres de las islas, hombres que hemos construido archipiélagos de palabras, hemos encontrado la forma de levantarlos desde la esencial desnudes que son las islas. Me estoy refiriendo a islas físicas, de mar y polvo, pero también a las imaginadas, que, si nos atenemos a Hölderin, son las islas verdaderas. El alemán dice en el “Hyperión” “nada somos sino lo que soñamos”. Así que vale también está insularidad que se construye a si misma desde una posición ante la Escritura, desde el artificio de lo factual, porque ciertamente, ustedes recordarán que sólo Elytis y yo somos exactamente isleños, porque Seferis nació en Esmirna, Turquía, y Cavafis en Alejandría de Egipto, aunque estas ciudades continentales se comporten como un espacio griego insular en medio del piélago de la cultura otomana o bizantina, y que la Grecia continental tenga mucho de “isla en peso”.
La insularidad no es sólo asunto de islas físicas sino que, y mayormente, de islas imaginadas, de construcciones de sentido. El poeta es un arquitecto del desamparo y la fragilidad de las islas, él es su verdadero creador; en las islas se concentra el exotismo de lo irrepetible, la tragedia y el desamparo de la finitud, junto al horizonte presente y desplazable, movido a ritmo de las mareas e incluso al de la luz. Como Luis Amado Blanco, pienso que la isla es cerrada y chata de día, inatrapable por el exceso de resplandores y su reflejo en el agua; más, cuando llega la noche, alcanza una altura y una capacidad aérea que son inimaginables en la tierra firme, siempre tan pesada, tan densa. La isla es una porción de tierra cuya verdad está en el cielo.
Mis “versiones”, que ustedes disfrutarán aquí, con el título de “Grecia me hiere” – verso de Y.S.- intentan entrar en el terreno de los crepúsculos, tanto de la paloma como del cuervo, lograr cierta temperancia no desprovista de finura y de pasión.
Me he extendido pero vale la pena que comente estos detalles antes de que ustedes se sometan a la lectura de estos versos, tan míos como de sus autores. Ellos son apenas testimonio de gratitudes y lecturas.

P.E. “Grecia me hiere” es un libro.libre, editado  por su autor en formato pdf, y lo podrán bajar desde http://www.scribd.com/doc/116803088/Grecia-me-hiere

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