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La vida universitaria y las emociones

16 de junio de 2017

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En los últimos años se ha trabajado el tema de las competencias emocionales en las diversas áreas de la vida social, aunque se ha hecho énfasis en el ámbito laboral –y yo he escrito en este espacio varios artículos al respecto, ya sea desde la perspectiva de los directivos, como de los trabajadores–, sin embargo, nunca me he referido al tema en el campo de las universidades, o sea sobre los estudiantes y profesores universitarios, y la importancia de poseer un buen desarrollo de las capacidades emocionales para mejorar el desempeño.

Este tema, pese a su importancia, no es un área que tenga el mismo nivel de investigaciones y publicación a nivel mundial como el área laboral. Lamentablemente aún se mantiene en algunos ámbitos el criterio de que no resultan necesarias las competencias emocionales en el área educativa, al valorarse como primordiales los conocimientos científicos y pedagógicos sobre la materia que se imparte –en el caso de los profesores–, y la base cognitiva que traen los estudiantes de estudios precedentes y su motivación para poder tener buenos resultados académicos. No resulta extraña esta creencia, porque es un criterio que ha prevalecido durante mucho tiempo, aunque, ¡afortunadamente!, se ha ido desvalorizando para dar paso a los nuevos conceptos, donde la inteligencia emocional tiene un lugar relevante como potenciadora de las otras inteligencias que cada cual poseemos, así como de conocimientos científicos, técnicos y de la experiencia.

Se considera que educar la inteligencia emocional durante los estudios universitarios es una tarea importante porque influye positivamente en el desarrollo evolutivo, socio-emocional y en general al ajuste psicológico de los alumnos, como lo expresan dos importantes investigadores del tema que son Extremera y Fernández Berrocal. Esto significa que al llegar a la universidad, los jóvenes todavía están en el proceso de maduración biológica, es decir, no se ha completado de desarrollar externa e internamente, y es sabido que para que llegue a buen término esto, la educación es la mejor forma de estimulación, así como que es también la universidad un cambio muy grande con respecto a estudios anteriores que provocan no pocas inseguridades; es por ello que se pueden perder talentos por inadaptaciones a este mundo académico. El hecho de desarrollar su emocionalidad y ponerla en función de su auto estima, su motivación y sus relaciones interpersonales hace que logre manejar adecuadamente los grandes cambios que lleva esta nueva posición de estudiante y las exigencias tanto cognitivas como sociales que conlleva, porque el fin de los estudios no solo significa poseer los conocimientos –la mayoría de la veces teóricos– de la profesión, sino la capacidad para comenzar a desarrollar el oficio que se aprende en el día a día en entorno laboral.

Por otra parte, los profesores universitarios no son solo los transmisores de conocimientos, sino que sus funciones son de un espectro más amplio y profundo, y lógicamente tienen que poseer competencias emocionales, por su función modélica, que tiene un marcado cariz altruista y educativo, por lo que –volviendo a citar a los autores arriba mencionados– es un hecho que para que el alumno aprenda y desarrolle las habilidades emocionales y afectivas relacionadas con el uso inteligente de sus emociones, necesita de un “educador emocional”, lo cual implica no solo tener los conocimientos y la maestría pedagógica, sino que sea un modelo con respecto a la forma ideal de ver, razonar y reaccionar ante la vida.

Al respecto, otros autores como Abarca, Marzo, Sala y Vallé apuntan que de forma casi invisible, la práctica docente de cualquier profesor implica actividades como la estimulación afectiva y la expresión regulada de los sentimientos positivos y, más difícil aún, de las emociones negativas, la creación de ambientes favorables a través de tareas escolares, dinámicas de trabajo en grupo, etc. que desarrollen las capacidades socio-emocionales y la solución de conflictos interpersonales, la exposición a experiencias que puedan resolverse mediante estrategias emocionales, la enseñanza de habilidades empáticas mostrando a los alumnos cómo prestar atención y saber escuchar y comprender los puntos de vista de los demás.

Así que el que creyó que ser estudiante y/o profesor universitario es solo el chico de lentes “fondo de botella” conociendo al dedillo los libros de texto, y que el profesor es un erudito distraído que no se percata de lo que pasa a su alrededor, pues les informo que está completamente equivocado.

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