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El rey sustituido

2 de agosto de 2014

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dominoAquel dominó le costó un ojo de la cara cuando esos ojos divisaban el número de la ruta a una cuadra de distancia. Y un mohín de disgusto de la mujer cuando las comisuras de esos labios no estaban atravesadas por dos arrugas pronunciadas. Aquel artesano no mintió. Legítima madera dura que solo aceptó a ser manchada por el sudor de las manos, pero no permitió la pérdida de la más mínima astilla ante tantas tiradas de alegría o rabia contra las mesas. Ese dominó indemne al paso del tiempo, lo libraba de cualquier sospecha de trampa por la mantenida pureza en su confección.
Aprendió a jugarlo sentado en las piernas del padre y al llegar a la escuela, la suma y la resta le resultaron fáciles por el entrenamiento con los puntos de las fichas. Fue el juego favorito, nunca convertido en compañero de vicio. Si bien jugaba todas las noches si encontraba seguidores, solo los fines de semana lo acompañaba con algunos tragos de buena cerveza o ron. De niño le fue naciendo la fama de buen jugador, consagrada después en la adultez. Decían que tenía una máquina de sumar en la cabeza, de aquellas manuales, las de palanca. No necesitaba señales escondidas con el compañero de data porque él llevaba bajo su abundante pelo negro, en no se sabe qué parte del cerebro, todas las piezas salidas y las piezas por salir. A los hijos e hijas, lo liberaron los tiempos de prejuicios, enseñó los ardides del juego. Y a los nietos tramó para engramparlos. Con los nacidos primero, logró cierto éxito. No así con los retoños venidos después, imbuidos de las imágenes en movimiento y los juegos a golpe de dedo en las computadoras.
Pero el barrio seguía suministrando adictos incorporados a los monarcas que ya jubilados, endosaban al dominó la responsabilidad del entretenimiento nocturno. Los órganos auditivos de tres generaciones, amaestrados al golpe de las fichas en las mesas o esclavizados a favor de la paz entre vecinos, no protestaban por los lances nocturnos siempre terminados sobre las diez de la noche porque también los jugadores respetaban esas normas de convivencia pacífica.
Los fundadores disminuían por cambios de domicilio o las llamadas causas naturales de la muerte. Mas el rey de los números, todavía conservaba el cetro de la mente prodigiosa, aunque ya no resguardado el cráneo por aquel pelo abundante. Los dobles, los blancos, amontonados y en orden en su antigua máquina sumadora de palanca escondida en las endritas cerebrales. A este rey del dominó lo aquejaban y resistía alegre, dolores en la espalda, complicaciones renales y algún que otro latido desmesurado del corazón porque la vejez no le había perforado su máquina de contar. Suponía a su cerebro fabricado con la madera del dominó incólume.
Una noche, de improviso en pleno juego, se le perdieron en el aire las reales salidas de la pareja y se le escabulleron también, los posibles números de los contrarios. Por primera vez, sintió el peso desgarrante de los años sobre la constitución humana. La pareja, un joven treintón formado en su escuela, colocó las piezas adecuadas y ganaron de todas maneras.

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