«Ese placer solitario no condenado por la Biblia»
9 de agosto de 2017
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No resulta en verdad sorprendente que, cuando le pregunto a la periodista y narradora María Elena Llana qué es para ella un libro, me responda, sin pensarlo demasiado, que es «un imán camuflado que va atrayendo a otros y otros hasta convertirse en una amenaza de desahucio».
Quienes conocen a la autora, entre otros libros de cuentos, del volumen “Casas del Vedado” –galardonado con el Premio de la Crítica Literaria en 1984 y un incuestionable referente en el panorama de la narrativa insular de entre siglos— están convencidos de que el libro y la lectura la han acompañado a lo largo del tiempo.
“Antes de aprender a leer –me aclara—, ya era oyente cautiva de la oralidad, así fueran relatos clásicos o de la tradición cubana. Entre estos, mi mamá me contaba cuentos muy simpáticos del folklore villareño. Tuve la suerte de aprender a leer en los inolvidables libros de Don Carlos de la Torre y Huerta, llenos de poemas de Martí, las Borrero, Byrne… A partir de entonces la tía de mi vida se encargó de buscarme las lecturas adecuadas a mi nivel escolar. Incluso ya en la adolescencia siguió siendo mi mentora. Y le debo tanto las Rimas de Bécquer como la prosa poética de Wilde”.
No está muy convencida, sin embargo, de que ese interés por tan valioso vehículo del conocimiento humano que es el libro la haya llevado, primero, a estudiar periodismo –profesión que desempeñó por más de medio siglo, en prensa escrita, radio, televisión, agencias de noticias y medio digitales– y, después, a escribir cuentos.
“Supongo que mi interés por la lectura influyó en gran medida en mi necesidad de escribir, aunque bien puedo remitirme al dilema de la gallina y el huevo pues yo era una niña fantasiosa que hacía coincidir en mi vida cotidiana los personajes de los cuentos de hadas y me inventaba otros. Esto bien pudo ser la génesis de mi posterior escritura”.
A partir de su vasta experiencia, como lectora y escritora, me interesa conocer qué piensa Maria Elena Llana sobre un polémico tema, que no han logrado aclarar los expertos y que aun suscita las más controvertidas opiniones: ¿leer es un hábito o, por el contrario, una necesidad del ser humano?
“En primer lugar, creo que es una vocación. Un impulso volitivo que con buen viento se convierte en un hábito y de ahí a la necesidad no hay más que un par de renglones. En todo caso, vocación, hábito o necesidad es algo cuyo efecto no termina cuando se cierra el libro, la revista o la computadora”.
Otro asunto, tan o más polémico que si la lectura es un hábito o una necesidad de los seres humanos, resulta ser si, en la actualidad, tanto en Cuba como en otros países del mundo, se lee poco o, sencillamente, no se lee. La autora de más de una decena de libros de cuentos para adultos y de dos noveletas para el lector juvenil, también reflexiona al respecto.
“«Cuando el río suena es porque piedras trae», aunque personalmente no tengo la menor idea al respecto. No obstante, me remito a la anterior clasificación de la lectura como vocación, que es algo ajeno a la voluntad, un reclamo misterioso e ineludible, enredado en la espiral del ADN. Tal vez, para lograr interesar en la lectura a los lectores potenciales, no deba esperarse a que sean jóvenes y desde temprano se les indique la posibilidad que la máquina ofrece más allá del fragor de los videojuegos. Y esto puede ser también una forma de dar afecto a los niños abandonados frente al televisor o la computadora”.
Acerca de la anunciada muerte del libro en soporte de papel, derrotado frente al impetuoso avance de las nuevas tecnologías –otra de esas problemáticas analizadas en la contemporaneidad–, María Elena Llana resulta convincente en sus apreciaciones.
“Creo que lo importante es la lectura en sí, no el vehículo.
”Prefiero el libro tradicional pero, al parecer, las ráfagas de la era científico-técnica pueden convertir el papel en lo que el viento se llevó. Aunque también es posible que no resulten modalidades excluyentes sino alternativas y hasta complementarias. Lo realmente trascendente es leer, no abandonar nunca la lectura, ese placer solitario no condenado por la Biblia”.
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