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Sorpresas que da la vida

4 de febrero de 2017

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índiceLlegó a los cincuenta años con un balance a su favor. Hijos en estudios superiores, adaptados y adaptables a las circunstancias. Por esposa, la madre de esos hijos. Un trabajo relativamente bien remunerado porque unido a las entradas mensuales del sueldo femenino conseguían la estabilidad de las cuentas a fin de mes. Un hogar confortable, libre de envidias hacia otros hogares más confortables. Un físico que por obra y gracia de genes heredados, y no por la asistencia a salones de ejercicios y masajes, ni por la ingestión única de vegetales y frutas, mantenía el peso ideal y el cráneo cubierto por el cabello original, poco jaspeado por las canas.
Era un hombre casi feliz porque la felicidad de cuerpo entero no existe y para afirmárselo, un buen día tomando el ómnibus de siempre con el chofer amistoso habitual, una rastra interpuesta en el camino le cambió la dirección del centro laboral por la de un hospital especializado en la restauración de huesos.
Los estudiosos hijos dedicados a las llamadas ciencias duras, comprendieron de sopetón que un estribillo de una cancioncita de la década prodigiosa, cubría de lágrimas los ojos de la madre que recordaba las dos piernas pirámides descubiertas en aquella excursión a la playa, desembocada en un noviazgo y matrimonio legalizado en notaría. Y esas pirámides se desmoronaron en rompecabezas de huesos que artesanos científicos trataban de componer. Durante tres años el hospital constituyó su residencia, aunque el carné de identidad la situaba todavía en su antiguo hogar, convertido en una especie de hotel de lujo porque la esposa y los hijos la transformaban, en esos cortos días, en un paraíso cinco estrellas de comodidades y bocados apetecibles. Después vino el tiempo de la rehabilitación y para el cincuentón con tres años más encima y alambres y hierros en sustitución de huesos, los dolores sin el remedio de anestesias y tabletas y además, la sincera explicación de los galenos de que nunca sería como antes ni el de antes, le probaron más la enjundia de vencedor, de héroe desconocido en los libros de historia y ni siquiera de protagonista de subtrama de una telenovela importada. Todavía no adaptado al manejo del bastón, pero bien sujeto por el brazo de la mujer, asistió a la graduación de los universitarios, graduados primeros de amorosos hijos que hicieron frente al hogar para que la madre ejerciera de esposa a tiempo completo junto al accidentado.
En diez años más el bastón pasó de objeto odiado a compañero aceptado en calidad de miembro agregado a la familia. El cabello encanecido y firme todavía en el cráneo, prueba de que hubiera sido un anciano apetecible si aquella rastra no le cambiara el supuesto destino. Aquellas arrugas marcadas en el rostro de la esposa, sin la imprudencia de aquel rastrero, quizás no serían tan profundas. No valía perder el tiempo en suposiciones inútiles. El bastón era la tercera pierna y las arrugas cruzaban el rostro de la mujer. Estaban juntos los dos y sonreían. Escuchaban aquel estribillo de la cancioncita de la década prodigiosa.

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