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Ni la ira ni el odio

17 de noviembre de 2014

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Matanzas y desapariciones en el México de estos años ocurren ante la virtual apatía oficial, que solo se borra, en mayor o menor medida, cuando la opinión pública nacional e internacional obliga a una acción inmediata.
Igual ocurre en el Iraq de hoy, donde prosiguen atentados indiscriminados que hacen juego a quienes atentan contra la integridad del país o están inmersos en lograr la destrucción y de Siria, bajo el disfrazo del denominado Estado Islámico, amamantado por el imperialismo norteamericano en sus inicios, que hoy dice combatirlo, aunque los resultados hasta ahora digan lo contrario.
Es una cuestión que toma vital importancia, es decir, aumenta su relieve, desde el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Estados Unidos aprovechó el momento para emprender guerras hegemónicas en el Oriente Medio, que a la larga coadyuvaron a la crisis financiera mundial.
En aquella ocasión, el Comandante en Jefe declaró que el fenómeno del terrorismo solo se resolvería poniendo fin al terrorismo de Estado y con una política de paz en el mundo, y subrayó que no existe poder global, tecnológico o militar que pueda garantizar impunidad contra tales hechos, difíciles de descubrir y realizados por gente suicida.
Vaticinó días difíciles para el mundo, y así ha sido, porque EE.UU., nunca tuvo intención de actuar con serenidad y se dejó arrastrar por la ira y el odio, lanzando bombas por doquier.
“Búsquese la paz en todas partes para proteger a todos los pueblos contra esa plaga del terrorismo, que es tan solo una de las plagas”, significó Fidel, y entre las otras muchas mencionó el SIDA, el hambre, las enfermedades, la pobreza y la falta de medicamentos, que matan a decenas de millones de personas.

 

NO SOLO “ISLÁMICO”

 

No descubrimos nada nuevo cuando decimos que el terrorismo es hoy un fenómeno globalizado, masivo. Para entenderlo debo recordar mi experiencia personal en la India, nación que tiene una población dispar, principalmente dentro de la mayoritaria religión hindú, que convive con comunidades de otras religiones: musulmán, sikh, cristiana, budista, jainista, parsi, judía y animista, esta última practicada por los tribeños.
El nacionalismo secular tuvo a Jawaharlal Nehru y Mahatma Gandhi como sus máximos representantes, quienes encabezaron la lucha política y social por la independencia. Gandhi, un hindú, siempre invocó la tolerancia y evitó definir a la nación por su mayoría religiosa.
Al secular se le opuso el hindú, que señala un pasado glorioso de esa religión, truncado por la invasión musulmana y la colonización británica, lo cual acomoda la historia a sus intereses. En cualquier circunstancia niega la característica tolerancia que ha representado la cultura múltiple de la India, preconiza el odio y la violencia contra las minorías.
Precisamente, en el mes venidero de diciembre, el día 6 se cumplirá el aniversario 22 de la destrucción por fanáticos hindúes de la mezquita Babri, en la ciudad sagrada de Ayodya, y la posterior matanza de más de mil musulmanes, en venganza por un atentado contra un tren que trasladaba a pasajeros hindúes.
Tal hecho es comparable a lo que sucedió hace seis años en Mumbai (antes Bombay), el cual fue presentado por las televisiones occidentales como lo hicieron con el inicio de las dos guerras contra Iraq y el sabotaje a las Torres Gemelas: en forma parecida a los episodios de acción, con igual particularidad de que se estaban segando vidas humanas.
Para quien en 1991 estuvo unas pocas horas, apenas 12, en el centenario hotel Taj Mahal de Mumbai, en la India, se hacía más triste el incendio 17 años después de parte del hermoso lugar y la muerte de empleados indios y turistas. Ello se repetía en el hotel Oberoi, otro símbolo de la ex Bombay, centro financiero indio, donde conviven 20 millones de personas, la mitad de ellas en la calle o casas de cartón y lata.
Diez jóvenes atacaron en el mismo número de lugares de la ciudad. Bien entrenados, armados, con precisión, llegaron con el propósito de destruir, y así lo hicieron, sin importar las vidas de inocentes y las propias. Uno de ellos, antes de ser abatido, pidió que no se molestara a la comunidad musulmana.
Por supuesto, medios locales y extranjeros empezaron a hablar sobre el “terrorismo islámico”, al que consideraron culpables de atentados en otras once ciudades indias.
Inmediatamente después del sincronizado ataque de comandos terroristas en la India, los servicios de inteligencia estadounidenses y europeos, con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a la cabeza, señalaron hacia Paquistán, para precisar el origen de los atentados y sus bases de preparación y entrenamiento. Así, se dificultaba cualquier avenencia indo-paquistaní, amén de allanarse el camino para tratar de aplastar a la insurgencia afgana.
No obstante, en estos momentos, pienso que se está abriendo una página distinta, y mejor, en la situación actual de la India y las acciones de este país con su vecino paquistaní.
Quizás, sorprendentemente, un gobierno calificado de derechista, incluso de fundamentalista hindú, encabezado por Narendra Modi, ha dado pasos firmes a que toda ese tipo de situación desaparezca.
Algo difícil, pero no imposible, cuando existe voluntad y no se llega a imponer ni la ira ni el odio.

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