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Antagonistas amistosos

30 de diciembre de 2016

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Seguro que muchos de ustedes, por lo menos alguna vez en sus vidas, han hecho un test de inteligencia, y la razón es que –como sabemos– la inteligencia es un factor predictor importante del éxito social, por lo que para lograr entrar a la universidad, obtener un puesto de trabajo y si por casualidad has asistido a una consulta de un psicólogo has sido evaluado para conocer tu coeficiente intelectual (CI).

Desde hace más de un siglo la inteligencia ha sido considerada –en términos generales, porque hay varias teorías– como la capacidad verbal y no verbal donde se incluyen el vocabulario; la comprensión; el razonamiento abstracto; la percepción; el procesamiento de información y las capacidades motoras y visuales. Claro que poseer estas cualidades no es suficiente para lograr ser feliz, ni tampoco para tener éxito, porque como toda buena receta hacen falta otros ingredientes y es ahí donde entran las emociones, su manejo en función de tener habilidades sociales y comunicacionales, o sea, poseer un buen coeficiente emocional (CE).

Aunque se habla de coeficiente intelectual versus coeficiente emocional –y reconozco que a veces he usado ese término– no es menos cierto que no existe tal antagonismo, porque se complementan, no pueden existir separados, teniendo en cuenta que ese coeficiente intelectual ha tenido cambios importantes. En la actualidad se sabe que somos inteligentes de muchas formas, y por eso se habla de las inteligencias múltiples –si mal no recuerdo ya escribí al respecto en este espacio. Estas dos formas de interpretar la inteligencia es muy útil, ya que alguna vez nos hemos preguntado por qué el mejor estudiante de nuestro curso en el bachillerato, ese al que todos envidiábamos sus excelentes resultados académicos, al cabo de varios años no ha logrado gran cosa en la vida, a diferencia de aquel que era un estudiante medio e incluso el que creíamos mediocre ha logrado éxito; así como nos preguntamos por qué alguien nos cae bien a primera vista y otro nos resulta molesto, odioso o simplemente nos cae mal sin explicarnos las razones. Yo respondo que es la mezcla de cómo nos proyectamos socialmente, y en esa proyección están los elementos de esa super complicada receta de la relación de las inteligencias que poseemos que son manifestadas a través de esas competencias emocionales que nos permite o no consonar con uno mismo y con los otros, motivarnos y establecer buenas relaciones interpersonales.

Me interesa en particular hacer énfasis en la armonía entre las inteligencias, porque creo que a veces los que nos dedicamos a la inteligencia emocional, en el afán de darle el lugar que le ha sido escatimado por tanto tiempo, y en nuestro enamoramiento de este apasionante tema, solemos hiperbolizar su valor. No es que no sea importante, porque lo es, y más, es vital, esencial; pero no se puede subestimar lo demás, las otras capacidades. Por ejemplo, conocemos a alguien que nos cae bien de inmediato porque es conversador, tiene buen carácter, es simpático, sin embargo esa es solo la expresión externa, ya que si no tiene nada que ofrecer en cuanto al tipo de conversación, sus intereses, su sentido de la vida, aportar criterios interesantes, pues de poco le vale sus competencias emocionales y es solo una estrella fugaz que no perdura porque no posee estabilidad, durabilidad.

Así recuerdo que conozco a una mujer que posee determinadas cualidades emocionales en cuanto a habilidades sociales –fundamentalmente con los jefes– y una muy buena disposición para ocupar cargos de dirección que pocos desean por razones que no voy a explicar, y en cuanto ocupó el cargo mostró una incapacidad asombrosa, sumado a una imposibilidad para reconocerlo, de esta manera, además del fracaso se ganó la bien merecida fama de incapaz e incompetente feliz que continúa embaucando a los que se dejan llevar por la primera impresión, y que al tiempo se desencantan, se burlan, la rechazan, etc.

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