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La verdadera diva

27 de febrero de 2016

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día-mundial-del-teatro1 (Medium) (Medium)El joven custodio intentó detenerla. Otro, principio de calvicie en la frente, lo paralizó con un gesto. Ella sonrió a ambos y continuó el camino. Mientras, el futuro calvo concentraba, en una expresión, sus apreciaciones. “¡Esa sí es una diva!”. La dama escuchó la exclamación. Estuvo tentada a torcer el rostro, agradecer el comentario. Si bien los años perjudicaron la rosada piel, el tiempo no disminuyó la inteligencia y ética que la caracterizó. Si agradecía el cumplido, podría el amable hombre suponer que ella pensaba como él, que las otras no pertenecían al sacrosanto altar de las divas.
La puerta abierta la invitó a pasar. Observaba el camerino de sus primeros éxitos en este teatro de provincia, olvidado de los aditamentos de última creación. Por lo menos, las variantes del plástico sustituían las mesas y gavetas de gastada madera. También, el sistema de iluminación había variado y facilitaría el sublime acto del maquillaje. Sobre las mesas, los potes de crema anunciaban otras marcas. Los espejos, los espejos eran los mismos. Hubiera sido un crimen deshacerse de aquellas obras de arte de principios del siglo anterior. Esos espejos amigos la recordaban. Le devolvieron su figura desde varios ángulos. Se sonrió con una expresión tranquila. La de la satisfacción íntima con su pasado. La aceptación conforme con el presente. La seguridad de lo que le quedaba del futuro en el reino de paz fabricado de antemano.
Como en los tiempos en que inició su carrera artística, las muchachas adornaban los espejos con sus propias fotos. Rió por lo bajo. Sus muslos mostrados en una revista, constituyeron un escándalo para algunos de los familiares. Entonces, cambió el nombre verdadero y utilizó otro por el cual fue conocida por su público. En estas fotos de colores brillantes y, tal vez, sometidas a algún programa informático embellecedor, se mostraban muslos y otras partes del cuerpo femenino. Felizmente, las nuevas dueñas del camerino se libraron de tantos cuchicheos malvados, nacidos, en la mayoría de las ocasiones, de la envidia.
Este camerino, el primero, en el país distante donde vivía junto a sus hijos, era el más evocado ante sus nietas. De pronto, una algarabía la extrajo de los sueños. Las dueñas actuales entraban. Unas caras juveniles la miraban con disgusto ante la intromisión de esa extraña. Otras, sorprendidas porque aquel rostro envejecido les recordaba a alguien. Y en uno, la visitante descubrió la adoración. Y esa jovencita se acercó y la abrazó y besó, y las lágrimas emocionadas de las dos se mezclaron.
Y tomó la palabra. Y contó paso por paso la historia de la diva, porque lo remarcó con fuerza, estaban en presencia de una verdadera diva, a quien todas debían imitar, tanto por sus dotes artísticas como por su fama de sencilla y buena compañera, jamás dada a la maledicencia, a obstruirle el paso a las demás.
El alboroto provocó la llegada de un anciano, escoba en mano. La diva y el recién llegado se miraron. Ella lo reconoció. Aquel muchacho de pocas luces que limpiaba los camerinos, llevaba los recados. La diva lo llamó por su nombre, no por el apodo burlón. Con una sonrisa, él esperó el abrazo y los besos de aquella jovencita cariñosa que nunca lo despreció.

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